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Tengo una pecera de corchos

Tengo una pecera en mi habitación, pero no es una pecera común, no es una pecera cualquiera. Dentro no hay peces ni agua cristalina, solo corchos de vino apilados hasta la mitad de la urna de vidrio. Comencé a coleccionarlos hace unos años, cuando la vida empezó a regalarme pequeños momentos de calma, momentos que se disfrutan mejor con una copa de vino. Lejos de considerarme o parecer alcohólico, el vino, con su aroma suave y su sabor a tierra y recuerdos, se ha convertido en la excusa perfecta para conectar con los demás, para compartir un rato, un pensamiento o una charla que suele terminar a muy altas horas de la noche.

Al principio, la colección comenzó en una pequeña botella de vidrio que encontré en una tienda de antigüedades. Era perfecta para mantener unos pocos corchos, quizás una docena o dos, que guardé con nostalgia. El primero, recuerdo, fue un corcho de una botella de un Cune de La Rioja que compartí con Angelika en verano de 2021. Aquella noche, estábamos sentados en la terraza, riendo sin motivo, hablando de todo y de nada, cuando ella, bromeando, me sugirió que guardara el corcho como recuerdo. Lo firmó, y yo, como si fuera un rito, lo guardé en una gaveta. En ese momento no sospechaba que ese sería el primer corcho de una colección que hoy supera las mil unidades. A medida que el tiempo pasó, la gaveta empezó a llenarse, y me di cuenta de que, sin querer, estaba acumulando una historia detrás de cada corcho.

Con el paso de los meses, los corchos se multiplicaron. Un corcho de un vino de Francia, firmado por un gran amigo con el que compartí una tarde de descanso y anécdotas sobre nuestros proyectos; otro de una botella de tinto húngaro cuyo nombre no recuerdo, firmado por una maravillosa pareja que disfrutaba de sus vacaciones por España, mientras discutíamos sobre lo que significaban los viajes en nuestras vidas; otro más de un vino blanco italiano, que compartí con Octavia, una chica con la que creí que podía tener algo más, pero que, al final, se desvaneció como la burbuja de un buen espumoso. Así, sin darme cuenta, cada corcho se fue convirtiendo en una cápsula del tiempo, un pedazo de un momento que se quedó atado a la fecha en la que se firmó, a la conversación que tuve, al lugar en el que estaba.

Me di cuenta de que, cada vez que alguien me firmaba un corcho, estaba escribiendo una parte de mi historia. No solo eran recuerdos de buenos vinos, sino de los vínculos que había ido construyendo, de las personas que se cruzaron en mi camino, de aquellos que me hicieron reír hasta dolerme el estómago, de los que me hablaron de sus vidas con una copa en la mano, de los que me dieron su tiempo para compartir un trozo de su alma mientras nosotros compartíamos una botella.

La botella de corchos ya no daba abasto. Cada vez que alguien firmaba un corcho, me encontraba buscando espacio donde no lo había, y sentía que algo dentro de mí se replegaba, como si los recuerdos se estuvieran quedando sin lugar, como si las historias no pudieran seguir acumulándose de esa forma. Fue entonces cuando apareció la pecera. No la busqué; un buen amigo argentino me la ofreció una tarde cualquiera. Me parecía apropiada. Una pecera es un espacio cerrado, pero abierto, y aunque los corchos no flotan como peces, en mi mente los veía nadar, moviéndose con la misma libertad que aquellos momentos de encuentro. La pecera me regalaba espacio para que los corchos pudieran seguir entrando sin perderse.

De alguna manera, los corchos ya no son solo recuerdos de vinos. Son registros de mis relaciones, de las veces que me he abierto a alguien, de las veces que me han abierto a mí. Con cada firma, con cada vino, las conversaciones se convierten en algo tangible. No es la misma sensación que tener una foto o un objeto, algo que pueda tocarse con los ojos, algo estático. Los corchos tienen algo de etéreo, porque no es el vino lo que realmente importa, sino lo que compartimos mientras lo bebemos, mientras lo disfrutamos. La firma de un amor en el corcho de un Cabernet Sauvignon tiene más valor que el propio vino que se bebió. Porque en ese corcho permanece el instante exacto en que compartimos una risa tonta, en que nos abrimos y dejamos al descubierto lo que solemos ocultar.

Y sin embargo, la pecera no está completa. Siempre parece haber espacio para más. Hay días en los que, sin planificarlo, aparece alguien con quien, como por arte de magia, establezco una conexión tan fuerte que terminamos compartiendo un vino y cuyo corcho va a parar a la colección. La gente viene y va, y aunque no siempre recordamos los detalles de todas esas conversaciones, el corcho siempre permanece allí, reposando, bajo la tranquilidad invisible del tiempo. No sé si algún día la pecera se llenará por completo, si llegará un momento en que no habrá más espacio para nuevos corchos. Tal vez algún día alguien me pregunte qué significan todos esos corchos en la pecera, y yo les contaré que no es solo el vino lo que los hace importantes, sino que son la huella de todas las personas que he conocido, de todas las historias que he escuchado, de todas las conversaciones que me han marcado.

Ayer fue la última vez que pedí a alguien que firmara un corcho. Hannia, una chica polaca a la que acababa de conocer, dejó su rúbrica en él. Nos sentamos a tomar un vino canario en una terraza, riendo y charlando sobre su experiencia como mochilera, sin saber realmente si ese momento quedaría grabado en la memoria de alguno de los dos. Sin embargo, al final de la noche, ella firmó el corcho, luego de enterarse de mi colección. Ella sonrió y firmó el corcho, sin preguntar mucho más. Y aunque no sé si alguna vez volvamos a vernos, su firma quedó allí, entre todos los demás corchos, como un testigo silencioso de esa breve conexión.

La pecera está allí. La colección también, creciendo lentamente, y con cada corcho que se suma, siento que no soy solo yo quien crece, sino que todos los momentos que he vivido, todas las voces que han resonado a mi alrededor, siguen sumando algo a mi historia. No sé qué haré cuando se llene por completo. Tal vez ya no habrá espacio para más corchos, o tal vez seguiré encontrando formas de seguir coleccionando estos pequeños recuerdos, de seguir viendo cómo las historias se van apilando en esa pecera, como si cada corcho fuera un pez que nada, libre, en el agua del tiempo.

Foto: Freepik

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