La confesión de mi amigo Enzo

En el hotel donde trabaja mi amigo Enzo hay dos preguntas que se repiten con bastante frecuencia: a qué hora sirven el desayuno y dónde se pueden conseguir putas. La segunda, curiosamente, nunca la hacen los hombres que llegan acompañados de sus esposas. Enzo es argentino, mendocino, recepcionista de un hotel bastante bonito, cinco estrellas, de esos que todavía conservan cierto ambiente familiar y donde coinciden parejas de vacaciones, familias con niños y viajeros de negocios que llegan con una maleta pequeña, un ordenador portátil y la agenda llena de reuniones. Comerciales que venden maquinaria industrial, representantes de laboratorios farmacéuticos, consultores, técnicos que visitan clientes y otros profesionales que pasan buena parte del año durmiendo en camas que no son las suyas. Algunos llegan agotados y lo único que quieren es una ducha y dormir.

Otros, por lo visto, tienen bastante más energía.

Con Enzo quedo de vez en cuando para tomar unos mates. Me gusta el mate desde mucho antes de conocerlo. He conocido suficientes argentinos en mi vida como para haber desarrollado cierta dependencia de la yerba, el asado y el fernet con Coca-Cola. Mi primer fernet, de hecho, lo tomé durante una escapada a Burgos, donde conocí a un argentino que trabajaba como taxista en Barcelona. No recuerdo muy bien cómo terminamos bebiendo juntos, pero sí recuerdo que aquella cosa amarga me pareció espantosa durante los primeros tragos. Después le agarré el gusto. Con el asado no tuve ese problema. Soy carnívoro, bastante carnívoro, y jamás he necesitado demasiados argumentos para sentarme delante de una parrilla, especialmente si hay cerveza.

Enzo y yo no nos vemos todas las semanas, pero cuando coincidimos solemos pasar un buen rato. Hablamos de nuestras cosas, nos reímos, discutimos alguna tontería y, de vez en cuando, me cuenta historias del hotel. Trabajar en recepción debe de ser una manera extraordinaria de perder la fe en la humanidad sin necesidad de leer las noticias. Una de sus mayores molestias son los hombres que viajan por trabajo y, apenas se quedan solos, empiezan a comportarse como si hubieran recibido una autorización temporal para hacer lo que les dé la gana. No todos, naturalmente, pero sí los suficientes para que Enzo haya perdido la paciencia.

—Che, ¿sabés cuántos tipos me preguntan si conozco alguna chica?

—¿Qué clase de chica?

—¡Putas, boludo! ¡Quieren putas!

Me río, aunque él no parece encontrarle demasiada gracia. Dice que algunos comienzan con cierta elegancia, preguntando si hay chicas disponibles, como si estuvieran consultando por una excursión o un servicio de alquiler de bicicletas. Otros van directamente al asunto. Quieren una mujer, preferiblemente guapa, que vaya a su habitación y que no les haga demasiadas preguntas. Todo muy discreto, por supuesto.

Imagino a sus esposas en casa, preparando la cena, preguntándose si sus maridos habrán llegado bien, mientras ellos intentan convencer al recepcionista de un hotel de que les facilite un polvo. Hay matrimonios que tienen problemas de comunicación, pero estos parecen haber encontrado una solución bastante peculiar: comunicarse con otras mujeres, pagando. Enzo siempre responde lo mismo. Que no conoce a nadie, que no tiene números de teléfono, que no puede ayudarlos. Algunos insisten, otros le ofrecen dinero por conseguirles una chica y unos cuantos terminan marchándose a buscarlas por su cuenta.

Lo curioso es que Enzo no es precisamente un moralista.

No anda fiscalizando la vida sexual de nadie ni preguntando a sus huéspedes por el estado de sus matrimonios. Simplemente le molesta que lo confundan con un intermediario de prostitución. Él trabaja en un hotel, recibe huéspedes, entrega llaves y resuelve problemas. Bastante tiene con eso.

Además, Enzo está enamorado.

Su chica se llama Giulia. Llevan tiempo juntos y, por lo que he podido ver, se quieren muchísimo. Los he visto compartir esas pequeñas complicidades que tienen algunas parejas cuando están a gusto, bromear, tocarse sin darse cuenta, mirarse mientras el otro habla. Me encanta verlos juntos. Siempre he pensado que hacen una pareja estupenda. Enzo habla de ella con cariño. No es de los que necesitan presumir de novia, pero cuando Giulia aparece en una conversación se le nota que está feliz con ella. Y aunque nadie puede poner la mano en el fuego por nadie, estoy bastante seguro de que no se imagina acostándose con otra mujer a sus espaldas. Por eso, cuando quedamos el otro día para tomar unos mates, me sorprendió encontrarlo tan apagado. Enzo suele ser un tipo alegre, conversador, comunicativo. Él tiene esa capacidad argentina de convertir cualquier asunto en una conversación de cuarenta minutos.

Esta vez apenas hablaba.

Preparaba el mate, me lo pasaba, escuchaba lo que yo decía y volvía a mirar hacia ninguna parte. Le pregunté si estaba cansado, si había dormido mal, si le pasaba algo con el trabajo.

—Estoy hecho mierda, Jacinto.

No me lo dijo con rabia.

Ni siquiera parecía tener ganas de desahogarse.

Tenía esa expresión de quien lleva demasiadas horas intentando entender algo y no consigue encontrarle sentido.

Entonces, Le pregunté qué había pasado.

Me contestó que había estado trabajando en el turno de noche. Cerca de las once, uno de esos viajeros de negocios, un hombre de mediana edad que llevaba un par de días alojado en el hotel, se acercó a recepción. Hablaron primero de alguna tontería y después el hombre bajó un poco la voz.

—Oye, ¿tú conoces alguna chica por aquí?

Enzo ya sabía por dónde iban los tiros.

—No, señor. No conozco a nadie.

—Vamos, hombre, alguna habrá. Una chica de compañía, ya me entiendes.

—Ya, pero no conozco ninguna.

El hombre insistió un poco más.

Quería algo discreto, no le importaba pagar bien y parecía convencido de que todo recepcionista debía disponer de una agenda secreta con teléfonos de prostitutas, restaurantes que sirven comida después de medianoche y aparcamientos gratuitos. Enzo volvió a decirle que no podía ayudarlo. Finalmente, el tipo se marchó, diciendo que ya buscaría algo por Internet.

Hasta ahí, una noche cualquiera.

Enzo siguió trabajando.

Atendió a un huésped que llegó tarde, revisó unas reservas, hizo las tareas habituales de recepción y pasó buena parte de la madrugada consumiendo esos divertidos videos de Instagram. A esas horas, en un hotel tranquilo, los minutos deben de durar bastante más de sesenta segundos. Por eso, entrar en Instagram, debe ser una de las maneras más efectivas de hacer que el tiempo pase más rápidamente.

Cerca de las tres de la mañana, cuatro horas después de aquella conversación, las puertas automáticas de la entrada volvieron a abrirse.

Era el mismo hombre.

Pero esta vez no venía solo.

Lo acompañaba una mujer. Iban bastante juntos, él con una mano alrededor de su cintura y ella caminando con cierta dificultad. Había bebido, eso resultaba evidente. Se reía por algo que el hombre le estaba diciendo y de vez en cuando bajaba la mirada, pendiente de sus pasos. Parecía no tener demasiado claro dónde estaba. El huésped saludó a Enzo al pasar por recepción. Llevaba esa sonrisa satisfecha de quien acaba de resolver un problema que, por alguna razón, consideraba urgente.

—Al final encontré lo que buscaba —le dijo.

Enzo apenas respondió.

Me contó que primero reconoció a la mujer de lejos. O, mejor dicho, creyó reconocerla. Hay personas a las que uno identifica por su manera de caminar, por cómo mueven las manos o por un gesto que han repetido mil veces delante de nosotros. No hace falta verles bien la cara. La detalló mientras se acercaban al ascensor. La mujer seguía riéndose, ligeramente borracha, sin prestar atención a la recepción. El hombre llevaba la tarjeta de su habitación en la mano.

Enzo se quedó inmóvil detrás del mostrador.

Quiso convencerse de que se estaba confundiendo, de que era otra mujer, alguien que se parecía muchísimo a quien él creía haber visto. A las tres de la mañana, después de varias horas trabajando, cualquiera puede equivocarse. Pero entonces ella levantó la cabeza para apartarse el pelo de la cara y él pudo verla perfectamente.

No había ninguna confusión.

El hombre pulsó el botón del ascensor y continuó hablando con su acompañante. Ella se apoyó un momento contra la pared. Cuando se abrieron las puertas, entraron los dos. La mujer no miró hacia recepción ni una sola vez.

—¿Y qué hiciste? —le pregunté.

—Nada, boludo. ¿Qué iba a hacer? Me quedé ahí, parado.

Enzo bajó la mirada.

Tenía el mate entre las manos, pero llevaba un buen rato sin beber. Yo tampoco sabía muy bien qué decirle. Me parecía evidente que aquello había sido una experiencia desagradable, aunque todavía no entendía por qué le había afectado tanto.

—Pero ¿la conocías? —le pregunté.

Se quedó callado unos segundos.

—Sí.

—¿Quién era?

Enzo dejó el mate sobre la mesa, se frotó la cara con ambas manos y me miró.

—Giulia, Jacinto. Era Giulia.

No dije nada.

—Mi Giulia, boludo.

Durante años, Enzo había respondido a cientos de huéspedes que no conocía a ninguna puta.

Resulta que sí.

Y dormía con ella todas las noches.

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