Mi hijo no me llama. Puede pasar varios días con su madre sin preguntarme cómo estoy, qué hago o si sigo vivo. Y a mí me parece estupendo. No sé si esto me convierte en un padre moderno, en un irresponsable emocional o en un señor que ha entendido algunas cosas por pura necesidad, pero no me preocupa demasiado. Mi hijo hoy está cumpliendo años, tiene dos casas y una cantidad considerable de asuntos más interesantes que averiguar qué está haciendo su padre un martes por la tarde.
Tampoco lo llamo para preguntarle si me echa de menos.
No necesito escucharlo.
De hecho, prefiero que no me eche de menos, si eso significa que está contento, jugando, descubriendo cosas o haciendo cualquier estupidez propia de su edad. No quiero que mi ausencia le estropee una tarde. Bastante tendrá con descubrir, dentro de algunos años, que ser adulto consiste en pasar buena parte de la vida resolviendo problemas que uno mismo se ha buscado.
Y entonces, en la víspera de su cumpleaños, pensé que mi hijo es un cactus.
La idea me vino por aquello de las amistades cactus, esas personas con las que puedes pasar meses sin hablar y, cuando vuelves a encontrarlas, todo sigue funcionando. No hay reproches, interrogatorios ni necesidad de justificar la desaparición. Simplemente se retoma la conversación donde se quedó, aunque ninguno recuerde exactamente de qué iba la charla.
Con mi hijo sucede algo parecido, salvando una diferencia importante: él no es mi amigo. Es mi hijo. Y yo soy su padre, incluso cuando hacemos el idiota como si fuéramos dos compañeros de universidad que todavía no han descubierto las consecuencias de sus decisiones.
—¿Nos echamos unas cervezas?
Se ríe.
—¡Papá!
—¿Qué pasa?
—¡Que yo no tomo cerveza!
—Ah, verdad. Pues tú te echas un zumito o lo que te apetezca.
Y asunto resuelto.
Dos señores que han llegado a un acuerdo satisfactorio para ambas partes, aunque uno de ellos todavía necesite que le recuerden algunas obligaciones elementales.
Me gusta darle independencia.
En mi casa tiene sus cosas, sus espacios y sus pequeñas responsabilidades. No quiero que se sienta como alguien que viene de visita cada cierto tiempo. Vive aquí. Esta también es su casa, aunque a veces tenga que perseguirlo para que haga lo que le corresponde. Porque una cosa es fomentar la autonomía y otra muy distinta es creer que un niño de ocho años va a levantarse espontáneamente de una actividad divertidísima para cumplir con sus obligaciones. Eso no ocurre ni entre los adultos. Yo mismo llevo años posponiendo cosas que debería haber hecho hace tres jueves.
Él hace muchas cosas solo.
Yo superviso, insisto, recuerdo, vuelvo a insistir, pierdo la paciencia, la recupero y, cuando finalmente las hace, procuro no comportarme como si acabáramos de conquistar Marte. Me gusta que descubra que puede resolver sus propios asuntos. Que no necesita que alguien esté permanentemente haciéndole todo. Que puede equivocarse, intentarlo otra vez y encontrar su manera de conseguirlo.
También me gusta preguntarle qué quiere hacer. Normalmente le doy dos opciones, porque ofrecerle un universo ilimitado de posibilidades a un niño puede convertirse en una negociación diplomática de tres horas. Entre una cosa y otra, elige. A veces coincidimos. Otras veces me toca aceptar una decisión que yo mismo puse sobre la mesa y que, por algún motivo, esperaba que no escogiera.
Es una de las muchas humillaciones pequeñas de la paternidad.
Jugamos cuando podemos.
Él jugaría mucho más, naturalmente. Si dependiera de sus intereses, yo probablemente tendría que abandonar mi trabajo, renunciar a cualquier aspiración profesional y dedicarme exclusivamente a entretenerlo. Pero hay facturas, compromisos y una casa que no se mantiene sola. Aquí no tengo una familia numerosa esperando para relevarme, ni una red de apoyo a la que pueda recurrir cada vez que necesito terminar algo. Estamos él y yo, y eso significa que a veces tengo que decirle que espere.
No siempre le gusta.
A mí tampoco.
Hay días en los que consigo organizarme para dedicarle más tiempo y otros en los que termino agotado, preguntándome si debería haber jugado un rato más. Supongo que esa pregunta me acompañará durante muchos años. Los padres tenemos una habilidad extraordinaria para sentirnos culpables incluso cuando estamos haciendo todo lo que podemos.
Pero también nos reímos muchísimo.
Tenemos nuestras pequeñas complicidades, nuestras tonterías y una confianza que le permite, como niño, burlarse un poco de su padre sin olvidar que sigue siendo su padre. A veces somos dos panas. Otras veces tengo que recordarle que aquí el adulto soy yo, una afirmación que pierde bastante autoridad cuando cinco minutos antes le estaba proponiendo tomarnos unas cervezas.
No sé exactamente qué clase de persona será. Tengo mis sospechas. Lo veo curioso, observador, con una cabeza que empieza a funcionar por caminos que me resultan fascinantes. Me lo imagino haciendo preguntas incómodas, discutiendo argumentos y descubriendo que su padre no tiene todas las respuestas. Esto último probablemente sucederá antes de lo que me gustaría. Pero tampoco quiero decidir quién será. Ya tendrá tiempo de descubrirlo él, equivocarse y cambiar de opinión. Incluso de terminar apasionándose por algo que yo jamás habría imaginado.
Lo del cactus, sin embargo, no tiene que ver con que sea independiente o con que pueda hacer cosas solo. Tiene que ver con lo que ocurre cuando no estamos juntos. Mi hijo pasa una parte de su vida con su madre y otra conmigo. Es la realidad que conoce. No necesita convertirla en un drama para demostrarme que me quiere. No tiene que llamarme todos los días, preguntarme cuándo nos veremos ni decirme que me extraña para tranquilizar mi ego de padre. Quizá me eche de menos algunas veces. Quizá otras ni se acuerde de mí porque está demasiado ocupado viviendo. No lo sé. Y no necesito saberlo.
Cuando vuelve, volvemos a ser nosotros.
No tenemos que recuperar el tiempo perdido como si hubiéramos sufrido una separación de veinte años. No necesito organizar una experiencia extraordinaria para compensar los días en los que no estuvimos juntos. A veces basta con estar en casa, hacer cualquier cosa, discutir por alguna obligación pendiente o decidir qué vamos a comer. Hay padres que necesitan sentirse indispensables. Yo quiero que mi hijo sepa que puede contar conmigo, que no es exactamente lo mismo.
Y aquí debo hacer una aclaración sobre los cactus, porque tienen una fama bastante injusta. Mucha gente cree que son plantas que no necesitan agua ni cuidados, que pueden abandonarse en cualquier rincón y seguirán creciendo por puro orgullo vegetal. Pero los cactus necesitan atención. Lo que ocurre es que han desarrollado una manera particular de vivir, de aprovechar lo que reciben y de resistir los períodos difíciles.
No quiero que mi hijo tenga que resistir nada que yo pueda evitarle. Tampoco quiero confundir su independencia con una excusa para desentenderme de él. Si necesita atención, se la doy. Si necesita ayuda, intento ayudarlo. Si quiere jugar y puedo hacerlo, jugamos. Y cuando no puedo, tiene que aprender que su padre también tiene obligaciones, aunque algunas sean bastante menos interesantes que sus propuestas. Lo que no pienso hacer es exigirle que me quiera de una manera determinada.
No quiero que me llame por compromiso, que me abrace para hacerme feliz o que me diga que me echa de menos porque sospecha que eso es lo que espero escuchar. Tampoco quiero que sienta que disfrutar de su vida cuando no está conmigo supone alguna clase de traición.
Que me quiera como le dé la gana.
Yo me encargo de quererlo como corresponde a un padre, que incluye estar presente, poner límites, escuchar, acompañar y, ocasionalmente, convertirme en el señor más pesado del planeta porque hay cosas que deben hacerse aunque no apetezcan. O porque sí.
Hoy cumple ocho años.
Ocho años desde que apareció en mi vida un individuo que no sabía hablar, caminar ni controlar sus necesidades fisiológicas y que, aun así, consiguió reorganizar por completo la existencia de un adulto que se creía bastante independiente.
Ahora tiene opiniones, preferencias, pequeñas responsabilidades y dos universos absolutamente distintos en los que seguir creciendo. Cada vez necesita menos ayuda para algunas cosas y mucha más paciencia para otras. Yo también estoy aprendiendo, aunque llevo una ventaja considerable en edad que no siempre se traduce en sabiduría.
No sé si algún día leerá esto.
Quizá cuando sea mayor le parezca una cursilería insoportable. Quizá se ría de que su padre lo comparara con una planta llena de espinas. Quizá me pregunte por qué no elegí algo más interesante, como un león, un Pokémon, un astronauta o un dinosaurio. Tendré que explicarle que los cactus me gustan porque no necesitan demostrar constantemente que están vivos. Y que, si alguna vez pasa mucho tiempo sin llamarme, no tiene que preocuparse.
Aquí seguiré.
Probablemente trabajando, intentando terminar algo que debería haber terminado ayer y esperando a que aparezca para preguntarle si nos echamos un par de cervezas.
Él pondrá el zumito.
Feliz cumpleaños, mi hijo cactus.







1 Comentario
Vanessa
Qué bonito! 🤗