Durante muchos años tuve una carrera musical que nunca existió. Yo tenía actuaciones semanales, repertorio fijo, público habitual, enemigos artísticos, canciones prohibidas, noches memorables y hasta una especie de club de fans compuesto por tres camareras, dos divorciadas y un señor octogenario que aplaudía cualquier cosa siempre que uno cantara sentado, porque él consideraba que cantar de pie era una falta de humildad.
Mi carrera musical, por supuesto, ocurría dentro de un karaoke.
El mismo karaoke.
Todos los jueves.
Durante años.
Uno empieza yendo a un karaoke por casualidad, como empiezan casi todas las adicciones bonitas. Un amigo te invita, tú dices que no, luego dices que sí porque tampoco tienes mejor plan, entras fingiendo que solo vas a mirar, bebes algo para desentumecer la vergüenza y, cuando vienes a darte cuenta, ya estás cantando una canción de Ricardo Arjona con la mano en el pecho como si acabaras de sobrevivir a tres guerras civiles y a una declaración trimestral como autónomo en España.
La primera vez que canté allí lo hice con miedo. La segunda, con ganas. La tercera, con una confianza que no estaba justificada por los hechos. La cuarta, ya saludé a uno de los camareros por su nombre. La quinta pregunté si el micrófono de la derecha sonaba mejor que el de la izquierda. La sexta ya me pareció ofensivo que alguien cantara antes que yo una canción que, en mi cabeza, empezaba a ser mía. Así empieza la decadencia del hombre occidental: creyendo que «Historia de taxi» le pertenece porque la ha cantado tres jueves seguidos en un bar con luces moradas.
Yo no canto mal. Ese ha sido siempre mi problema.
Si cantara mal, la vida sería más sencilla. Iría al karaoke, haría el ridículo, me reiría, abrazaría mi mediocridad y volvería a casa sin mayores consecuencias. Si cantara espectacularmente bien, quizá habría intentado algo más serio, aunque fuera grabarme un vídeo con luz tenue y subirlo a Instagram con una frase insoportable tipo «la música sana lo que las palabras no alcanzan». Pero no. Yo canto en esa zona peligrosa donde la gente te aplaude con sinceridad, pero nadie te dice: «Deberías dedicarte a esto». Canto lo suficientemente bien como para alimentar mi ego y lo suficientemente normal como para no poder hacer nada útil con ese ego.
Es una maldición muy específica.
Una maldición de karaoke.
Con los años empecé a comportarme como si tuviera una carrera. Tenía canciones de apertura, canciones para levantar la noche, canciones para cuando el público estaba frío, canciones para cuando había mujeres guapas, canciones para cuando había turistas, canciones para cuando quería hacerme el profundo y canciones para cuando ya no quedaba nada que perder. Uno no puede cantar a Arjona a las nueve y media de la noche como quien pide una hamburguesa. Arjona requiere cierto deterioro moral del ambiente. Requiere que la cerveza haya empezado a trabajar. Requiere que alguien en una mesa esté recordando a una persona que no debería recordar. Requiere, sobre todo, que el cantante crea que ha entendido algo de la vida, aunque lo más complejo que haya hecho ese día sea planchar su camisa de botones.
Yo tenía mi método.
Llegaba, saludaba, pedía lo de siempre y fingía que no tenía prisa por cantar. Esa parte era importante. Uno no puede parecer desesperado por el micrófono, aunque por dentro esté calculando cuántas personas hay apuntadas antes. Me sentaba con aire relajado, observaba el local, hacía algún comentario suelto y miraba la pantalla de turnos con disimulo. Pero la miraba. Claro que la miraba. La miraba con la ansiedad de quien sabe que todavía faltan seis personas antes de su canción y una de ellas acaba de pedir Bohemian Rhapsody.
—Hoy hay mucha gente —decía alguien.
—Sí, se va a poner bien —respondía yo, fingiendo alegría.
Por dentro pensaba: perfecto, más testigos para mi grandeza.
O peor: más obstáculos entre el escenario y yo.
Porque el karaoke, cuando uno lleva demasiado tiempo asistiendo, deja de ser ocio y se convierte en territorio. Allí hay jerarquías invisibles. Está el que canta siempre rancheras y nadie se atreve a interrumpir porque parece que podría sacar una pistola emocional. Está la chica que canta baladas de los noventa y desafina, pero con tanta honestidad que uno termina aplaudiéndola por valentía. Está el grupo de amigas que se sube en manada, grita más que canta y convierte cualquier canción en una despedida de soltera aunque ninguna se case. Está el turista borracho que elige canciones que nadie conoce. Y luego estamos los habituales. Los enfermos. Los que conocemos el catálogo. Los que sabemos qué canciones están mal subtituladas. Los que hemos dicho alguna vez, sin vergüenza suficiente, «esa versión está en otro tono».
Yo lo dije.
Varias veces.
Y no me enorgullece.
También desarrollé enemigos, como todo artista incomprendido. Mi mayor rival se llamaba Roberto, aunque nunca fuimos rivales oficialmente porque él probablemente no sabía que competíamos. Ese detalle, lejos de restarle importancia al conflicto, lo hacía más humillante. Roberto cantaba demasiado bien. Tenía una voz limpia, potente, de esas voces que no parecen salir de un hombre que trabaja ocho horas, paga recibos y seguramente compra yogures en promoción. Cuando Roberto cantaba, el local se callaba. Pero se callaba de verdad. No ese silencio educado que se le concede al que está luchando con una canción complicada. No. Era silencio de respeto. De «coño, este tipo sabe lo que hace».
Yo lo odiaba con una cordialidad admirable.
Lo saludaba, le sonreía, aplaudía sus canciones y por dentro le deseaba pequeños fracasos técnicos. Que se le acabara la pila al micrófono. Que la pantalla se congelara. Que entrara una llamada de su madre justo en el estribillo. Nada grave. Yo tampoco soy un monstruo. Solo quería que bajara un poco a la tierra y nos dejara a los demás respirar en nuestra mediocridad bien decorada.
Una noche cantó «Un beso y una flor» y aquello fue ofensivo. No porque la cantara mal, sino porque la cantó demasiado bien. Hubo una señora que se llevó la mano al pecho. Un chico grabó con el móvil. La camarera dejó de limpiar una mesa.
Aquella noche volví a casa decidido a reinventarme. Los grandes artistas se reinventan, pensé. Madonna se reinventó. Bowie se reinventó. Alejandro Sanz pasó de camisas abiertas a parecer profesor de yoga con problemas fiscales. Todos evolucionan. Yo también debía hacerlo. Abrí YouTube, busqué canciones nuevas, hice una lista, me imaginé sorprendiendo al público con un repertorio renovado y me dormí con una convicción preciosa.
Al jueves siguiente canté lo mismo de siempre.
Porque una cosa es reinventarse y otra muy distinta ponerse en peligro.
Ese karaoke era mi lugar seguro. Y eso lo entendí tarde. Durante mucho tiempo creí que iba porque me gustaba cantar, y sí, me gustaba, claro que me gustaba. Me gusta cantar desde siempre. Me gusta esa sensación absurda de prestarle mi cuerpo a una canción escrita por otro y fingir que el dolor me pertenece. Me gusta cerrar los ojos en el momento exacto, levantar un poco la mano, respirar antes del estribillo, hacer ese gesto ridículo de cantante que señala al infinito como si el infinito estuviera entre la barra y los baños. Pero no iba solo por eso.
Iba porque allí era alguien.
No alguien importante, tampoco nos vengamos arriba, pero sí alguien reconocible. En la calle yo era un hombre más. Un tipo caminando con sus cosas, sus facturas, sus contradicciones, sus historias sin terminar, sus mensajes sin responder, su cansancio de adulto funcional a medias. Pero los jueves por la noche, en aquel local, había una pequeña versión de mí que brillaba. Una versión que sabía cuándo entrar, cuándo pausar, cuándo mirar al público, cuándo bromear antes de cantar y cuándo fingir que no le importaba el aplauso.
Mentira.
Me importaba muchísimo.
El aplauso de karaoke es una droga barata. No te cambia la vida, pero te arregla una noche. Y a veces una noche arreglada es más de lo que uno puede pedir.
Después de cantar, la gente se acercaba.
—Muy buena.
—Gracias.
—Esa te queda perfecta.
—Bueno, hago lo que puedo.
Mentira otra vez.
Yo no hacía lo que podía.
Yo hacía lo que había ensayado mentalmente durante años mientras caminaba por la calle, mientras me duchaba, mientras fregaba un vaso, mientras imaginaba que algún día alguien me escucharía cantar y diría: «Qué raro que este hombre no sea famoso».
Ese alguien nunca llegó.
Pero llegaron otros.
Llegó la camarera que me guardaba el turno. Llegó una señora que una vez me dijo que yo cantaba «con sentimiento», que es la forma educada de decir que uno no tiene técnica, pero al menos parece herido. Llegaron desconocidos que me aplaudieron sin saber mi nombre. Llegaron noches en las que volví a casa contento sin que hubiera pasado nada extraordinario. Y eso, visto con cierta distancia, ya era bastante extraordinario.
Entonces cerraron el karaoke.
—El jueves que viene cerramos —dijo el dueño.
Yo pensé que había oído mal.
Cerrar.
Esa palabra tan vulgar.
La gente reaccionó con pena. Yo reaccioné como si me hubieran cancelado una gira internacional. Durante unos segundos tuve la tentación de preguntar por qué, exigir explicaciones, pedir una reunión con los inversores, convocar una rueda de prensa. Pero no hice nada. Bebí un sorbo de cerveza y asentí con una dignidad absurda, como los hombres que no saben dónde poner el dolor porque el dolor les queda grande para el motivo.
El último jueves fue una especie de funeral con micrófonos.
Cantamos todos. Cantaron los buenos, los malos, los valientes, los borrachos, los habituales, los espontáneos, los que sabían la letra y los que la perseguían en la pantalla como quien corre detrás de una guagua. Roberto cantó, por supuesto. Muy bien, por supuesto. Yo intenté no odiarlo esa noche porque hasta los enemigos merecen tregua en los velorios.
Cuando llegó mi turno, subí con una emoción ridícula. Miré el local. Las luces, las mesas, la barra, la pantalla, la esquina donde tantas veces había juzgado actuaciones ajenas con una autoridad que nadie me había concedido. Pensé en todas las veces que había cantado allí creyendo que cantaba una canción, cuando en realidad estaba ensayando una identidad. Uno no va al karaoke para ser cantante. Va para probarse otra vida durante tres minutos y medio.
Canté una de las mías.
No diré cuál para no darle demasiada información a mis futuros enemigos.
La canté bien. No espectacular. No inolvidable. Bien. Como siempre. Como un hombre que sabe que está despidiéndose de algo que jamás podrá explicar sin parecer un imbécil. Al terminar, aplaudieron. Aplaudieron de verdad. Yo sonreí, hice una pequeña reverencia irónica y bajé del escenario con la garganta cerrada.
No lloré.
Porque hay lágrimas que uno se guarda para problemas más respetables.
Pero me dolió.
Después vino mi peregrinación por otros karaokes. Y ahí descubrí que uno no extraña un lugar: extraña quién era dentro de ese lugar. Probé un karaoke donde nadie escuchaba a nadie. La gente hablaba, gritaba, pedía copas, se reía, miraba el móvil. Probé otro donde todos cantaban demasiado bien. Aquello parecía un casting encubierto. Había armonías. Había segundas voces. Había una chica que hizo un vibrato tan perfecto que me dieron ganas de pedirle perdón a la música por todos mis jueves anteriores.
En todos ellos me sentí fuera de lugar. Peor: me sentí normal. Y no hay nada más triste para un hombre que ha sido famoso en un bar que descubrir que en otro bar no significa absolutamente nada.
Así que tiré la toalla.
Me resigné.
Durante años tuve un lugar donde podía ser otro sin dejar de ser yo. Un lugar donde tres minutos de canción alcanzaban para sentirse un poco menos común.
Eso no es poca cosa.
Hay gente que paga terapia.
Otros corren maratones.
Yo cantaba los jueves.
Ahora soy un cantante de karaoke retirado. Pero cada vez que suena una canción de esas que uno ha cantado demasiadas veces para seguir fingiendo indiferencia, algo dentro de mí se pone de pie, pide el micrófono y saluda a un público imaginario.
Porque uno puede retirarse de un karaoke.
Lo difícil es convencer al ego de que también se baje del escenario.
