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Ficción para extraterrestres

Llegué a la Tierra hace once meses. No fue difícil infiltrarme. Los humanos están demasiado ocupados sobreviviendo como para notar pequeños detalles. Además, descubrí rápidamente que la mejor manera de pasar desapercibido es parecer cansado. Aquí todos parecen cansados. Si caminas deprisa, miras el móvil con ansiedad y suspiras cada cierto tiempo, automáticamente formas parte de la especie.

Durante semanas estudié sus costumbres. Sus rituales sociales. Sus dinámicas de apareamiento. Sus formas de comunicación. Sus sistemas políticos también, aunque debo admitir que todavía no tengo claro si aquello era política o un reality show tan patético como absurdo.

Pero hubo algo que captó especialmente mi atención.

Las parejas.

En mi planeta, cuando dos individuos dejan de desear compartir existencia, se separan. Es un proceso simple. Doloroso a veces, sí, pero lógico. Nadie construye una vida alrededor de una emoción caducada. Los humanos sí. Y no de manera excepcional. De manera masiva. Al principio pensé que había interpretado mal las señales. Los veía cenar juntos sin mirarse. Dormir en la misma cama separados por una distancia emocional equivalente a tres galaxias. Criticarse mutuamente delante de amigos. Quejarse del otro con una pasión que ya quisieran para hacer el amor.

Pero seguían juntos.

Aquello me fascinó.

Una noche observé a una pareja desde la ventana iluminada de un apartamento en Praga. Él estaba tumbado mirando videos cortos en el móvil. Ella fingía ver una serie mientras miraba fotos antiguas de ambos en una playa. No hablaron durante cuarenta y siete minutos. Lo sé porque los cronometré. En un momento, finalmente ella me dejó escuchar su voz.

—¿Vas a venir a dormir?

—Ahora voy —respondió, él.

Pero ninguno sonó especialmente ilusionado con la idea.

Más tarde se acostaron juntos o, mejor dicho, cerca. Ella quedó mirando hacia un lado de la cama. Él hacia el otro. Entre ambos había aproximadamente veinte centímetros de colchón y varios años de decepciones acumuladas. Antes de apagar la luz, él le tocó el hombro de manera automática. Como quien pulsa un botón que ya no sabe exactamente para qué sirve. Entonces comprendí algo importante sobre los humanos: muchos confunden costumbre con amor. Y quizá es normal. Ambas cosas dejan objetos personales en el baño.

He estudiado cientos de parejas desde entonces. Restaurantes, supermercados, ascensores, aeropuertos, tiendas de muebles, funerales. Los humanos discuten mucho en tiendas de muebles. Sospecho que decorar una cárcel emocional genera tensión. Hay algo particularmente extraño en cómo hablan de sus compañeros sentimentales cuando estos no están presentes: «es que no me escucha», «ya nunca tenemos sexo», «me agota», «no puedo más» y «a veces quisiera desaparecer una semana», entre otros. Lo dicen delante de amigos. Riéndose incluso. Como si el sufrimiento necesitara sentido del humor para resultar socialmente aceptable.

Entonces yo esperaba la parte lógica.

La separación.

Pero no.

Después de destruir verbalmente a la persona con la que comparten vida, entonces vuelven juntos a casa. A veces incluso cogidos de la mano. Al principio pensé que tal vez no podían abandonar la relación por motivos económicos. Pero luego observé parejas millonarias haciendo exactamente lo mismo. Después pensé que quizá era por los hijos. Luego encontré parejas sin hijos atrapadas en idéntica dinámica. Así que seguí investigando. Descubrí algo todavía más desconcertante: muchos humanos viven fantaseando con otras vidas mientras continúan alimentando la actual.

Los veo mirando apartamentos a escondidas. Buscando vuelos en solitario. Reactivando conversaciones antiguas. Imaginando amantes. Pensando cómo sería empezar de nuevo en otra ciudad. Y sin embargo, después de esas fantasías, compran detergente para dos. Hay una escena terrestre que todavía no logro superar: los supermercados. Madre mía, los supermercados. Una vez seguí a una pareja durante cuarenta minutos. Discutieron por yogures. Por yogures. Ella quería una marca. Él otra. La tensión emocional —ojalá fuera así la tensión sexual— acumulada entre ambos era tan densa que mis sensores pensaron que había actividad volcánica cerca.

—Haz lo que te dé la gana, como siempre —dijo ella.

—Estás insoportable últimamente —él respondió.

Después permanecieron en silencio varios minutos. Más tarde los vi comparar precios de papel higiénico juntos. Eso me destruyó intelectualmente. Porque entendí que los humanos pueden sentirse profundamente infelices y aun así seguir organizando la logística compartida de sus vidas. Es extraordinario. En mi planeta eso sería considerado una enfermedad psiquiátrica grave.

Pero aquí, en la Tierra, aquí lo llaman estabilidad.

También descubrí el fenómeno del «sexo administrativo».

No sé cómo describirlo correctamente en términos científicos. No parece sexo motivado por deseo. Tampoco por pasión. Ni siquiera por alegría. Es más parecido a reiniciar un aparato electrónico para comprobar si todavía funciona. Los humanos suelen practicarlo en determinadas fechas estratégicas: vacaciones, aniversarios, después de discusiones importantes o cuando sospechan que la relación atraviesa una avería severa. No siempre se besan con ganas. A veces ni siquiera se miran demasiado. Pero al terminar, ambos parecen ligeramente aliviados. Como técnicos confirmando que el sistema sigue encendido.

Fascinante.

Aunque no tanto como sus conversaciones nocturnas. Los humanos tienen una costumbre muy curiosa: esperan a apagar la luz para pensar en voz alta. He escuchado frases extraordinarias, algunas como: «no sé qué estamos haciendo», «echo de menos cómo éramos antes», «últimamente siento que somos compañeros de piso» o, la pregunta que más se repite; «¿Tú eres feliz?». Esa última aparece mucho. «¿Tú eres feliz?». Nunca preguntan: «¿Me amas?». Supongo que incluso ellos saben que la felicidad es un indicador más urgente. Una noche escuché algo todavía peor.

—Creo que llevamos años juntos por miedo —decía una chica, de unos 30 años.

Él tardó bastante en responder.

Yo esperaba negación. Drama. Una revolución emocional. Pero finalmente dijo: «Puede ser». Y luego ambos se quedaron dormidos. Dormidos. Como si acabaran de comentar el tiempo. Ahí comprendí otra cosa sobre la especie humana: su capacidad de normalizar la tristeza es probablemente su superpoder evolutivo más impresionante. Pero también el más aterrador. A veces creo que los humanos no permanecen juntos porque se aman. Permanecen juntos porque construyeron demasiadas rutinas alrededor del otro: la contraseña de Netflix, el lado de la cama, las vacaciones en agosto, el supermercado de confianza, la madre del otro, la cafetera, las llaves y hasta el perro.

Desmontar una vida compartida les parece más difícil que soportarla. Y honestamente, empiezo a entenderlos. Porque cuanto más tiempo paso aquí, más descubro que los humanos sienten pánico hacia una cosa por encima de todas: empezar de nuevo. Prefieren la infelicidad conocida a la incertidumbre. Prefieren dormir junto a alguien que ya no les mira igual antes que enfrentarse al silencio completo de una cama vacía.

Es terrible.

Y al mismo tiempo, extrañamente conmovedor.

Hace tres semanas observé a una pareja anciana en un hospital. Llevaban décadas juntos, seguramente. Ya casi no hablaban. Él parecía agotado. Ella también. No había romanticismo visible. Ni pasión. Ni frases de película. Solo cansancio compartido. En un momento ella se quedó dormida en una silla incómoda. Entonces él, muy despacio, le colocó bien la manta sobre las piernas para que no tuviera frío. Ni siquiera despertó. Él tampoco hizo un gesto heroico después. No hubo discurso. No hubo música emocional imaginaria como en las películas humanas. Solo volvió a mirar al suelo. Y yo me quedé paralizado. Porque tal vez llevo meses interpretándolo todo mal. Quizá el amor humano no desaparece. Quizá simplemente muta hasta volverse irreconocible. Quizá después de los gritos, las decepciones, el sexo rutinario, las discusiones absurdas y el desgaste… todavía queda algo pequeño sobreviviendo debajo de los escombros. Algo tan diminuto que solo aparece en gestos inútiles. Una manta. Un café preparado. Un «avísame cuando llegues». Un pie buscando al otro debajo de las sábanas mientras ambos fingen dormir.

No lo sé. Sigo estudiándolos. Pero hay algo que tengo claro. Si contara en mi planeta que los humanos pasan años acostándose junto a personas a las que a veces ya no desean, ya no entienden y en ocasiones ni siquiera soportan, probablemente pensarían que estoy escribiendo ficción.

Ficción para extraterrestres.

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