Hay canciones que se escuchan, mientras que hay otras que te desnudan sin que te des cuenta. Y No Me Des la Tabarra, de Melendi, no me la quito de encima desde hace días. No es una exageración estética, ni una frase bonita para empezar un relato que luego se olvida de lo importante. Es literal. La escucho caminando, la escucho conduciendo, la escucho mientras trabajo, la escucho incluso cuando no debería estar escuchando nada. Se ha convertido en una especie de ruido de fondo, pero no de esos que molestan, sino de los que ordenan.
Es como si, de alguna manera, esa canción supiera algo de mí que yo aún no había terminado de aceptar. No es la primera vez que me pasa. Tengo esa tendencia peligrosa a enamorarme de canciones como si fueran personas. Ya me pasó antes con Nirvana, de Ricardo Arjona. Les doy vueltas, las analizo, las convierto en banda sonora de momentos que ni siquiera han pasado todavía. Pero esta vez es distinto. Esta vez no estoy proyectando. Esta vez estoy reconociendo. Porque lo que me incomoda no es la canción, sino que soy yo dentro de ella.
Y eso, cuando pasa, no hay escapatoria.
La primera vez que la escuché, no entendí gran cosa. Me gustó, sí. Tenía algo. Pero la dejé pasar. Fue en la tercera, en la quinta, en la décima vez —porque soy así, porque cuando algo me roza un poco, lo exprimo hasta que me sangra— cuando empecé a notar que había algo más.
«Un poco más libre de equipaje».
Esa frase no debería doler, pero dolió.
No por lo que dice, sino por lo que implica. Porque uno no se vuelve más libre de equipaje porque sí. Nadie se despierta un lunes y decide que ya no le pesan las cosas. Esto te lo digo como mochilero. El equipaje se suelta cuando no te queda otra. Cuando ya no puedes más. Cuando entiendes que seguir cargando con lo mismo no te hace más fuerte, solo más lento. Y yo he sido de cargar. De cargar historias, personas, expectativas, versiones de mí que ya no existen pero que me empeñaba en seguir representando como un actor que no ha entendido que la obra terminó hace tiempo.
He cargado tanto que, cuando por fin solté algo, no lo celebré. Me sentí culpable. Como si dejar de sufrir fuera una traición. Y entonces aparece una canción y te dice, casi con descaro, que no, que lo normal es soltar. Que lo raro es lo otro. Que lo absurdo es seguir defendiendo el dolor como si fuera una identidad. Y claro, te descoloca. Porque si eso es verdad, entonces muchas de las cosas que has defendido durante años eran innecesarias.
«Lo que busqué afuera siempre estuvo aquí».
Esta es la línea que me terminó de joder. No porque no la haya escuchado antes. Esa idea está en todas partes. En libros, en frases de Instagram, en conversaciones profundas de madrugada. Pero una cosa es entenderlo y otra es sentirlo. Y yo lo sentí. Lo sentí porque, si soy honesto, he pasado años buscando fuera cosas que no sabía cómo construir dentro. Relaciones, validación, reconocimiento, incluso aventuras que luego convertía en relatos para darles sentido. Siempre he tenido esa capacidad de vivir algo y, casi al mismo tiempo, estar narrándolo en mi cabeza. Como si la vida, para ser suficiente, tuviera que convertirse en historia.
Pero esta vez no hay historia. Hay una verdad incómoda: muchas de las cosas que buscaba no tenían que ver con lo que decía buscar. Tenían que ver conmigo. Con mis vacíos. Con mis inseguridades bien disfrazadas de curiosidad o de intensidad emocional. Y eso no es tan bonito de escribir. Pero es muy necesario de aceptar. La canción no te lo dice con juicio. No te señala. No te hace sentir pequeño. Simplemente te lo pone delante, como alguien que deja un vaso de agua en la mesa y se va. Y tú decides si bebes o no. Yo bebí. Y me supo a realidad. Después viene la parte que más me sorprende de todo esto. Porque la canción no se queda en la introspección. No es una de esas que te deja reflexivo, mirando al techo, con cara de «qué profundo todo».
No.
Da un giro.
Y ese giro es el que me tiene completamente atrapado.
«Así que no des la tabarra, tú no me des más la tabarra».
Lo primero que pensé fue: qué coño, así, tan sencillo y tan necesario. Porque hay una diferencia enorme entre entender cosas y actuar en consecuencia. Yo he entendido muchas cosas en mi vida. He tenido momentos de lucidez que parecían definitivos. Conversaciones que parecían cerrar etapas. Decisiones que sonaban firmes en el momento en el que las tomaba. Y luego, luego volvía a lo mismo. Como si entender no fuera suficiente. Como si hiciera falta algo más. Y ese algo más, creo, es esto. Poner límites sin explicarlos demasiado. Sin necesidad de justificar cada decisión, cada silencio, cada distancia.
Decir «hasta aquí» sin convertirlo en un ensayo de mil palabras. Eso, para alguien como yo, es casi revolucionario. Porque yo explico. Yo argumento. Yo doy contexto. Yo necesito que se entienda. Y en ese proceso, muchas veces, termino quedándome más de lo que debería. La canción no. La canción corta. La canción dice: ya entendí, ahora no me jodas más, no me toques los cojones, vete a tomar por culo. Y eso tiene una belleza brutal. No es agresividad. Es claridad. Es alguien que ya hizo el trabajo interno y no está dispuesto a negociar su paz. Y ahí fue cuando me di cuenta de por qué no puedo dejar de escucharla.
No es por la melodía. No es por Melendi. Es porque la canción me está mostrando una versión de mí que estoy empezando a reconocer. No la de antes. No la que necesitaba demostrar. No la que se quedaba por costumbre o por miedo. Sino una más simple. Más ligera. Más honesta. Honesta, sí, porque aunque suene bonito, también da vértigo. Porque cuando te reconoces en esa versión, hay cosas que ya no encajan. Personas que ya no tienen espacio. Dinámicas que pierden sentido. No es que dejes de querer. Es que dejas de necesitar. Eso cambia todo.
Estos días, mientras la escucho una y otra vez, me he pillado en momentos raros. Sonriendo sin motivo. Pensando en conversaciones que ya no tendría. Recordando situaciones en las que hoy actuaría diferente. No mejor, sino diferente. Con menos peso, con menos urgencia, con menos necesidad de sostener lo que ya se estaba cayendo solo. Entonces, pienso que es ahí donde está la clave de todo esto. No es una canción sobre mandar a alguien a la mierda, sino que es una canción sobre dejar de sostener lo que te pesa. Y cuando dejas de sostener, muchas cosas se caen solas. Sin drama. Sin ruido. Sin discursos. Se van, sin más, mientras tú te quedas. Un poco más libre de equipaje. No porque la vida se haya vuelto más fácil. Sino porque tú has decidido cargar menos. No sé cuánto me durará esta sensación. No sé si dentro de unos meses volveré a escucharla y ya no me dirá lo mismo. Pero ahora… ahora me está hablando claro. Y yo, por primera vez en mucho tiempo, no tengo ganas de cuestionarlo. Solo de escucharlo. Otra vez.
Y otra.
Y otra.
Hasta que deje de doler.
O hasta que termine de entender todo lo que todavía me queda por soltar.
Porque a veces crecer no es entender más, es saber cuándo decir: que te pires.
