Mi última noche en Hamburgo decidí hacer turismo sexual. Lo digo así, sin metáforas, sin adornos y sin hacerme el turista espiritual cuando lo que tenía era curiosidad y hambre. Decidí hacer turismo sexual porque uno, a veces, también viaja con el cuerpo alborotado. Y porque después de pasar horas rentando un patinete y recorriendo la ciudad de punta a punta, cruzando calles, puentes, barrios, canales y avenidas, desparpajado, feliz y convencido de que en cualquier momento una autoridad alemana iba a pedirme licencia de adulto responsable, sentí que no podía irme de Hamburgo sin visitar su lado rojo.
No era desesperación.
No era hambre acumulada. No llevaba meses trepándome por las paredes o detallando las piernas de las estatuas. Era algo más complejo, o al menos eso intentaba decirme para no sentirme tan idiota. Era curiosidad. Era deseo. Era novedad. Era biología. Era antropología de madrugada. Era el resultado de la peligrosa combinación entre última noche, vuelo temprano, Weissbier y una frase absurda latiendo en la cabeza: no puedo irme de esta ciudad sin follar.
La frase, vista con calma, era ridícula.
Uno puede irse de Hamburgo sin follar. La gente se va de Hamburgo sin follar todos los días. Hay ejecutivos, estudiantes Erasmus, familias japonesas, jubilados con cámaras profesionales, parejas felices, parejas infelices y mochileros que solo quieren dormir barato. Todos se van sin necesidad de convertir el viaje en una misión genital con coitos repentinos. Pero yo no. Yo había decidido que mi despedida de Hamburgo tenía que tener neón, pecado y algún tipo de anécdota que no pudiera contarle a mi madre sin cambiar cinco verbos.
Así que fui a Reeperbahn.
Reeperbahn no es una calle. Es una advertencia con los decibeles al máximo. Es una avenida donde la ciudad se quita la camisa, se sirve otra cerveza y te dice: «A ver, muchacho, ¿tú qué tan curioso eres?». Hay luces rojas, bares, clubes, sex shops, turistas borrachos, despedidas de soltero, mujeres mirando como si ya hubieran visto pasar todas las versiones posibles de la vergüenza masculina, hombres caminando con dignidad, tensos, conscientes de que quieren pecar pero no quieren parecer desesperados, y porteros enormes que tienen cara de haber visto más fracasos masculinos que un terapeuta matrimonial.
Yo llegué intentando parecer natural. Ese fue mi primer error.
Nadie parece natural en Reeperbahn la primera vez. Uno puede fingir seguridad, mirar el móvil, caminar con decisión, hacerse el europeo liberal, el viajero experimentado, el hombre de mundo. Pero el barrio lo nota. El barrio huele al turista que va de suelto. Y yo, aunque tengo mis vivencias, aunque no soy precisamente un seminarista recién bajado del convento, esa noche me sentí como un niño en Disneyland, pero donde las montañas rusas tenían tacones y el algodón de azúcar cobraba por adelantado.
Había demasiadas opciones. Ese fue el segundo error: tener opciones.
Uno cree que el deseo funciona mejor con variedad, pero no siempre. A veces la variedad paraliza. Yo miraba un club, luego otro, luego una puerta con luces violetas, luego una barra con música, luego una mujer fumando en la entrada, luego un cartel que prometía algo que mi inglés entendía y mi falsa decencia no quería traducir. Caminaba de un lado a otro como quien intenta elegir restaurante, solo que en vez de hamburguesas había fantasías con tarifas en euros.
Entré al primer local con una seguridad que me duró exactamente nueve segundos.
Dentro había música, luces bajas y chicas que parecían saber desde la entrada cuánto dinero tenía uno, cuántas mentiras se estaba contando y cuánto tardaría en incomodarse. Una se acercó a mí. Era rubia, o tal vez la luz la hacía rubia, porque en esos lugares todo el mundo parece fabricado por un electricista con alta dosis de alcohol en las venas.
—Hi, handsome —me dijo.
Y yo, que había entrado con la intención viril de vivir una experiencia memorable, respondí con la misma sonrisa de funcionario en aduanas.
—Hi.
Ella me preguntó qué quería.
Esa pregunta, que en teoría debía ser sencilla, me destruyó. Porque yo sabía lo que quería en términos generales, pero no en términos protocolarios. Quería una experiencia. Quería despedirme de Hamburgo. Quería tener algo que contar. Quería no irme con la sensación de haber visto el parque desde la entrada. Quería que la noche tuviera un giro. Quería, en resumen, demasiadas cosas para un sitio donde seguramente bastaba con señalar una opción del menú.
Entonces hice lo peor que puede hacer un hombre en un club sexual: empecé a contextualizar.
Le dije que era mi última noche en Hamburgo, que venía de viaje, que la ciudad me parecía fascinante, que Reeperbahn tenía una energía muy particular, que yo era escritor, que me interesaban mucho estos espacios donde confluyen turismo, deseo, soledad y economía nocturna.
Ella me miró con una paciencia comercial admirable.
—Baby —me dijo—, here we don’t charge for historical context.
Y ahí entendí que el primer intento había fracasado.
No por falta de deseo. Por exceso de discurso. Algunos hombres no follan por feos, por pobres, por tímidos o por simple mala suerte. Yo esa noche empecé a no follar porque me dio por hacer una tesis doctoral con una erección en pausa.
Salí del local con la compostura intacta, que es la manera introvertida de decir que nadie me había tomado suficientemente en serio como para quitármela.
Seguí caminando. Al fin y al cabo, hay cientos de otras opciones en la ciudad. Miles, en realidad.
El segundo lugar parecía más directo. Menos teatro, más trámite. Entré porque pensé: «Aquí sí. Aquí no voy a hablar de literatura. Aquí voy a ser claro, adulto, funcional». Me recibió una mujer asiática, guapísima, con una mirada tan práctica que parecía capaz de desactivar una bomba y cobrarte el IVA.
Me explicó las tarifas.
Lo hizo con una precisión alemana que habría emocionado a un contable. Me habló de minutos, servicios, condiciones, pagos, límites, suplementos. Todo perfectamente ordenado. Todo impecable. Todo tan claro que empezó a parecerme menos una aventura sexual y más una reunión para cambiar de compañía eléctrica.
Yo asentía.
Ella hablaba.
Yo asentía más.
Ella seguía hablando.
En algún momento sentí que, si aquello continuaba, me iba a pedir una firma digital, dos copias del pasaporte y una autorización para el tratamiento de datos personales.
No estoy criticando la organización. Al contrario. La organización es necesaria. La claridad también. El consentimiento, los límites, las reglas, todo eso está muy bien. Pero el deseo, pobrecito, a veces es un animal bastante bruto. Y cuando le ponen demasiadas cláusulas delante, se acuesta en una esquina y se hace el muerto.
Salí también de allí.
Segundo intento fallido: muerto por burocracia erótica.
A esas alturas yo ya empezaba a sospechar que la noche no iba a ser como la había imaginado. Pero el orgullo masculino es terco. Uno debería retirarse a tiempo, comerse una salchicha, beber agua, volver al hotel y dormir como una persona con autoestima. Pero no. El hombre, cuando se propone fracasar, fracasa a fondo.
Entonces fui hacia Herbertstraße.
Había escuchado hablar de esa calle como se habla de los lugares prohibidos. Era una especie de mito, suciedad, leyenda y advertencia, todo en un mismo plato. Esperaba algo brutal, oscuro, cinematográfico. Una especie de pasillo donde el deseo caminara en tacones sobre los restos de la moral europea.
La realidad fue más extraña.
No digo que no tuviera fuerza. La tenía. Pero no era exactamente excitante. Era incómoda. Artificial. Triste. Mujeres detrás de cristales, hombres caminando despacio, miradas rápidas, cuerpos en oferta y, sobre todo, una sensación de escaparate humano que me dejó más observador que cliente. Yo había ido a mirar mujeres, pero terminé mirando hombres. Y eso fue lo verdaderamente perturbador.
Hombres solos. Hombres en grupo. Hombres riéndose demasiado. Hombres fingiendo que aquello era normal. Hombres intentando parecer expertos en una calle donde casi todos caminaban como niños que habían abierto la puerta equivocada de la casa.
Y entonces me vi.
No literalmente, porque por fortuna no había espejos. Me vi en ellos. En esa forma de caminar con deseo y vergüenza al mismo tiempo. En esa manera de mirar rápido para no ser descubierto mirando. En esa masculinidad de saldo que quiere comprar seguridad por minutos.
Hay pocas cosas que arruinen tanto el deseo como ver a otro hombre haciendo exactamente lo que tú estás haciendo, pero peor.
Tercer intento fallido: exceso de conciencia.
Volví a la avenida principal con la sensación de que Hamburgo no me estaba facilitando la despedida. Yo había imaginado una noche de pecado elegante y estaba viviendo una excursión guiada por mis propias contradicciones.
Pero eran casi las cuatro.
Y el vuelo salía temprano.
Ese detalle, que al principio parecía irrelevante, comenzó a pesar como una amenaza. Porque una cosa es pecar con tiempo y otra pecar mirando el reloj. No hay erotismo posible cuando una parte de tu cerebro está calculando cuántas horas puedes dormir antes de tener que ducharte, cerrar la maleta, llegar al aeropuerto y fingir ante el personal de seguridad que eres un ciudadano estable.
Caminé hacia el hotel.
No había follado en Hamburgo.
La frase, que horas antes sonaba como una amenaza contra mi biografía viajera, empezó a parecerme graciosa. Había entrado en clubes, había caminado por calles míticas, había hablado con mujeres hermosas, había visto hombres derrumbándose en su propio personaje y había querido vivir una experiencia sexual para terminar viviendo una experiencia narrativa, mucho más barata en teoría, pero mucho más cara para la autoestima.
Llegué al hotel con los pies molidos.
La habitación me recibió con tristeza. Ese ambiente que tienen esos cuartos donde uno solo pasa una noche más. La maleta estaba abierta, como una boca reprochándome. La cama parecía decir: «¿Ves? Yo siempre fui la mejor opción». Me quité los zapatos. Me senté. Me miré en el espejo del baño.
No vi a un degenerado. Tampoco a un santo. Vi a un hombre de cuarenta y tantos que había salido a buscar sexo y había vuelto con una crónica sobre la imposibilidad de concentrarse en medio de tantas posibilidades.
Me lavé las manos en cámara lenta.
Y entonces acepté, con la madurez que no siempre tengo para cosas más importantes, que la única experiencia sexual posible aquella noche iba a depender exclusivamente de mí.
No hubo épica. No hubo música. No hubo cuerpo extranjero ni frase memorable en la almohada. Hubo hotel, cansancio y onanismo. El viejo plan B del hombre derrotado.
No follé en Hamburgo.
Pero Hamburgo, de alguna manera humillante y pedagógica, sí me folló a mí.
