Mi absurda adicción a las banderillas

Viví más de diez años en España sin saber que estaba desperdiciando una parte importante de mi vida. No hablo de no haber visitado un pueblo remoto de Castilla, de no haber probado una variedad secreta de jamón o de no haber aprendido a distinguir entre una torrija bien hecha y una desafortunada. Hablo de algo mucho más sencillo. Más elemental. Más humillante.

Hablo de no haber probado nunca las banderillas.

Una década viviendo en un país donde aparentemente todo el mundo sabía que una aceituna, una guindilla y una anchoa ensartadas en un palillo podían producir una felicidad bastante desproporcionada para su tamaño, y nadie había tenido la delicadeza de informarme.

Lo cierto es que las descubrí en San Sebastián.

Cielo y yo habíamos viajado por el norte con una planificación impecable. Bilbao, Donosti, Santander. Lugares que visitar. Calles que recorrer. Estadios. Miradores. Monumentos. Edificios importantes. Sitios que había que conocer porque uno no puede viajar únicamente para comer y beber.

Pero, naturalmente, terminamos viajando principalmente para comer y beber.

Porque el itinerario fue perdiendo autoridad desde el primer día.

Entrábamos a un sitio porque parecía bonito. Pedíamos algo porque alguien de la mesa de al lado lo estaba comiendo. Después pedíamos otra cosa porque ya estábamos allí. Luego una cerveza porque caminar daba sed. Después otra porque la primera había sido claramente insuficiente. A continuación aparecía un pincho que parecía interesante y, cuando queríamos darnos cuenta, llevábamos hora y media sentados y el monumento que debíamos visitar cerraba en cuarenta minutos.

Entonces había que tomar decisiones. Nos dimos cuenta de que el monumento llevaba allí muchos años, pero el pincho no. Ganaba el pincho. Hay que ser sensatos al menos una vez en la vida.

En San Sebastián la situación empeoró.

Donosti tiene la peligrosa característica de parecer una ciudad construida específicamente para convencerte de que comer cinco veces al día es una conducta cultural. No gula, sino cultura. Uno entra en un bar y hay una barra llena de pequeñas cosas maravillosas: tortillas, anchoas, ensaladillas, panes, pescados y quesos. Todo pequeño, lo cual genera la falsa impresión de que comer diez cosas pequeñas equivale a comer poco. Una estafa matemática perfectamente aceptada por la sociedad vasca.

Nuestro último día allí subimos al Monte Igueldo.

Yo ya estaba satisfecho con el viaje. Habíamos caminado, comido, bebido, vuelto a comer y vuelto a beber con disciplina. Subimos para ver San Sebastián desde arriba y cumplir, al menos durante unos minutos, con nuestra obligación de turistas responsables. El día estaba bonito. Desde allí arriba se veía la bahía de La Concha extendida frente a nosotros con esa perfección irritante de las ciudades que parecen saber que salen bien en las fotos.

Nos sentamos.

Pedimos un par de cervezas.

Y entonces aparecieron ellas.

En algún momento vi aquellas pequeñas cosas ensartadas en un palillo. Una aceituna. Una guindilla verde. Una anchoa. Nada más. No había cocción a fuego lento. No había reducción de vino. No había pan elaborado durante setenta y dos horas por un señor llamado Iñaki que había estudiado fermentación en Copenhague.

Aceituna.

Guindilla.

Anchoa.

Punto.

Y entonces probé una. No recuerdo haber dicho nada especialmente inteligente después. Probablemente hice alguno de esos sonidos que hacemos los seres humanos cuando queremos expresar placer pero todavía tenemos la boca llena. La combinación era perfecta. La aceituna tenía ese punto salado y firme. La anchoa era intensa, carnosa, casi indecentemente deliciosa. Y luego aparecía la guindilla con su acidez, ese picante suave, fresco y suficiente para despertarlo todo sin intentar asesinarte.

Me comí otra.

Y otra.

En ese momento todavía no sabía que aquello se llamaba banderilla, o gilda, dependiendo del lugar en el que la encuentres. A mí me gusta más la palabra banderilla. Uno no interroga demasiado a algo que acaba de darle placer. Seguimos bebiendo cerveza. Seguimos comiéndolas. El paisaje de San Sebastián perdió ligeramente protagonismo. La bahía seguía allí, bellísima, perfectamente fotografiable. Pero delante de mí había anchoas. Y uno, a cierta edad, tiene bien claras sus prioridades.

Volví de aquel viaje convertido discretamente en otra persona, aunque durante algunas semanas no fui consciente de la gravedad del asunto.

La recaída ocurrió en Madrid.

Venía de Venezuela. El viaje había sido largo. Barquisimeto-San Antonio, San Antonio-Cúcuta, Cúcuta-Bogotá, Bogotá-Madrid, unas nueve horas de avión, de esas en las que uno duerme mal, come a horas absurdas, pierde la noción del tiempo y termina aterrizando con la cara de alguien que ha sido transportado en una caja.

Tenía escala en Barajas antes de regresar a casa. Entré en la sala VIP de la terminal con la intención razonable de descansar. Después de tantas horas de vuelo, uno imagina una ducha, un café, algo de comida, quizá sentarse en un sillón cómodo y recuperar lentamente la dignidad.

Entonces las vi.

Las banderillas estaban ahí. Preciosas. Atractivas. Jugosas. Había comida por todas partes: ensaladas, bollería, embutidos, frutas, platos calientes y postres. Opciones suficientes para alimentar a una pequeña delegación diplomática.

Pero no miré nada más.

Fui directamente a las banderillas y me serví varias. Cogí una cerveza. Me senté. Me comí las banderillas. Volví. Cogí más. No recuerdo cuántas comí y prefiero que siga siendo así. Porque hay cifras que no aportan nada bueno a una biografía.

Lo único que puedo decir es que llegó un momento en el que mi comportamiento dejó de parecer el de un pasajero disfrutando de un aperitivo y empezó a parecer el de una persona intentando aprovechar un vacío legal del servicio de catering. Iba. Volvía. Cogía banderillas. Abría otra cerveza. Me sentaba. Comía. Observaba la bandeja desde lejos. Calculaba cuántas quedaban. Había otros pasajeros cerca y empecé a considerarlos una amenaza.

Un señor se acercó a la zona de comida y durante unos segundos pensé: no me jodas.

Pero cogió queso.

Buen hombre.

La situación estaba bajo control.

Llegué a casa con una certeza muy concreta. Necesitaba comer banderillas el resto de mi vida. Se lo comuniqué a Cielo con serenidad. Lo prometo, no era un simple capricho, sino una necesidad. Ella, que tiene una paciencia bastante superior a la que mis obsesiones merecen, compró aceitunas, anchoas y guindillas y me las armó.

La primera vez me pareció un gesto romántico. La segunda ya empezaba a parecer suministro. La tercera confirmaba que habíamos establecido una cadena logística. Las preparábamos en casa y desaparecían con una velocidad preocupante.

El procedimiento era ridículamente simple: un palillo, luego la aceituna, después la mitad de una guindilla, luego la anchoa, después la segunda mitad de la guindilla y cerrábamos con otra aceituna.

Sin cocina, sin técnica. No puedes decir que has preparado una banderilla y mirar a nadie con superioridad culinaria. Has atravesado tres cosas con un palo.

Y, sin embargo, funciona.

Entonces, hace unos días, alcanzamos una nueva etapa.

Una amiga de Cielo celebraba su cumpleaños y nos invitó. Cielo se encargó de la tarta, porque Cielo sabe hacer cosas respetables en una cocina. Yo decidí que llevaría banderillas.

Era mi aportación gastronómica.

Mi regalo.

Me pareció incluso bonito. Un detalle personal. Algo que había descubierto recientemente y que quería compartir.

Compré los ingredientes y empecé a prepararlas. Una. Dos. Tres. Diez. Veinte. Seguí. Cuantas más hacía, mejor aspecto tenía aquello. Una pequeña formación militar de aceitunas, guindillas y anchoas alineadas sobre la bandeja.

Era hermoso.

También era peligroso.

Porque, naturalmente, tuve que probar una. Control de calidad. Algo estrictamente necesario. Después otra. Esta vez por consistencia. La tercera fue probablemente una auditoría.

Cuando llegamos al cumpleaños, llevaba suficientes banderillas como para aparentar generosidad.

Y esa fue la clave.

Aparentar.

Porque sí, oficialmente eran un regalo para la cumpleañera. En la práctica yo tenía otros planes.

Dejamos la tarta. Sacamos comida y bebidas. Hubo conversación. La gente entraba y salía. Y ahí estaban mis banderillas. Cada cierto tiempo pasaba cerca de la bandeja, cogía una y seguía hablando. Volvía al rato. Cogía otra. Con absurda naturalidad. Como si yo no fuera el hombre que las había llevado precisamente para los demás.

Alguien comía una y yo lo observaba con celos. Estaba satisfecho, joder, las había hecho yo, pero también sentía cierto resentimiento porque otra persona estaba colaborando en la labor de acabar con ellas.

Qué bien que te guste, pensé.

Pero ahora deja las demás.

No dije nada, por supuesto. Tengo ciertos modales. Me limité a acelerar el ritmo. A fin de cuentas, las había preparado yo. Aquello tenía que otorgarme algún tipo de derecho preferente.

Cuando la bandeja empezó a vaciarse comprendí que mi regalo de cumpleaños había funcionado exactamente como esperaba. La cumpleañera recibió banderillas. Los invitados comieron banderillas. Y yo me comí todas las que pude antes de que los demás entendieran lo buenas que estaban.

Fue un gesto generoso.

Con condiciones.

Desde entonces he aceptado que tengo un problema. No uno grave. No voy a vender mis objetos personales para comprar anchoas. Todavía no. Pero si entro en un bar y veo banderillas, las miro. Si están buenas, pido otra. Si hay cerveza, mejor. Y si alguien me invita a su cumpleaños y no sé bien qué llevar, quizá vuelva a ofrecerme voluntario.

Porque Cielo puede hacer la tarta.

Pero yo me apunto para llevar las banderillas.

Las llevaré.

Pero seré el primero en comerlas.

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