En la universidad uno no tenía dinero, pero tenía fe. Que es casi lo mismo, pero con peor higiene y más probabilidades de terminar durmiendo en un sofá prestado. Yo era joven. O sea, técnicamente era un adulto, pero con el cerebro bajo el control de un comité de hormonas, hambre y canciones de Ricardo Arjona. Tenía esa edad en la que uno cree que la vida está a punto de abrirle una puerta importante, cuando en realidad lo que se abre casi siempre es una cerveza caliente, una conversación absurda o el cierre de un pantalón con exceso de esperanza.
Aquella noche me quedé a dormir en casa de Corina, una de las compañeras más fieles que tuve en la universidad. Amiga, además, en el sentido más honesto y más peligroso de la palabra: no habíamos tenido nada. Nada. Ni un beso accidental, ni una mano en la cintura con fines históricos, ni uno de esos silencios que ya vienen con preaviso. Éramos amigos. Yo, por supuesto, como todo universitario con imaginación y poco presupuesto, no descartaba que la amistad pudiera evolucionar hacia algo menos académico. Pero en ese momento la relación estaba en blanco, como una materia electiva que uno inscribe sin saber si va a servir para algo. Pero esa misma noche, en casa de Corina dormiría Yuli, otra compañera de clases, menos amiga mía, pero amiga al fin.
Eso, dicho así, parece una frase inocente. Pero en la cabeza de un hombre joven, con dos tragos encima y una autoestima alquilada por horas, «en casa de Corina dormiría Yuli» no significa «vamos a pasar un rato agradable», sino que el significado podría ser «el destino ha enviado refuerzos».
Yuli llegó. Hubo cervezas. Hubo música. Hubo algo de baile. Hubo esa alegría universitaria que no necesita muebles buenos, ni bebidas decentes, ni una casa con ventilación. Solo hace falta alcohol barato, gente con ganas de equivocarse y una noche sin testigos responsables.
Yo no sé en qué momento exacto la noche decidió ponerse interesante. Esas cosas nunca pasan como en las películas. Nadie baja la luz con sensualidad. Nadie dice una frase inolvidable. Nadie pone jazz. En la vida real alguien tropieza con una silla, otro derrama cerveza, una canción mala se repite dos veces y, de pronto, sin entender muy bien la transición narrativa, uno está en una cama con dos mujeres.
Y yo estaba allí. En el centro. Como un prócer. Como un monumento nacional a la suerte inmerecida. Como un chico que jamás había hecho méritos suficientes para estar viviendo aquello, pero que tampoco iba a ponerse a discutir con la providencia. A mi derecha había calor. A mi izquierda también. Aquello ya no era una cama: era una zona climática privilegiada. Yo sentía piel, risas, respiraciones, una confusión deliciosa y la certeza humilde de que, por fin, la universidad estaba dando algún fruto práctico. En mi cabeza sonaban trompetas. No metafóricas: trompetas reales, de desfile patrio. Yo ya estaba redactando mi propia leyenda. Me veía al día siguiente caminando por los pasillos de la universidad con una calma nueva, saludando a la gente como quien ha vuelto de una guerra secreta. Iba a sentarme en clases con la mirada perdida, no por sueño, sino por exceso de biografía.
Porque uno a esa edad no quiere vivir experiencias. Quiere tener anécdotas. Y esta iba a ser una anécdota de las grandes.
Mujer-hombre-mujer.
El joven Jacinto, héroe accidental del deseo, sobreviviente de una noche imposible, humilde receptor de una bendición anatómica doble.
Yo ya estaba espiritualmente listo para convertirme en mito.
Y entonces ocurrió.
Corina, la misma con la que yo nunca había tenido nada, la misma que no me había prometido nada, la misma que no tenía conmigo contrato, acuerdo, preacuerdo, verbalización sentimental ni siquiera un «vamos viendo», se incorporó de pronto como si le hubiera bajado el espíritu de una señora celosa de telenovela venezolana.
—¡Lárgate de aquí! ¡Aléjate de mi hombre!—gritó.
Mi hombre.
¿Su hombre?
Yo, que hasta ese segundo no sabía que era de alguien. Yo, que no había sido registrado, notariado, etiquetado, reclamado ni puesto en reserva. Yo, que creía estar participando en una actividad recreativa de libre asociación, resulté ser propiedad privada. Yuli se quedó helada. Se ofendió, claro. Con toda la razón del mundo. Una cosa es ir a una casa, tomar cerveza, bailar, entrar en una dinámica de adultos con expectativas democráticas, y otra muy distinta es descubrir, ya en plena gestión, que estabas invadiendo territorio ajeno sin saberlo.
Se vistió con la velocidad de quien acaba de recuperar la dignidad a manotazos. No dijo gran cosa. Las mujeres, cuando quieren destruir una escena, no siempre necesitan discursos. A veces basta con ponerse los zapatos.
Y se fue.
Así.
Se fue.
La puerta sonó como suenan las puertas en las derrotas importantes: demasiado fuerte para ser una puerta, demasiado tarde para ser una advertencia.
Yo me quedé en la cama. Quieto. Confundido. Con la cara de quien ha visto caer un imperio. La situación era compleja, porque mi cuerpo seguía celebrando un evento que mi vida acababa de cancelar. Era como tener fuegos artificiales en medio de un funeral. La mente decía: «esto se acabó». El cuerpo respondía: «¿seguro?».
Corina estaba furiosa. Yo no sabía si pedir disculpas, explicaciones, una indemnización o el acta de propiedad que acreditaba mi nueva condición de «su hombre». Porque insisto: nunca habíamos tenido nada. Ni antes, ni durante, ni después. Nada. Cero. Una amistad con un brote psicótico de posesión en el minuto más inoportuno de la temporada.
Aquella noche no hubo trío. Hubo casi trío. Que es una categoría mucho más cruel. El casi trío es peor que el no trío. El no trío es una vida normal. El casi trío es una burla del universo. Es como si la vida te acercara una copa de champaña, te dejara olerla, te mojara apenas los labios y luego te dijera: «No, no, esto era para otro departamento».
Me dormí no sé cómo. Supongo que con el orgullo doblado en una silla, como la ropa. Al día siguiente, todo fue raro. Ella actuaba entre arrepentida y ofendida, una combinación muy universitaria. Yo actuaba como un hombre maduro, es decir, fingía que no me importaba mientras por dentro un grupo de obreros recogía los escombros de mi ego.
Nunca volvimos a hablar seriamente de aquello. Porque hay conversaciones que no conviene abrir si no tienes casco. Con el tiempo, la vida siguió. Pasaron años. Uno crece, trabaja, paga facturas, aprende a hacer mercado, cambia pañales, se preocupa por cosas absurdas como el seguro del coche, el colegio, la nevera, el dentista, las claves del banco y la humedad en las paredes.
También, hay que decirlo, la vida fue generosa después. Digamos que aquella deuda juvenil quedó cobrada con intereses, recargos y alguna comisión administrativa. Pero esa noche sigue ahí. No como trauma. Como monumento. Una estatua pequeña, ridícula y alcohólica en medio de mi etapa universitaria.
El día en que casi fui leyenda.
