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El elixir no estaba en la copa

Hay planes de pareja que se hacen para fortalecer la relación, y luego están esos otros que uno se monta con la excusa cultural de que hay vino, una bodega bonita y una propuesta artística supuestamente original, cuando en realidad lo que uno quiere es ver si todavía le queda pólvora en la cabeza. Yo ya tengo una edad como para no mentirme demasiado, aunque sigo haciéndolo con una elegancia bastante decente. Uno aprende a disfrazar las ganas de curiosidad, el morbo de apertura mental y la perversión de experiencia sensorial. Así fue como terminamos Cielo y yo en ese rincón entre viñedos con vistas al Atlántico, camino a un show relacionado con vino y sexo que, desde el concepto, ya dejaba claro que parte del plan era no disimular nada.

La temática de este espectáculo era Cleopatra. Y tengo que admitir algo: todo lo que huela a representación temática nunca termina de encajarme del todo. Hay una parte de mí que lo disfruta con una honestidad casi infantil, y otra —más incómoda, más cruda— que se sienta a observarlo todo con cierto escepticismo. No desde la superioridad, sino desde la experiencia. Porque muchas veces estas funciones caen en lo folclórico, en lo predecible, en lo fácil. Pero esta vez no fue así. De verdad que no. Y quizá por eso me sorprendió más de lo que esperaba.

Supieron sostener la propuesta sin caer en la caricatura, con un equilibrio muy bien medido entre lo sugerente y lo elegante. Y además —que tampoco es un detalle menor— había vino.

Muy buen vino.

Del tipo de vino que no solo acompaña, sino que también ayuda a que esas dos versiones de mí, la que disfruta y la que juzga, decidan darse una tregua sin demasiada resistencia.

La tarjeta de presentación del evento era preciosa, eso sí. Negra, dorada, sofisticada, con esa Cleopatra levantando una copa como si supiera perfectamente la clase de pensamientos que iba a provocar en quien la mirara. El programa proponía una trama que mezclaba una pócima afrodisíaca, un robo, arqueólogos, faraones y un viaje en el tiempo que, leído en frío, podía sonar ambicioso o incluso un poco excesivo.

Pero funcionaba.

O mejor dicho: daba bastante igual si funcionaba o no, porque nadie estaba allí por la coherencia del guion. La gente había ido a dejarse seducir por una idea más simple y más honesta: que el deseo, bien envuelto en luces tenues y una escenografía cuidada, deja de parecer vulgar para convertirse en experiencia. Y yo no estoy en posición de burlarme de eso, porque ahí estaba yo, bien vestido, peinado, oliendo bien y con cara de hombre civilizado, cuando en realidad lo que llevaba era una disposición bastante clara a dejarme arrastrar.

Desde la recepción ya se intuía que aquello no iba a ser una simple cena temática. Nos recibieron con una IPA de cortesía, lo cual me hizo sonreír, porque empezar con cerveza un evento relacionado con vino y sexo, tiene ese punto inesperado que descoloca. Quizá por eso funciona. La IPA hizo lo suyo. Los snacks también. Gourmet, pequeños, elegantes, de esos que se comen con cierta delicadeza, aunque por dentro uno siga siendo bastante más básico de lo que aparenta. A nuestro alrededor había casi solo parejas. De todas las edades. Y eso me gustó. Me gustó porque desmonta ese prejuicio bastante simple de que el deseo más lúdico o exploratorio pertenece solo a la gente joven.

No.

Allí había matrimonios largos, parejas recientes, gente muy distinta compartiendo un mismo código silencioso. Mujeres impresionantes del brazo de hombres aparentemente discretos, y hombres muy bien llevados junto a mujeres que sabían exactamente dónde estaban. Todo el mundo parecía correcto. Y eso, casi siempre, es el mejor punto de partida para que algo interesante ocurra. El único lunar era que, entre los presentes, había rostros familiares. Es lo que tiene hacer vida en lugares chicos, pero también es lo de menos.

Cielo iba preciosa.

No de catálogo ni de algoritmo. Preciosa de verdad. De esa forma en la que una mujer entra a un sitio y no necesita llamar la atención porque la atención se le rinde a sus pies. Iba elegante, muy sexy, pero sin caer en el exhibicionismo fácil. Cielo tiene esa clase de belleza que no necesita insistir. A veces incluso creo que ni ella misma termina de entender el nivel de efecto que provoca cuando decide salir de casa con la energía correcta. Yo sí lo entendía. Lo entendía perfectamente, y quizá por eso me gustaba todavía más mirarla esa noche, porque sabía que no iba a ser una simple acompañante en esa historia.

Lo intuía.

Lo mismo me pasó la primera vez que empecé a verla soltarse de verdad: no tenía pruebas, pero tampoco dudas. Hay mujeres que parecen discretas hasta que encuentran el contexto exacto. Y cuando lo encuentran, lo que sale no es otra persona: era la verdad que por fin se atrevía a enfundarse en sí misma sin complejos.

El primer sketch ocurrió en el lobby. Hubo humor, referencias eróticas, gente del elenco ya metida en personaje, y enseguida entendimos por dónde iba a respirar la noche. No se trataba de mostrar demasiado, sino de sugerir lo suficiente. Y esa es una diferencia importante. Lo explícito puede impresionar; la sugerencia, en cambio, trabaja por dentro. Te deja espacio para completar la escena con tu propia mugre mental, que suele ser bastante más eficaz que cualquier coreografía. Luego empezó el recorrido por la bodega, y ahí tengo que decir que la idea me pareció brillante. No te dejaban instalarte. No te daban tiempo para convertirte en espectador pasivo. Te movían, te cambiaban de luz, de temperatura, de cercanía, de ángulo. Cada parada tenía su sketch, su pequeña ceremonia erótica, su tontería bien pensada para que el grupo se relajara un poco más y se pusiera un poco menos moralista consigo mismo. Había música, había baile, había cuerpos trabajados, había guiños, había una narrativa delirante alrededor de la pócima de Cleopatra y, sobre todo, había algo que no se podía fingir: una energía sexual flotando en el aire, manejada con mucha más inteligencia de la que uno asumiría antes de entrar.

Y entonces apareció Chloe.

No sé si hay una manera elegante de decir que una mujer te desarma visualmente sin sonar como un adolescente hormonal o como un poeta barato, pero voy a intentarlo. Chloe no era simplemente guapa.

Guapas hay muchas.

Chloe tenía ese tipo de físico que no parece un regalo sino una disciplina. Muy fitness, sí, pero no de esa fitness de selfie y pose, sino de la que traduce el cuerpo en instrumento. Se notaba que el pole dance en ella no era un añadido sexy para la ocasión, sino un idioma que dominaba con seriedad. Se movía con una seguridad insultante, con esa precisión de las mujeres que saben exactamente dónde están sus caderas, sus piernas, sus manos, su cuello, su pelo, su pausa. Lo más peligroso de una mujer así no es que esté buena, que lo está; lo más peligroso es que lo sabe sin vulgaridad. Y cuando una mujer tiene ese conocimiento sin necesidad de subrayarlo, los hombres hacemos lo que hemos hecho siempre ante ciertas manifestaciones de poder femenino: nos volvemos un poco imbéciles.

Yo ya iba bastante impresionado con Chloe cuando pasó una de las cosas que más me puso la noche en su sitio. Cielo bailó con ella. Fue apenas un momento, unos segundos, un juego dentro del show, pero bastó. Bastó para que Chloe hiciera lo suyo con obscena naturalidad y para que Cielo regresara a mi lado con una sonrisa distinta. No era una sonrisa de «qué divertido todo esto», sino otra.

Una con descubrimiento dentro.

Y entonces me dijo, así, sin mayor ceremonia: «¡Qué buena está!». Hubo muchas cosas excitantes aquella noche, pero esa frase ocupa un lugar especial en mi recuerdo porque no venía del espectáculo, ni del vino, ni de la situación. Venía de ella. Venía limpia. Era deseo dicho sin maquillaje, sin culpa, sin el filtro con el que casi todo el mundo intenta seguir pareciendo razonable. Y yo ahí sentí dos cosas al mismo tiempo: una felicidad bastante animal y una especie de vértigo de hombre que entiende que el juego acaba de subir de categoría. Porque una cosa es que tú desees a otra mujer delante de tu pareja. Y otra, mucho más deliciosa y peligrosa, es descubrir que tu pareja también la desea.

A partir de ahí, yo ya no estaba viendo una función en primera fila. Estaba dentro de un mecanismo que me tenía perfectamente aprisionado por la imaginación. Seguimos el recorrido por la bodega en busca del supuesto elixir del placer, atravesando sketches con dioses, faraones, sacerdotisas con poca ropa y una tensión erótica que subía sin necesidad de que nadie se bajara las bragas en público.

Y eso me pareció admirable.

Hay gente que cree que si no hay sexo explícito no hay intensidad, y eso solo lo piensa gente vulgar y silvestre. La intensidad de verdad ocurre cuando no hace falta consumar para que el cuerpo empiece a obedecer. Cielo estaba cada vez más suelta. No fuera de sí, que es una expresión que nunca me ha gustado, sino más dentro de sí que de costumbre. Más cómoda, más cómplice, más viva. Yo la observaba y me alegraba por ella, pero también por mí. Lo confieso sin ninguna nobleza. Hay algo profundamente excitante en ver disfrutar a la mujer con la que estás en un entorno que ensancha su deseo. No desde la amenaza, sino desde la expansión. Y sí, también hay ego. A mí me gusta verla libre, pero me gusta aún más sentir que estoy presente cuando esa libertad se enciende.

Aunque la comida pasó completamente desapercibida, la cena fue la confirmación de que la noche no iba a bajar de tono.

Nos sentaron en una mesa con otras dos parejas que, siendo sinceros, parecían haber ido más por el plan diferente que por cualquier intención de dejarse afectar de verdad. Muy correctos, muy tranquilos, muy comedidos, muy estirados. Y nosotros allí, con la energía sexual en la frente. Lo digo con ironía, porque detesto a la gente que se cree en otra liga, pero también con honestidad: no estábamos jugando el mismo partido. Ellos estaban calentando y nosotros ya habíamos salido a batear.

Yo estaba activado como un adolescente con tarjeta de crédito y experiencia; Cielo tenía la mirada luminosa, esa que solo es evidente cuando disfrutar está por encima de pensar demasiado. En la tarima central siguieron los numeritos. Hubo pole dance, juegos, referencias a tríos, bailes que bordeaban la provocación con elegancia. Todo muy bien llevado. Nada cutre. Nada desesperado. Yo miraba el escenario, miraba a Cielo, miraba mi copa, intentaba dar apariencia de hombre sereno y sofisticado, y por dentro llevaba una romería.

Cuando nos eligieron para subir a la tarima, no me sorprendió.

Hay parejas que se notan disponibles incluso cuando están calladas. Subimos y jugamos. Hubo interacción, hubo accesorios, hubo látigos, hubo contacto permitido, hubo esa clase de teatro erótico donde todo está muy bien medido para que nadie sienta que se ha sobrepasado nada y, al mismo tiempo, todo el mundo se lleve la sensación de que sí pasó algo. Y ahí sucedió una de las escenas que más me gustó de toda la noche: tocar a otras chicas delante de Cielo, sentir esa proximidad, esa mezcla de espectáculo y permiso, y verla a ella disfrutarlo.

No tolerarlo.

Disfrutarlo.

Esa diferencia para mí lo cambia todo. También hubo un par de azotes a ella por parte de un actor, todo muy controlado, muy actuado, muy lúdico, pero yo estaba feliz mirándola reír. Feliz de verdad. No por el morbo bruto del gesto, sino por la belleza de verla tan suelta, tan metida en el juego, tan poco preocupada por la imagen que pudiera dar. Hay mujeres que cuando se liberan se desordenan.

Cielo no.

Cielo se volvía más ella.

Al final del evento logramos hacernos la foto con una de las rubias que me había bailado, pero sobre todo con Chloe. No voy a fingir distancia intelectual. Tener esa foto me hizo ilusión. Chloe seguía estando criminalmente buena a menos de medio metro, y Cielo seguía mirándola con esa mezcla de admiración y hambre que me estaba volviendo loco desde hacía un rato largo.

Salimos de allí cargados.

Esa es la palabra.

Cargados.

No borrachos, no exaltados, no «animados». Cargados. El coche se convirtió de inmediato en una extensión del evento, pero ya sin actores, sin focos, sin coartada artística. Éramos nosotros y lo que se nos había quedado dentro. Entonces Cielo soltó la frase que terminó de coronar la noche: que le encantaría jugar con Chloe, los tres. Yo la escuché y pensé dos cosas. La primera: esta mujer tiene más mundo por abrir del que ella misma cree. La segunda: hay que conseguir el contacto de esa bailarina como sea, aunque solo sea para honrar la sinceridad del deseo cuando aparece de manera tan espontánea.

Íbamos camino a casa, que es lo que hacen las parejas normales después de un evento bonito con vino y temática egipcia. Pero nosotros no somos una pareja normal ni cuando queremos serlo. La energía sexual era tan evidente dentro del coche que seguir la ruta lógica nos pareció una pérdida de tiempo y hasta una falta de respeto con la noche.

Así que cambiamos el rumbo.

Nos fuimos a un lugar donde jugar no forma parte del guion sino de la realidad, donde la gente no necesita excusas culturales para hacer lo que vino a hacer. Y eso fue, quizá, lo más coherente de toda la velada. Porque el evento del vino y el sexo había cumplido su función a la perfección: no darnos sexo, sino dejarnos al borde de él con la imaginación mordida, la piel despierta y una verdad nueva rondándonos la boca.

El elixir no estaba en ninguna copa, ni en Cleopatra, ni en el teatro, ni en la bodega.

El elixir era más simple y más jodido que todo eso.

Era ver a Cielo ahí dentro y comprobar que la mujer que yo intuía desde hacía tiempo estaba saliendo cada vez con menos miedo. Era escucharla desear a otra mujer en voz alta. Era entender que el placer compartido, cuando se vive sin pose y con inteligencia, no rompe a nadie, sino que amplía.

Y era también, para qué coño voy a hacerme el santo, la envidia anticipada que puede sentir cualquiera que lea esto y entienda que hay noches que no solo se viven.

Se cruzan.

Nosotros la cruzamos.

Y después ya no hay forma de volver a ser el de antes… a no ser que te mientas a ti mismo.

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