Esta mañana alguien me pidió ocho días.
Ocho días no parecen gran cosa. He perdido más tiempo intentando recordar dónde dejé las gafas mientras las llevaba puestas. También he invertido cantidades importantes de mi vida esperando a gente que decía «estoy llegando» cuando, por la precisión del cálculo, sospecho que todavía estaba eligiendo qué pantalón ponerse. El problema de estos ocho días era que venían después de casi tres semanas, varios correos, una fecha límite y cuatro días adicionales que yo ya había regalado porque, a veces, uno confunde ser buena gente con montar una ONG.
Hace unas semanas terminó mi relación profesional con un cliente con el que llevaba algún tiempo trabajando. Nada traumático. Ellos seguirían con otro equipo de marketing y yo haría la transición. Entregar accesos, archivos, información, mover el sitio web y desearnos mutuamente suerte en nuestras nuevas vidas. Una separación adulta, sin abogados, sin custodia compartida de Google Analytics y sin discutir quién se quedaba con las contraseñas.
Les escribí explicando todo el proceso con bastante antelación. Había una fecha: 3 de octubre. Hasta ese día mantendría la web alojada en mi hosting para que el nuevo equipo tuviera tiempo de trasladarla. Me parecía suficiente. De hecho, me parecía bastante. Tres semanas para hacerlo todo era, incluso, exagerado. Pasaron los días y no tuve respuesta. Mandé otro correo. Tampoco. Llegó el 3 de octubre y la web seguía exactamente donde estaba.
Entonces hice lo que hacemos muchas personas cuando queremos evitar un problema que, técnicamente, ya no es nuestro problema: concedí más tiempo.
Hasta el 7.
Por cortesía.
Hay una expresión peligrosísima en el mundo profesional: «por cortesía». Significa que vas a hacer gratuitamente algo que normalmente cuesta dinero y que, además, existe una posibilidad bastante alta de que dentro de unos días nadie recuerde que aquello fue una cortesía. Las cortesías tienen una capacidad asombrosa para convertirse en derechos adquiridos. Le dejas una vez tu plaza de garaje al vecino y a la tercera semana empieza a molestarse porque has aparcado tu coche.
Llegó el 7 de octubre.
Es decir, hoy.
La web seguía allí.
Esta vez escribí también por WhatsApp. Expliqué que no podía mantener indefinidamente el alojamiento porque me generaba costes. Dije que llevábamos semanas intentando evitar precisamente que la web quedara fuera de línea durante el cambio de proveedor. Recordé las fechas. Intenté ser correcto, profesional y suficientemente amable como para que nadie pudiera interpretar aquello como una pataleta del proveedor despechado.
Poco después respondió alguien del nuevo equipo de marketing.
Estaban trabajando en la migración.
Necesitaban ocho días más.
Pero lo escribió hoy, 7 de octubre. No el 3, ni una semana antes de la fecha límite. Lo escribió hoy, el último día del período de cortesía. Miré el mensaje y pensé una frase que no sé exactamente de dónde salió, pero que desde entonces me parece aplicable a aproximadamente el setenta por ciento de la vida adulta: «Ya bastante bonito está el sainete».
Porque el verdadero problema nunca fueron los ocho días. El problema era la facilidad con la que los ocho días de otra persona podían convertirse en ocho días míos. Creo que esto nos pasa más de lo que reconocemos. Alguien llega media hora tarde y tú eres quien espera. Alguien no responde un correo durante una semana y, cuando finalmente lo hace, necesita una respuesta tuya «lo antes posible». Alguien te pide un favor que tardará cinco minutos y cuarenta minutos después estás buscando en Google algo que ni siquiera sabías que existía. Tú organizas tu agenda para cumplir una fecha y basta con que otra persona no organice la suya para que tengas que reorganizar la tuya otra vez.
Lo curioso es que casi nunca ocurre con mala intención. Ese es quizá el motivo por el que funciona tan bien. Nadie se levanta pensando: hoy voy a administrar el tiempo de Jacinto sin consultarle. La gente simplemente tiene sus propios incendios, sus retrasos, sus prioridades, sus hijos, sus jefes, sus coches averiados y probablemente sus propios sitios web que debieron migrar hace cuatro días. Y, cuando uno está atrapado en su pequeño desastre, ocho días ajenos parecen una cosa perfectamente razonable.
También sería bastante hipócrita escribir esto como si yo hubiese nacido en Suiza con un reloj pegado al culo. He llegado tarde. He dejado mensajes sin responder. He pronunciado «te lo mando esta tarde» con una alegría completamente incompatible con mis posibilidades reales de mandarlo esa tarde. Alguna vez mi urgencia también habrá terminado viviendo en la agenda de otra persona.
Tal vez por eso durante mucho tiempo fui muy tolerante con estas cosas.
Entendía.
Siempre entendía.
«No pasa nada».
«Tranquilo».
«Cuando puedas».
«Te doy unos días más».
Son frases bonitas. Civilizadas. Ayudan a que la vida no termine pareciéndose al grupo de WhatsApp de los papis del cole a las once de la noche: treinta mensajes para decidir quién tenía que llevar una cartulina. El problema aparece cuando decir «no pasa nada» demasiadas veces acaba provocando exactamente lo contrario: empiezan a pasar cosas. Porque tu tiempo también cuesta. Aunque no estés haciendo nada espectacular con él. Incluso aunque lo único que fueras a hacer aquella tarde fuese sentarte en el sofá a ver un episodio de Gran Hermano o La Islas de Las Tentaciones mientras mirabas el teléfono cada doce minutos, seguía siendo tu tarde. No hace falta estar operando a corazón abierto para justificar que alguien respete tu horario.
En mi caso, mantener aquella web ocho días más implicaba dinero. Hosting, recursos, infraestructura. Hay gente que gestiona estas cosas y, hacer que las gestiones dentro de unos días significaba que tenía que pagarle. Podía entregar los archivos, cerrar el alojamiento y considerar terminado el asunto. Estaría en mi derecho. El sitio web probablemente quedaría offline durante un tiempo, pero ya no sería responsabilidad mía.
No lo hice y no lo haré.
No porque crea que el cliente tenga derecho a quedarse gratis ocho días más, sino porque habíamos tenido una buena relación durante algún tiempo y no quería que una transición mal coordinada terminara con su sitio web caído. Me parecía innecesario. Hay una diferencia entre poner límites y convertirse en un imbécil, aunque algunas personas descubran esa diferencia bastante tarde.
Así que respondí que sí.
Podíamos mantenerla ocho días.
Pero esta vez añadí una frase que durante años me habría costado bastante más escribir: «mantenerla activa nos genera costes, por lo que esta nueva extensión no podemos asumirla como cortesía».
Y ya.
Sin enfadarme.
O sí, un poco.
Pero lo hice sin escribir catorce párrafos sobre el respeto, la responsabilidad y la importancia de honrar los compromisos. Sin mandar una captura del calendario con círculos rojos. Sin explicarles que el 3 viene antes que el 7 y el 7 bastante antes que el 15. Solo había ocurrido una cosa muy sencilla: se acabaron los días gratis.
No sé todavía cómo terminará la historia. Probablemente pagarán, harán la migración y dentro de unas semanas nadie recordará todo esto. También puede que mañana aparezca otro mensaje pidiendo alguna contraseña que envié hace quince días o explicando que necesitan «solo un par de días adicionales».
Puede pasar.
Pero tendrán coste.
Porque ser flexible está bien. Ser comprensivo también. Y ayudar a alguien para que un problema pequeño no se convierta en uno grande me sigue pareciendo una forma bastante decente de vivir.
Ahora bien, una cosa es echar una mano.
Otra muy distinta es que encima te cobren alquiler por tenerla extendida.
Ya bastante bonito está el sainete.






