Mi hijo está enamorado. Tiene siete años, cumplirá ocho dentro de un mes y, por lo visto, ya tiene una vida sentimental de la que yo no sabía absolutamente nada. Me enteré ayer, mientras estudiábamos para un examen de Conocimiento del Medio, una asignatura que, hasta donde yo sabía, consistía en aprender cosas sobre la naturaleza, el cuerpo humano y otros asuntos bastante menos peligrosos que el amor.
Todo empezó después del colegio.
Teníamos que repasar los huesos, los músculos, los órganos internos y los aparatos reproductores. Yo había preparado la tarde con cierta disciplina académica: merienda, libros, preguntas y un padre dispuesto a demostrar que todavía conserva algunos conocimientos de primaria. Max, por su parte, tenía otros planes. Principalmente, terminar cuanto antes para ponerse a jugar «a la play».
Comenzamos con el esqueleto. Le pregunté cuántos huesos tiene aproximadamente el cuerpo humano adulto y respondió 206 sin pensárselo demasiado. Seguimos con el fémur, las costillas, el cráneo y la columna vertebral. Todo iba razonablemente bien hasta que llegamos a los músculos y descubrí que, para él, cualquier pregunta cuya respuesta desconociera podía resolverse diciendo «bíceps». No importaba si yo señalaba el abdomen, la espalda o una ilustración de una pierna. Bíceps. Al menos había aprendido una palabra y estaba decidido a amortizarla.
Después pasamos a los órganos internos. Corazón, pulmones, estómago, intestinos. Le expliqué algunas funciones, le hice preguntas y aproveché para contarle que el corazón es un músculo que trabaja sin descansar. Aquello le pareció interesante durante aproximadamente cuatro segundos.
—Papá, ¿y el corazón puede doler?
—Claro. ¿Por qué?
—No, por nada.
Seguí explicándole cómo circula la sangre, pero él estaba mirando hacia otro lado. Lo conozco lo suficiente para saber cuándo está pensando en algo que no tiene ninguna relación con lo que estamos haciendo. Normalmente significa que quiere preguntarme si puede jugar a la play o si quedan galletas en la cocina.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—¿Seguro?
—Sí.
Continuamos estudiando.
Llegamos a los órganos reproductores, que forman parte del temario y que yo procuré explicar con la misma fluidez con la que habíamos hablado del estómago. Me parece importante que Max conozca su cuerpo sin que los adultos convirtamos cada pregunta en una situación incómoda. Bastante trabajo tenemos ya intentando explicar las fracciones.
Y entonces, sin ninguna transición, me soltó:
—Papá, creo que estoy enamorado.
Levanté la vista del libro.
—¿Cómo?
—¡Que creo que estoy enamorado, hombre!
Hay conversaciones para las que uno se prepara como padre. La primera vez que tu hijo te pregunta de dónde vienen los bebés, por ejemplo, o por qué algunas personas se mueren. Incluso imaginas que algún día tendrás que hablarle de novias, de relaciones y de todas esas cosas que los adultos tampoco terminamos de comprender. Lo que no esperas es que te llegue la primera declaración sentimental de tu hijo mientras tienes un dibujo del aparato digestivo delante.
—¿Enamorado de quién?
Me lo dijo.
No voy a revelar el nombre de la niña porque, aunque todavía no tiene edad para leer este tipo de cosas, considero que su intimidad merece cierto respeto. Además, bastante tiene con que su padre sea escritor y convierta una tarde de deberes en material publicable.
—¿Y desde cuándo estás enamorado?
—No sé. Desde hace tiempo.
Desde hace tiempo. Me hizo gracia. La dijo con la seriedad de un hombre que lleva años arrastrando una historia complicada. Yo intenté calcular cuánto podía significar «hace tiempo» para alguien que todavía mide su vida en cursos escolares.
—¿Y cómo sabes que estás enamorado?
Se quedó pensando.
—Porque me gusta mucho.
—Bueno, eso tiene sentido.
—Y porque cuando la veo me pongo contento.
Ahí me quedé callado. No porque acabara de descubrir una definición extraordinaria del amor, sino porque me sorprendió escucharlo hablar así. Hace relativamente poco necesitaba que le ayudara a ponerse los zapatos. Ahora estaba sentado frente a mí, explicándome sus sentimientos con una tranquilidad que yo no siempre he tenido a mis cuarenta y tantos, con la misma inocencia que tenía hace dos años, cuando me confesó que una niña lo había besado. Su primer beso.
—¿Y ella lo sabe?
—No.
—¿Y piensas decírselo?
—No sé, papá.
Lo dijo como si acabara de plantearle un problema de considerable complejidad. Yo asentí, intentando mantener una expresión apropiada para la ocasión. Por dentro estaba disfrutando muchísimo de aquella conversación.
—Bueno, tampoco tienes que decírselo ahora.
—¿Tú se lo dirías?
Magnífica pregunta. Una de esas que permiten comprobar hasta qué punto la paternidad consiste en dar consejos que uno mismo no siempre ha seguido.
—Depende.
—¿De qué?
—De muchas cosas. De si tengo confianza con ella, de si creo que también le gusto, de si me apetece decirlo…
—¿Y cómo sabes si tú le gustas?
Ahí empezaron mis problemas.
Intenté explicarle que a veces las personas muestran interés buscando estar contigo, hablando mucho o queriendo compartir cosas. Inmediatamente me di cuenta de que estaba describiendo comportamientos que también pueden tener dos buenos amigos, así que tuve que matizarlo. Él me escuchaba atentamente, esperando una respuesta concreta, mientras yo improvisaba una conferencia sobre relaciones humanas para un alumno de segundo de primaria.
—Entonces, ¿si juega conmigo es porque le gusto?
—No necesariamente.
—¿Y si se ríe conmigo?
—Tampoco necesariamente.
—Pues qué difícil.
Bienvenido al club, chaval. Se echó a reír. Yo también. Y durante unos minutos dejamos de ser el padre que preguntaba los nombres de los huesos y el niño que debía aprenderlos. Éramos dos hombres hablando de una chica, aunque uno de nosotros todavía necesitaba permiso para acostarse diez minutos más tarde.
Le pregunté si aquello le preocupaba. Me dijo que no. Que simplemente quería contármelo. Esa respuesta me gustó especialmente, aunque procuré no darle demasiada importancia para no convertir su confianza en un acontecimiento familiar. A veces los adultos tenemos esa costumbre insoportable de celebrar tanto las confidencias de los niños que terminamos consiguiendo que no vuelvan a contarnos nada.
Así que seguimos hablando sin presiones. Le conté que estar enamorado podía ser algo bonito, que no tenía que apresurarse y que, sobre todo, debía seguir siendo él mismo. También le expliqué que gustar de alguien no significa necesariamente que esa persona tenga que sentir lo mismo. Me escuchó, asintió y después preguntó si podíamos terminar de estudiar.
Evidentemente, su interés por la vida sentimental tenía un límite y acabábamos de alcanzarlo.
Volvimos al libro. Le señalé una ilustración del cuerpo humano y le pregunté dónde estaba el corazón.
Puso el dedo sobre el pecho del dibujo.
—Aquí.
—Muy bien. ¿Y qué función tiene?
—Bombear la sangre por todo el cuerpo.
—Perfecto.
Pasamos a la siguiente página. Todavía nos quedaban los músculos, los órganos reproductores y varias preguntas del examen.
—Papá.
—Dime.
—Pero no se lo cuentes a nadie, ¿vale?
—Tranquilo. Es nuestro secreto.
Me miró satisfecho y volvió a concentrarse en el libro.
Cinco minutos después, cuando le pregunté qué músculo utilizamos principalmente para respirar, respondió:
—El bíceps.
Vamos a tener que seguir estudiando.






