Ser venezolano y amar el Mundial es una forma bastante tierna de la orfandad deportiva. Hay países que llegan al Mundial con himno, camiseta, entrenador cuestionado, delantero lesionado y una ilusión nacional lista para ser destruida en octavos. Nosotros no. Nosotros llegamos al Mundial como a una boda sin invitación, pero vestido de gala y opinando sobre el menú. Venezuela nunca ha jugado un Mundial, así que desde pequeño aprendí una de las grandes habilidades de supervivencia emocional del venezolano futbolero: alquilar selecciones ajenas.
Uno empieza apoyando por cercanía geográfica. Argentina, Brasil, Colombia, Uruguay, Paraguay, Ecuador, el que esté vivo. Después el asunto se complica. En algún momento uno se vuelve de un jugador, de una camiseta, de una forma de jugar, de una tragedia pendiente o de una simpatía inexplicable por Portugal que probablemente venga de algún bisabuelo perdido en mi ADN o de una panadería que vendía buen pan de jamón. No lo sé. La identidad futbolística del venezolano mundialista es así: un contrato temporal, renovable cada cuatro años, sin cláusula de permanencia y con derecho a llorar por países que no saben que existimos.
El primer Mundial que recuerdo fue Italia 90. Digo que lo recuerdo para no admitir que, en realidad, solo tengo una escena borrosa y una frase incriminatoria. Estaban viendo la final en casa y yo dije, con la irresponsabilidad política de un niño de siete años:
—Le voy a Alemania.
Pido, desde ya, clemencia histórica. No me juzguen. Tenía siete años. A esa edad uno todavía cree que la ensalada rusa viene de Rusia, que los adultos saben lo que hacen y que apoyar a Alemania contra Argentina no tendrá consecuencias morales treinta años después. Yo no sabía nada de fútbol. Lo único que sabía era que prefería quedarme viendo un partido en casa antes que ir al cine, lo cual ya decía bastante de mí. Mientras otros niños elegían películas, yo elegía noventa minutos de señores sudando y un comentarista gritando apellidos europeos. Era una señal temprana. Preocupante, pero temprana.
En Estados Unidos 94 ya tenía once años y la situación había escalado. Ya sabía quién era Maradona. También sabía, como podía saberlo un niño, que su vida venía con más problemas que un autónomo español el último día del trimestre. Pero Maradona era Maradona. Había tipos que jugaban fútbol y luego estaba él, que parecía discutir con la gravedad, con los rivales, con la FIFA, con Dios y con sus propios demonios en la misma jugada. Argentina me interesaba. Brasil también. Colombia estaba ahí, con aquel equipo maravilloso y luego con la tragedia brutal de Andrés Escobar, una de esas cosas que uno entiende tarde y mal, porque de niño el horror todavía viene sin subtítulos.
Argentina se hundió y yo terminé siguiendo a Brasil en la final contra Italia. Ganó Brasil. Romario, Bebeto, Taffarel, los penales, Baggio mandando la pelota a una zona del cielo que todavía deben estar buscando. Yo no sabía que estaba aprendiendo una lección básica del Mundial: siempre hay alguien llorando en una esquina, incluso cuando gana.
Francia 98 me agarró en secundaria, recién mudados a otra zona de Barquisimeto, después de vivir muchos años en un barrio pintoresco, que es una forma discreta de decir que la vida tenía más personajes que una novela rusa con mototaxis. Estábamos reorganizándonos. Otra casa, otras calles, otros vecinos, otra manera de fingir que todo estaba bajo control. Yo tenía hasta novia, la primera, lo cual demuestra que durante una época fui un adolescente funcional o al menos un adolescente con buena prensa.
Brasil y Argentina seguían siendo mis selecciones adoptivas. Me dolió la derrota de Brasil en la final, porque aquel equipo parecía destinado a algo grande y terminó atropellado por Francia, Zidane y una tarde rarísima de Ronaldo. Yo veía aquello sin saber que un año después, apenas al cumplir diecisiete, tendría mi propia empresa de páginas web. Uno a los dieciséis cree que está viendo fútbol. Mentira. Está calentando motores para cometer imprudencias empresariales antes de tener barba completa.
Corea-Japón 2002 fue el Mundial de la madrugada y de la irresponsabilidad académica. Yo ya estaba en la universidad estudiando Comunicación Social, convencido de que había nacido para ser periodista deportivo y no para escribir ensayos sobre temas que no incluyeran goles, crisis tácticas o declaraciones de técnicos molestos. Vi tantos partidos a horas indecentes que reprobé una materia. Una. Pero esa materia me persiguió durante años con la constancia de una ex dolida y un funcionario tributario.
Mis profesores querían que hablara de sociedad, cultura, política, grandes conflictos humanos. Yo hacía todos los trabajos sobre deporte. Para mí, el deporte ya contenía todo eso, pero con mejores camisetas. En ese Mundial Argentina, que ya me interesaba más, se fue en fase de grupos y me dejó mirando al vacío como si me hubieran estafado en dólares. Brasil, en cambio, resucitó. Recuerdo ir con mi papá a una plaza en Barquisimeto donde pusieron una pantalla gigante para ver la final. Ronaldo, el verdadero Ronaldo, el del peinado criminal, metió dos goles y Brasil fue campeón. Yo estaba ahí, con mi papá, viendo cómo se cerraba una historia de redención mientras a mí se me abría otra: la del estudiante rebelde que quería convertir el fútbol en oficio.
También apareció Portugal en mi radar. No sé explicar por qué. Hay selecciones que uno adopta sin demasiada lógica, como quien se enamora de alguien porque pronuncia bonito una palabra absurda. Portugal me cayó bien. Quizá porque mi ADN dice que algo de eso hay en mí. Quizá porque siempre he tenido debilidad por los equipos que prometen más drama del necesario.
Alemania 2006 fue doloroso. Yo estaba en prácticas universitarias, creyéndome adulto porque ya usaba horarios, credenciales y preocupaciones de gente seria. Argentina tenía un equipazo y quedó fuera contra Alemania en penales. Otra vez Alemania. Ese país ha tenido demasiada presencia en mis traumas futbolísticos para no sospechar de él. Fue el debut mundialista de Messi, y yo, que ya era del Barcelona desde temprano, lo miraba con la ilusión de quien sabe que acaba de aparecer algo distinto. No un jugador bueno. Algo raro. Algo que, si la vida era justa, algún día tenía que levantar una Copa.
La vida, por supuesto, no estaba muy interesada en parecer justa.
Italia ganó ese Mundial y después empezó una decadencia tan italiana que solo faltaba un violinista llorando en la Fontana di Trevi. En paralelo, con amigos y colegas, ya había empezado nuestra quiniela, nacida en la Euro 2004, esa institución privada que hemos tratado con más seriedad que algunos ministerios. Poco después entré a trabajar como jefe de prensa de una organización deportiva importante en Venezuela. Me fui porque no me pagaron. Ahí aprendí otra gran verdad: el deporte emociona, pero las facturas no se pagan con épica.
Sudáfrica 2010 fue quizá el primer Mundial que viví con mayor conciencia. Ya era periodista deportivo. Estaba en redacción, rodeado de pantallas, cierres, discusiones, datos, cafés, titulares y esa sensación maravillosa de que el fútbol no era una distracción sino parte del trabajo. Al fin podía decir «estoy viendo el partido por razones profesionales» sin que sonara completamente falso.
Cuando no estaba en el periódico, estaba con amigos, cervezas y opiniones que empeoraban con cada ronda. España ganó ese Mundial. Y eso, para mí, fue raro. Yo era fanático del Barcelona, sí, y aquella España era prácticamente el Barça con uniforme nacional, pero España me parecía una selección comparsa. En los Mundiales anteriores siempre aparecía con promesas de grandeza y terminaba saliendo por la puerta de atrás con las tablas en la cabeza. Pero ese año lo logró. Iniesta marcó contra Holanda y España, por fin, dejó de ser el eterno «este año sí» de los Mundiales.
Brasil 2014 me agarró como adulto con experiencia en casi todo, que es otra forma de decir que ya había cometido suficientes errores como para hablar con autoridad en reuniones. Tenía una relación de años, estaba a punto de casarme y vivía mi último año en el periódico antes de emigrar. Tenía vida social, amigos, partidos fuera de casa, apuestas, discusiones, cervezas y esa sensación de estar en un mundo que todavía no sabía que se iba a romper.
Fue el Mundial del 7-1, de Brasil humillado en su propia casa, de Alemania funcionando como una máquina sin remordimientos y de Messi llevando a Argentina a una final que dolió como si yo hubiera nacido en Rosario. Yo quería verlo campeón. Lo quería con esa terquedad irracional que uno reserva para los genios que le han dado demasiadas alegrías privadas. Pero Argentina perdió contra Alemania y yo me quedé con el consuelo más absurdo y más glorioso posible: gané la quiniela.
Sí. No ganó Messi, pero gané yo. Destroné a uno de mis mejores amigos, un animal competitivo que había ganado tres de cinco. Ese tipo era el Brasil del 70 de nuestra quiniela. Y yo lo bajé del pedestal. No levanté la Copa del Mundo, pero en mi ecosistema de amigos fui campeón mundial, Balón de Oro, jeque qatarí y notario del destino. Hay glorias pequeñas que uno debe defender porque son las únicas que no prescribe Hacienda.
Rusia 2018 casi no lo recuerdo, lo cual es curioso porque ya vivía en España, tierra de fútbol, bares, camisetas y señores opinando con autoridad sobre laterales derechos desde las diez de la mañana. Pero mi vida personal era un derrumbe con WiFi. Me había divorciado, no tenía dinero y trabajaba por días donde podía. España, además, puede ser un país bastante arrogante con quienes llegan a buscar oportunidades.
Ese Mundial pasó, pero yo estaba jugando otro torneo: supervivencia. Fase de grupos: pagar alquiler. Octavos: conseguir trabajo. Cuartos: no hundirme. Semifinal: aparentar dignidad. Final: llegar a fin de mes sin vender un órgano.
Qatar 2022 fue otra cosa. Ya era padre. Ya me había separado de la madre de mi hijo. Ya había trabajado en una agencia de marketing que me sacó de la miseria, y ya me habían echado de esa misma agencia, porque la vida a veces te abre una puerta solo para darte con ella en la cara. Me enfermé siete meses. Cuando volví a trabajar, me despidieron. Con ese dinero me fui a Portugal a pensar qué carajo iba a hacer con mi vida, que es una frase muy bonita para decir que me largué a caminar por Oporto mirando partidos y fingiendo que tenía un plan.
Vi varios partidos allá. Luego vi la final en un bar de Canarias, con una camiseta de Boca Juniors, rodeado de franceses. Se pensaron que yo era argentino. Me empezaron a llegar tragos. Supongo que, para ellos, yo era una especie de embajada argentina con miopía caribeña.
Y Messi ganó.
Por fin.
No voy a fingir objetividad. Yo quería que Messi ganara ese Mundial como se quiere que la justicia llegue tarde pero llegue con flores. Había defendido demasiadas causas perdidas en la vida: trabajos mal pagados, relaciones imposibles, Venezuela clasificando algún día, mi estabilidad financiera, algunas versiones de mí mismo que debieron ser archivadas por orden judicial. Pero Messi levantó la Copa. Y por un rato, aunque yo no fuera argentino, aunque estuviera en Canarias, aunque llevara una camiseta de Boca, aunque media humanidad estuviera llorando en simultáneo, sentí que el fútbol había pagado una deuda.
Ahora llega 2026 y yo estoy en otra parte. Vivo en el mismo lugar desde hace cinco años y, por cábala, no pienso mudarme. Aquí vi a Messi ser campeón del mundo. Aquí empezó algo. Aquí se queda uno hasta que el universo se pronuncie o el casero suba demasiado el alquiler, que es otra forma de intervención divina.
Llego a este Mundial como autónomo, que es la manera profesional de decir que pago cuotas para poder estresarme con libertad. También llego como escritor, según yo, porque uno necesita cierto nivel de delirio para parir una novela y seguir creyendo que eso cuenta como plan de vida. Estoy escribiendo una nueva parte de mí, aunque dicho así suene demasiado bonito. Mejor decirlo como es: estoy intentando sacar una novela de mis entrañas sin que parezca una declaración trimestral con metáforas.
Además, dentro de unos días haré un viaje. Otro más. No diré que es por el Mundial, porque tampoco hace falta exagerar la locura. Pero en 2022 viajé y Messi ganó. Ahora hay Mundial otra vez y yo voy a moverme. Que cada quien saque sus conclusiones. A veces la cábala no se explica: se cumple, se respeta y se acompaña con una cerveza.
No sé quién ganará este Mundial. No sé qué selección voy a terminar apoyando cuando empiecen las eliminaciones, las traiciones y los penales. Pero cada cuatro años el Mundial aparece y me encuentra en otra versión. Porque uno vive demasiadas vidas entre un Mundial y otro, pero llega el Mundial, rueda una pelota y ahí está uno otra vez: ridículo, parcializado, contradictorio, feliz, dispuesto a sufrir por once tipos que no saben que existo.
Porque el fútbol será muchas cosas cuestionables, sí. Un negocio obsceno. Una iglesia administrada por señores con trajes caros. Una fábrica de decepciones con patrocinadores oficiales. Pero también es esto: cada cuatro años, durante un mes, me permite volver a ser ese niño que prefirió quedarse viendo un partido antes que ir al cine.
Y, honestamente, creo que ese niño tenía razón.
