El niño déspota

Mi hijo Max tiene siete años y acaba de descubrir una de las grandes maravillas de la civilización moderna: jugar a la PlayStation con otros niños por Internet. Yo, naturalmente, estaba encantado. Hasta ahora la PlayStation había sido un aparato relativamente inofensivo. Un objeto conectado al televisor en el que Max conducía coches, saltaba obstáculos, disparaba a personajes que resucitaban treinta segundos después y hacía otras cosas perfectamente normales para alguien que todavía necesita que le recuerden que se lave los dientes.

Pero llegó el juego online. Y con él llegó la sociedad, que tarde o temprano termina jodiéndolo todo. La primera vez que lo escuché hablando con otros niños me hizo gracia. Llevaba los auriculares puestos, conversaba, se reía, coordinaba cosas que yo no entendía y parecía haber descubierto una extensión digital del parque infantil. Aquello era fantástico. Mi hijo estaba socializando desde su habitación y yo no tenía que llevarlo a ninguna parte.

Hasta que apareció Mussolini.

Tiene nueve años.

No voy a decir su nombre, evidentemente, porque sigue siendo un niño y tampoco quiero despertarme mañana con una demanda presentada por un bufete especializado en derecho de menores y Fortnite. Así que lo llamaré simplemente el Niño Déspota.

Entró en nuestras vidas a través de los auriculares de la PlayStation y rápidamente dejó claro que él no estaba allí exactamente para jugar. Estaba allí para gobernar. Daba órdenes, corregía, recriminaba, decidía qué había que hacer, cuándo había que hacerlo y, sobre todo, quién lo estaba haciendo mal.

Casualmente, casi siempre lo estaba haciendo mal mi hijo.

—¡Pero hazlo!

—¡Que no es así!

—¡Te he dicho que vengas!

—¡¿Pero tú no sabes jugar?!

Yo levantaba la cabeza desde el sofá. Al principio no intervine. Tampoco quiero ser ese padre que aparece cada treinta segundos con un casco azul de Naciones Unidas porque dos niños han discutido jugando a la PlayStation. Tendrán que aprender a resolver sus propios problemas, enfadarse, reconciliarse y descubrir poco a poco que el mundo está lleno de personas maravillosas, personas normales y gilipollas. Preferiblemente en ese orden.

Así que seguí en lo mío. Pero durante los días siguientes empecé a prestar más atención y la cosa dejó de hacerme gracia. Los niños discuten. Se enfadan, se llaman tontos y cinco minutos después vuelven a jugar juntos porque todavía no han desarrollado esa sofisticada habilidad adulta de guardar rencor durante diecisiete años por una discusión sobre dónde cenar.

Esto era distinto.

Había una forma de hablarle que no me gustaba. No era una frase concreta ni una palabrota que pudiera aislar y decir: aquí está el problema. Era la actitud. La manera de dirigirse a él, constantemente desde arriba, como si Max tuviera que agradecerle que le permitiera compartir servidor con semejante eminencia.

Max tiene dos años menos que el Niño Déspota. Solo son dos años de diferencia, aunque por cómo hablaba uno podía pensar que el muchacho había terminado ya dos doctorados y estaba considerando seriamente presentarse a rector de la Universidad de Salamanca.

Él sabía. Mi hijo no. Él decidía. Max obedecía. Si mi hijo se equivocaba, se lo hacía saber. Si no entendía algo suficientemente rápido, también. Y si las cosas no salían como quería, inmediatamente aparecía ese tono desagradable de quien considera que el problema siempre está en los demás. Fue entonces cuando empecé a preguntarme de dónde coño saca un niño de nueve años esa manera de tratar a otro.

No creo que una mañana se despertara, se preparara un ColaCao y pensara:

—A partir de hoy voy a desarrollar una personalidad autoritaria.

Los niños copian muchísimo más de lo que creemos. Palabras, gestos, tonos, maneras de reaccionar, formas de tratar a alguien cuando se equivoca. Luego llevan todo eso al colegio, al parque, a casa de sus amigos o a una partida de PlayStation. Y aquí podría resultar muy fácil señalar a los padres. No voy a hacerlo. No los conozco. No sé cómo es su casa, ni qué están intentando enseñarle, ni siquiera sé si ellos conocen esa faceta de su hijo. Puede que sean personas encantadoras y estén luchando precisamente contra ese comportamiento. Puede que lo haya aprendido de otros niños, de Internet o de cualquiera de los miles de sitios de los que ahora un niño puede importar una estupidez nueva cada cinco minutos.

Lo que sí sé es lo que ocurre en mi casa.

Y mi hijo no tiene por qué convertirse en el sparring emocional de nadie. Eso me parece bastante sencillo. Pronto cumplirá ocho años. Está empezando a relacionarse online por primera vez y bastante tendrá con aprender que existen personas con las que uno se divierte y otras con las que, sencillamente, es mejor no estar. Así que hice algo que probablemente acabó para siempre con mi candidatura al Premio Nobel de Mediación Internacional.

Cogí la PlayStation, entré en sus contactos, busqué al pequeño emperador y lo eliminé. No convoqué una cumbre bilateral. No hubo ronda de negociaciones. Nadie solicitó la intervención del Consejo de Seguridad.

Fuera.

Max, evidentemente, quiso saber por qué. Y ahí estaba la parte que de verdad me importaba. No quería decirle que aquel niño era malo porque ni siquiera creo que lo sea. A los nueve años uno todavía tiene muchísimo margen para dejar de ser un imbécil. Le expliqué otra cosa. Que nadie que quiera jugar con él tiene derecho a tratarlo mal. Puede equivocarse. Puede perder. Puede ser peor jugando. Puede no entender algo a la primera. Puede provocar la muerte de todo su equipo mientras intenta descubrir qué botón tenía que pulsar.

Da igual.

Eso no le da a nadie derecho a humillarlo. Protestó porque quería seguir jugando con su nuevo amigo. Después se le pasó. Y el Niño Déspota desapareció de nuestras vidas con la misma velocidad con la que había llegado. Asunto resuelto. O eso creía. Porque mi impecable ejercicio de responsabilidad parental tenía una pequeña consecuencia práctica que no había calculado: acababa de dejar a mi hijo sin compañero de juego. Y alguien tenía que cubrir la vacante. Así que ahora, algunas tardes, termino de trabajar, me siento con él, cojo el otro mando y juego.

Yo. Un hombre adulto con responsabilidades. Un autónomo con facturas. Un pagador de impuestos con clientes. Problemas reales. Y una absoluta incapacidad para entender cómo coño se construye una pared mientras alguien te dispara.

Mi hijo me explica. Me espera. Me dice por dónde tengo que ir. A veces tiene que volver a buscarme porque me he perdido. Podría burlarse. Podría gritarme. Podría recordarme constantemente que soy bastante peor que él. Pero no lo hace. Es aún un niño en formación pero parece que ya ha entendido algo que a algunas personas les cuesta bastante más tiempo aprender.

He pasado de proteger a mi hijo del Niño Déspota y a cambio recibo disparos. Me caigo por precipicios. Pulso botones que no son. Muero aproximadamente cada cuatro minutos. Así que empiezo a sospechar que aquel pequeño cabrón era parte de una jugada diabólica del destino en mi contra.

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