No soy de los que bailan demasiado. Lo juro. Bailo, pero no soy de aquellos cuyo plan de viernes por la noche está basado en una larga sesión de bailoteo. Soy más de charlar. En serio. Tengo pruebas, como videos de bodas en los cuales parezco un poste con Parkinson, o de rumbas a altas horas de la noche en las cuales todos mis amigos están en moviendo sus esqueletos mientras yo, bueno, me entretengo con mi copa de tinto sentado en la barra del bar.
Pero esa noche algo raro pasó. No era la música, porque era la misma playlist de siempre, una mezcla entre reguetón culpable y rock resucitado. Tampoco era el trago, porque apenas iba por segundo vino y todavía podía conjugar verbos con propiedad.
Era ella, una aparición.
Como si alguien hubiera mezclado en laboratorio los ojos de Penélope Cruz, las piernas de una bailarina de flamenco y la sonrisa de quien aún no ha firmado ni un contrato ni una hipoteca. Y claro, para colmo, se acercó directo a mi mesa como si nos conociéramos de otra vida.
—¿Tú eres Jacinto, no? —preguntó, como quien pregunta si eres el DJ.
—Depende. Si me vas a pedir plata, no —respondí.
Se rió.
Una risa limpia.
Una risa sin fracturas, ni divorcios, ni deudas con Hacienda. Me explicó que era hermana de Samuel, el chamo que viene todos los fines de semana al bar y que siempre pierde en billar pero gana en simpatía. Dijo que había venido a visitarlo, que él la había dejado sola un momento y que le habló de mí.
De mí.
¿Samuel habla de mí?
Mi ego se pegó una sacudida como perro mojado.
—Dice que eres el único mayor de treinta que no da cringe aquí dentro —dijo tras la carcajada.
—Vaya piropo. Gracias por el halago geriátrico —riposté enseguida.
—¿Me invitas una cerveza? —soltó sin complejos.
—¿Por qué no? Después de todo, si vas a burlarte de mis pasos de baile, al menos hazlo hidratada —acepté, teniendo muy claro que ahí empezaría mi ruina.
No el apocalipsis como tal, pero sí el primer movimiento sísmico. Nos pusimos a hablar. No de tonterías. De libros. De música. De viajes. De los sitios a los que ella quiere ir y de los sitios a los que yo fui y no volvería ni con escolta.
Yo le lancé mi mejor versión. Esa que usa palabras como «nostalgia» y «clímax narrativo» sin parecer un idiota. Esa que no habla de ex, ni de rutinas de skincare, ni de que el mundo se está yendo al carajo a menos que hablemos de forma irónica.
Ella me escuchaba como quien descubre una película vieja que nadie te había recomendado pero que resulta mejor que todo lo que hay en Netflix. Y yo la miraba con lucidez, sabiendo que no debía tocar el fuego, pero estirando el dedo igual, solo para confirmar que quema.
Bailamos.
Sí, ya sé que dije que no bailo mucho. Pero ese día el universo tenía ganas de reírse. La tomé de la cintura. O ella me tomó a mí. Ya no me acuerdo. Solo recuerdo su perfume. No uno de esos perfumes empalagosos de catálogo, sino algo más suave. A jabón caro, quizás. A promesa.
Y bailamos, y bailamos más, y después de bailar seguimos bailando. Y reímos. Y en un momento la música bajó y las luces subieron y entendí que era hora de irse. O de decidir si uno se queda un poco más para arruinarse la vida. Ella se acomodó el cabello. Yo ya tenía el número de su teléfono. Y ahí, como quien no quiere la cosa, solté una inocente pregunta, de esas que sirven como excusa para conseguir una segunda cita.
—¿Y tú cuándo cumples años? —dejé caer, con un tono de curiosidad bastante creíble.
Me miró con esos ojos que aún no saben lo que es despertarse con lumbago.
Y sonrió.
—Los cumplí el lunes. Dieciocho —dijo, antes de un silencio sepulcral.
Pausa.
Más silencio.
Terremoto.
Yo, a mis cuarenta y dos años, con dos hernias discales y un divorcio que me costó hasta la cafetera, ahí parado frente a una criatura legalmente reciente. Una recién horneada ciudadana adulta.
Una recién desempacada versión de la adultez que aún no sabe cómo funciona una cita médica en la seguridad social. Sentí cómo se me reconfiguraba el cuerpo. Como si de repente me hubieran quitado la música de fondo y puesto una alarma de evacuación.
—¿Dieciocho?
—Sí, esta semana.
—¿De este año?
—¿Hay otro calendario que no me han contado? —preguntó, riéndose, como si fuera adorable. Que lo era, desde luego.
Y entonces entendí todo.
Los gestos.
La frescura.
La falta de cinismo.
La forma en que hablaba de la vida como quien va a abrir la puerta de un parque temático y aún no sabe qué atracción probar primero.
Tenía dieciocho.
Y yo tenía una erección emocional que no sabía si celebrar o llevar a terapia. No pasó nada más esa noche. O bueno, sí pasó: me subí al taxi con el corazón haciendo sentadillas, con el cerebro gritando «¡Peligro!» y con el alma en una especie de limbo donde coexisten los impulsos y la conciencia.
¿Y si no importan los años?
¿Y si ella no es como las demás?
¿Y si en el fondo soy yo el que tiene miedo de volver a sentir algo real?
¿Y si todo esto es solo una ilusión alimentada por el ego que no soporta que alguien joven se interese en él? La respuesta es sí. A todo. A nada. A lo que venga.
Desde entonces, no he sabido qué hacer.
Ella me escribe. Me manda audios. Me pregunta cosas. Me cuenta cosas. Y yo respondo con la cautela de quien camina descalzo sobre cristales. Una parte de mí quiere perderse en esa locura. Otra parte quiere huir y encerrarse en el bar con el resto de viejos rotos que ven partidos del FC Barcelona mientras se quejan de los precios de la gasolina.
Jacinto, el tipo que cruzó medio continente para sobrevivir, ahora teme a una chica de dieciocho años.
Quién lo diría.
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