Me llamo Hiker y soy adicto a las mujeres. Para hacer esta confesión, me pude haber llamado Adán, Romeo, Álex, Toni o Adrián, pero mi nombre es Hiker, así me han puesto mis padres al nacer. Se pronuncia como se lee en castellano. Soy Hiker, y es un nombre que no tiene nada de especial, salvo por la cantidad de documentos en los que aparece.
Mi padre también se llamaba igual, con la diferencia de que su nombre era Iker, del mismo modo que el de mi abuelo, su abuelo y hasta el abuelo de su abuelo, quien nació y murió en Portugalete, allá en el País Vasco, donde comenzó la historia conocida de mi familia.
Mi madre, Helena, sin embargo, terca como ninguna otra, por alguna razón que nunca terminé de entender, se opuso a la idea de que un nombre fuese mi primera herencia, así que, al registrarme, le agregó la hache, que, de manera obvia, es la primera letra de su nombre. Como intuirán, su madre se llamaba Elena, y también mi abuela, y la abuela de mi abuela.
En todo caso, Iker e Hiker suenan igual, pero al leerlos, no parecen los mismos. De hecho, no lo son. Son diferentes. Mi madre siempre me decía eso: que mi padre y yo no éramos iguales, que éramos distintos, especiales, únicos, y que debíamos sentirnos orgullosos de lo que éramos, con nuestras virtudes, defectos, aciertos y desaciertos.
Nací en Puerto del Rosario, la capital de Fuerteventura, una de las ahora ocho Islas Canarias. Quizá esté hablando de la más espectacular de todas, al menos según mi criterio, que se basa en la popularidad de sus playas, que son, en realidad, maravillosas.
No soy un niño de brazos. Tengo 47 años. Durante décadas, he recorrido muchos kilómetros, con lo cual, por muy canario que sea, me siento un ciudadano del mundo. Crecí entre Tenerife, Cataluña y Margarita, esta última, una atractiva isla venezolana en el Mar Caribe, bastante cerca del océano Atlántico.
Quienes han recorrido sus playas sabrán que, al oeste de esta isla, sus aguas son cálidas, como el resto del Caribe, pero también conocen muy bien que en las playas del este se puede sentir el frescor del Atlántico, un aspecto que es muy familiar para quienes somos de Canarias.
Soy empresario, dueño de una empresa especializada en la distribución y comercialización de productos congelados en y para las Islas Canarias. Para llegar aquí, estudié Administración y Dirección de Empresas en la Universidad Complutense de Madrid y, luego, heredé un pequeño negocio familiar. Contándolo así de rápido, parece un camino fácil y sin méritos aparentes.
Les decía que soy adicto a las mujeres, una verdad que he aprendido a asumir con todas las consecuencias que eso acarrea. En Margarita fue donde maduré en el ámbito sexual, donde tuve mi primera vez y muchas otras más. Allá, en Porlamar y sus alrededores, me di cuenta de que las chicas significaban mucho para mí, con apenas 21 años.
Las mujeres siempre me importaron mucho más que cualquier otra cosa. Con 18 años ya sabía, por ejemplo, todo aquello del período menstrual. De vez en cuando he pagado por noches lujuriosas, contratando damas de compañía y, desde luego, prostitutas.
Amaba mucho a Martina, mi última pareja. Ha sido la mujer que más he amado en mi vida, pero terminé nuestra relación porque no tuve el valor de confesarle mi problema. La quería tanto, que no podía seguir viviendo esta vida a su lado y, la verdad, no veía cómo ella podría aceptarme tal y como soy.
Sé que la lastimé. Esa ruptura ha sido lo único que me ha hecho pensar en buscar alguna forma de ayuda para acabar con esta adicción. Eso me permitiría comenzar de cero e, incluso, intentar recuperarla, pero ahora mismo ella se encuentra estable, en una nueva relación. Igual, creo que es absurdo pensar en recuperarla. También considero que ya no es momento ni para contarle la verdad, ni para volver a aparecer en su vida.
Estuve con Martina durante cinco maravillosos años. Lo peor no fue haber sido incapaz de afrontar ante ella mi adicción a las mujeres, ni haberle ocultado que ella nunca fue suficiente para mí. Lo peor de todo fue que, durante todo ese tiempo, perdí la cuenta de la cantidad de mujeres con las cuales me revolqué.
A Martina la engañé con todo tipo de chicas: amigas, compañeras de trabajo y las aventuras de una noche que ya mencioné. No respeté a Martina, no la valoré, pero no porque no quise, sino porque no podía serle infiel a lo que en realidad soy. Con mis parejas anteriores tampoco hubo respeto de mi parte, pero me daban igual, porque nunca sentí por ninguna lo que por Martina.
Durante el último año de matrimonio con Martina, disfruté del placer carnal que me ofrecía Deborah, una escort madrileña con residencia en Las Palmas. Debby, su nombre de ramera, apenas supera los 20 años de edad. La conocí durante una de tantas visitas de negocios en Gran Canaria.
Deborah, dulce y apasionada como pocas chicas prepago, al menos entre las que he conocido, que no son pocas, me dijo que yo era un hombre con un apetito sexual saludable y que de forma errada me veía como un adicto a las mujeres. A ella le llamaba la atención mi forma de ser y actuar. Le intrigaba que siempre prefería quedar con ella antes de probar la diversidad de trabajadoras sexuales de la isla.
Le contesté que lo hacía porque ella me parecía muy tierna. Su piel es suave, nueva, fresca. Además, creo que tiene un tremendo parecido a Emma Stone, la actriz y cantante estadounidense protagonista de algunas de mis fantasías sexuales más oscuras.
Pero Deborah estaba equivocada. Soy adicto a las mujeres porque no puedo pensar en otra cosa distinta a estar con ellas. Sé que la teoría mayormente aceptada de que los hombres pensamos en el sexo cada siete segundos ha sido desacreditada, porque estudios recientes indican que ambos sexos piensan en la actividad sexual al menos una docena de veces al día.
Sin embargo, cuando estos pensamientos pecaminosos hacen imposible que me pueda concentrar en otra cosa, esta adicción, en definitiva, es la culpable. Y sé que soy adicto a las mujeres porque tanto mi desempeño laboral como mi vida social muchas veces han pasado a un segundo plano para satisfacer mis impulsos pasionales.
En realidad no sé cómo ocurrió. Soy adicto a las féminas y no sé cómo me convertí en esto que soy. De lo que sí estoy seguro es de que mi primer roce con una de ellas apareció en mi vida cuando apenas superaba los nueve años.
Recuerdo, de forma muy vaga, que Antonietta, una vecinita del barrio donde vivía, en Tenerife, durante una de nuestras tardes de juegos en el patio de mi casa, metió su mano por la cremallera de mi pantalón y comenzó a acariciarme hasta que nos interrumpió el sonido de la puerta que daba hacia la calle. Ella sacó su mano con velocidad, antes de ser pillados por mi madre. Ese fue apenas el primero de un puñado de momentos que terminaron en satisfacción. Luego vinieron otras tantas experiencias, una mucho más intensa que la otra.
Por ahí dicen que en realidad no existe la adicción a las mujeres. Lo que ocurre, según cuentan, es que un grupo de personas necesitan mucho más placer, mientras que hay otro tanto que requiere menos. También dicen que, por lo general, a los adictos como yo les ha sucedido algo traumático, como el abuso sexual o algo similar, pero en mi caso nada de eso es cierto. Al menos, eso creo.
Tampoco es que acudo a las chicas como compensación, ni por ego ni para calmar el dolor o el sufrimiento por algo, ni mucho menos por aburrimiento. Mi adicción a ellas es porque me genera un placer que no me ofrece nada más. No existe un asunto más placentero que una mujer. Nada me satisface más.
Creo que soy adicto a las mujeres porque así tenía que ser. Desde mi experiencia, la adicción las chicas poco tiene que ver con la frecuencia con la que tengo relaciones sexuales, o incluso con quién he elegido tener relaciones.
Soy un adicto a las mujeres porque no puedo controlar este deseo. Me resulta imposible detenerme a pensar en cualquier consecuencia negativa y no me siento ni culpable ni avergonzado.
Soy adicto a las mujeres porque, aunque tuve una buena vida sexual con Martina y mis anteriores parejas, nunca ha sido suficiente para satisfacerme. Soy adicto a ellas y así me quiero, con mis virtudes y defectos, aciertos y desaciertos, como decía mi madre.
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