Siempre hay una versión mejor

Hace unos días encontré unas fotos del Camino Primitivo que nunca publiqué. No eran fotos malas. Eso habría sido una explicación perfectamente razonable para condenarlas a una carpeta del ordenador hasta que algún fallo del disco duro resolviera definitivamente el asunto. Eran, de hecho, las buenas. Las que había pensado publicar al volver: yo caminando, los paisajes, algunos momentos que en su día debieron parecerme suficientemente importantes como para detenerme, sacar el teléfono y guardarlos.

Había subido otras, algún vídeo, fotos con Manolo, cosas sueltas. Pero aquellas no. Y lo curioso es que no recuerdo por qué. Seguramente estaba esperando el momento adecuado. Tener tiempo para escogerlas bien, editarlas, ordenar la secuencia, escribir algo que estuviera a la altura del viaje. Lo normal. Solo ocurrió una cosa que aparentemente no estaba contemplada en el plan: el tiempo siguió pasando.

Meses después estaba mirando aquellas fotos y tratando de recordar qué demonios había necesitado decidir. El Camino ya había ocurrido. Las ampollas habían desaparecido. Yo había vuelto a mi vida, a mis clientes, a mi hijo, a los correos y a los proyectos. Las fotos, en cambio, seguían allí, esperando una aprobación que solo podía darles yo.

Entonces pensé que quizá aquello no tenía nada que ver con las fotos.

Tengo una facilidad preocupante para posponer algunas de las cosas que más me importan con el argumento de que quiero hacerlas bien. El truco funciona porque la excusa suele ser cierta. No dejo un texto porque me dé igual; lo dejo porque quiero encontrar la forma correcta. No aparco un proyecto porque no me interese; lo aparco porque ahora mismo hay otras urgencias. No tardo cuarenta minutos escogiendo entre tres fotos prácticamente idénticas porque sea idiota —o no solo por eso—, sino porque una tiene mejor luz, en otra salgo mejor y la tercera, aunque está peor encuadrada, transmite más.

El problema es que mientras uno está buscando la mejor versión de algo, la vida no se queda educadamente esperando en recepción. Siempre me he considerado una persona espontánea. Me gusta viajar, cambiar planes, conocer gente, meterme en lugares donde no conozco a nadie y empezar proyectos con ese entusiasmo irresponsable de quien todavía no ha calculado cuánto trabajo van a dar. Pero he descubierto que mi espontaneidad necesita bastante organización. Me encanta improvisar, siempre que sepamos aproximadamente qué vamos a improvisar. Defiendo la libertad, pero mi versión de la libertad consiste muchas veces en que nadie me imponga las reglas para poder escribirlas yo.

Durante años he conseguido ponerles nombres bastante elegantes a algunas de estas cosas. No controlo: organizo. No procrastino: estoy valorando opciones. No abandono proyectos: los dejo aparcados. No le doy demasiadas vueltas a todo: soy analítico. Uno llega a cierta edad con un departamento de comunicación interno que podría gestionar una crisis de gobierno.

Porque si alguien me preguntara qué es importante para mí, respondería sin pensarlo mucho: mi hijo, las personas que quiero, escribir, viajar, conocer gente, tener tiempo para las cosas que disfruto. Pero si ese mismo alguien decidiera ignorarme y revisar en qué gasto realmente mis días, quizá llegaría a conclusiones distintas. Correos. Clientes. Webs. Mensajes. Problemas pequeños que exigen respuesta inmediata. Una imagen que todavía puede quedar un poco mejor. Una idea nueva cuando otras siete esperan turno. Eso es lo incómodo: lo urgente tiene una capacidad extraordinaria para hacerse pasar por importante.

Los proyectos propios no llaman para reclamar. Un libro no manda un WhatsApp preguntando por qué todavía no lo has terminado. Una historia que quieres escribir no amenaza con contratar a otro proveedor. Y mi hijo, por fortuna, tampoco lleva una hoja de cálculo con las tardes en las que estaba con él pero pensando en otra cosa.

Tiene siete años.

Eso debería ser suficiente argumento.

Los niños tienen esa pésima costumbre de crecer sin consultar la agenda de sus padres. Los proyectos pueden esperar. Algunos dominios que he comprado han demostrado una paciencia admirable. Un niño de siete años, en cambio, va a tener ocho haga yo lo que haga. Ya no son horas disponibles que uno administra mejor o peor. Es una edad que desaparece.

Quizá por eso siempre he guardado tantas cosas. Fotos, conversaciones, canciones, lugares. Tengo imágenes que para cualquier otra persona no significan nada y que a mí me devuelven una época entera. Durante mucho tiempo pensé que era nostalgia. Ahora creo que también hay cierta resistencia a aceptar que las cosas importantes ocurren y luego se van. Así que las guardo. Las fotografío. Las escribo. Las cuento. Y cuando algo me importa mucho, además intento entenderlo. Qué significa. Por qué pasó. Si hice bien. Qué quiso decir alguien. Como si la vida tuviera un servicio de atención al cliente y yo estuviera dispuesto a mantener abierto el ticket hasta recibir una explicación satisfactoria.

Lo peor es que muchas veces ya sé la respuesta. Solo quiero escucharla desde otro sitio. Esto también tiene nombres elegantes: reflexión, perspectiva, pensamiento crítico. Dependiendo del día, también podría llamarse inseguridad con estudios universitarios.

No pienso dejar de hacer fotos ni de escribir lo que vivo. Sería absurdo fingir que eso no forma parte de mí. Tampoco voy a convertirme en uno de esos tipos que ven una puesta de sol y aseguran que no necesitan fotografiarla porque la llevan en el corazón. Yo también puedo llevarla en el corazón. Pero hazte a un lado, que quiero una horizontal y otra vertical.

Lo que sí empiezo a sospechar es que conservar algo no significa necesariamente haberlo vivido mejor. Una foto puede demostrar que estuve en un lugar, pero no cuánto estuve presente. Un texto puede rescatar una tarde, pero no devolverme el tiempo que pasé mirando el teléfono. Y una lista de proyectos puede hacer que mi vida parezca llena sin aclarar si estoy dedicando mis horas a lo que de verdad digo que importa.

Tal vez por eso me molestaron aquellas fotos del Camino.

No porque llevaran meses sin publicar, sino porque seguían exactamente donde las había dejado. El paisaje era el mismo. Mi mochila, mi cara cansada, el barro, los caminos. Nada había cambiado dentro de ellas.

El que había cambiado era yo.

Al final las publiqué.

No encontré el texto perfecto ni la selección definitiva, y tampoco ocurrió nada extraordinario. Nadie apareció para felicitarme por haber esperado. El Camino siguió siendo el Camino. Quizá la lección no sea dejar de mejorar las cosas. Algunas merecen tiempo, trabajo y muchas vueltas. El problema está en creer que todo necesita una versión mejor antes de poder existir.

Hay textos que necesitan otra revisión. Hay proyectos que necesitan más trabajo. Y hay tardes, viajes, fotos, conversaciones y personas que no necesitan absolutamente nada. Solo que uno esté ahí. Me gustaría decir que entendí esto y que desde entonces he cambiado por completo, pero sería una manera demasiado elegante de terminar el relato y, además, mentira.

Lo más probable es que mañana vuelva a abrir este texto, cambie tres frases y piense que ahora sí quedó bien.

Hay cosas que cuestan.

Y siempre hay una versión mejor.

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