Me hice un tatuaje de Messi.
No de su cara, conviene aclararlo. Porque decir «me tatué a Messi» puede hacer pensar que ahora llevo en la pierna un retrato hiperrealista de Leo besando la Copa del Mundo, con Antonela, Thiago, Mateo, Ciro, ocho Balones de Oro, una cabra simbolizando el GOAT y, de fondo, el Camp Nou iluminado.
No.
Todavía me queda algo de criterio. Me tatué un 10 negro, una corona encima y la firma de Leo debajo. Mucho más discreto. Bueno, discreto dentro de lo que significa llevar permanentemente en la pierna el número del futbolista más famoso de mi generación.
La pregunta evidente es por qué.
Y la respuesta corta sería: porque es Messi.
Pero como para explicar un tatuaje eso parece ligeramente insuficiente, habrá que desarrollar.
Yo vi prácticamente toda la carrera de Messi. Lo vi cuando apareció en el Barcelona siendo un adolescente diminuto, con aquel pelo largo que parecía cortado por una madre latinoamericana que todavía no aceptaba que su hijo había crecido. Messi entraba al campo y daba la impresión de que faltaba un permiso firmado por sus padres.
Hasta que agarraba la pelota. Entonces empezaban los problemas psicológicos para los defensas. Uno iba a quitársela. Nada. Llegaba otro. Tampoco. Aparecía un tercero. Peor. Hubo partidos en los que Messi parecía estar jugando al fútbol mientras los demás participaban en una actividad de integración empresarial.
Y eso empezó muy pronto.
En 2007 hizo aquel gol contra el Getafe copiando casi movimiento por movimiento el de Maradona contra Inglaterra.
Tenía 19 años.
A los 19 años yo también hacía imitaciones. Principalmente de adultos responsables. Con bastante menos éxito. Se había juntado con Xavi, Iniesta, Busquets, Dani Alves, Puyol en probablemente uno de los mejores equipos que ha existido. Y Messi dejó de ser aquel niño extraño para convertirse en una anomalía estadística. 91 goles en un año natural.
Noventa y uno.
Hay delanteros profesionales que necesitan cuatro temporadas, dos cesiones y un campeonato en Arabia Saudí para marcar esa cantidad. Messi lo hizo entre enero y diciembre de 2012. El problema fue que nos acostumbramos. Marcaba dos goles y era un partido normal. Marcaba tres y estaba inspirado. Marcaba cuatro y alguien preguntaba cuántas asistencias había dado.
Si un futbolista hacía 30 goles en una temporada, era extraordinario. Si Messi hacía 30, seguramente estaba lesionado. Además estaba Cristiano Ronaldo. Y aquello mejoró todo. Porque durante casi una década tuvimos a dos tipos completamente obsesionados con demostrar que el otro no podía relajarse ni para ir al supermercado.
Cristiano marcaba un hat-trick. Messi marcaba cuatro. Messi metía dos. Cristiano aparecía al día siguiente con tres. Uno ganaba un Balón de Oro. El otro probablemente se encerraba en el gimnasio a hacer abdominales por despecho.
Y en medio estaba el Real Madrid.
El pobre Real Madrid.
Bueno, pobre tampoco. Con todo lo que ha ganado, cualquier intento de compasión resulta obsceno. Pero durante la época de Messi tuvo que soportar una relación particularmente complicada con aquel argentino de metro setenta. Messi marcó 26 goles en clásicos oficiales contra el Madrid.
Veintiséis.
No es una estadística. Es acoso continuado. Le marcó en Liga. En Champions. En Supercopa. En el Camp Nou. En el Bernabéu. De todas las maneras posibles. Hubo una semifinal de Champions en 2011 en la que agarró la pelota, atravesó la defensa del Madrid y marcó uno de esos goles en los que, cuando termina la jugada, los defensas deberían tener derecho a solicitar que las cámaras borren las imágenes.
Y luego estuvo aquel clásico de 2017. Minuto 92. Messi marca el 3-2 en el Bernabéu. Gol número 500 con el Barcelona. Se quita la camiseta y la sostiene frente a la grada del Madrid. No gritó. No hizo un discurso. No necesitó explicar nada. Simplemente enseñó su apellido. Aquello fue una falta de respeto tan elegante que debería estudiarse en protocolo diplomático.
Mientras todo eso ocurría, yo veía fútbol desde Venezuela. Después desde España. Viví en Barquisimeto, emigré a Madrid, terminé en Tenerife, cambié de trabajos, de casas, de rutinas y de problemas. Messi, en cambio, tenía una agenda bastante estable. Sábado: destruir algún equipo de Primera División. Miércoles: Champions. Domingo siguiente: volver a empezar.
En 2015 yo dejé Venezuela. Ese mismo año Messi ganó otra Champions con el Barcelona. Creo que los dos tuvimos un año movido. Él salió campeón de Europa. Yo tuve que aprender cómo funcionan los trámites españoles. No sabría decir quién sufrió más. Luego llegó una etapa bastante menos divertida para él.
Argentina.
Porque durante años el tipo podía marcar 50 goles con el Barcelona y bastaban 90 minutos malos con la selección para que aparecieran veinte señores en televisión explicando que no tenía carácter. Perdió la final del Mundial de 2014. Después perdió dos finales de Copa América contra Chile. En 2016 anunció que dejaba la selección. Duró poco. Menos mal. Porque cinco años después ganó la Copa América en Brasil.
Y en 2022 llegó Qatar.
Para entonces Messi ya tenía 35 años. Yo también había acumulado unos cuantos kilómetros. Ya era padre. Mi hijo veía fútbol conmigo a veces. Y Messi seguía allí, jugando su quinto Mundial como aquel invitado que lleva veinte años apareciendo en todas las fiestas familiares. Argentina perdió el primer partido contra Arabia Saudí. Y medio planeta empezó inmediatamente a redactar el obituario futbolístico.
Entonces le ganó a México. Polonia. Australia. Países Bajos. Croacia. Y llegó Francia. La final tuvo absolutamente todo. Messi marcó. Di María marcó. Mbappé decidió convertirse durante media hora en una amenaza contra la salud cardiovascular mundial. 3-3. Prórroga. Penaltis. Argentina campeona. Y Messi levantó la Copa.
Recuerdo que lo vi en un bar de Tenerife, rodeado de franceses e ingleses, yo vistiendo una camiseta de Boca Juniors. En ese lugar todos se creyeron que yo era argentino, pero la verdad es que yo lo celebré sin ser argentino, como muchísima gente. Porque después de verlo durante casi dos décadas, aquel Mundial parecía el capítulo que faltaba. Además resolvía una discusión importante.
Ya nadie podía decir:
—Sí, pero no tiene un Mundial.
A partir de entonces había que buscar otro argumento.
Normalmente Cristiano.
El fútbol necesita conflictos para sobrevivir. Y por eso terminé tatuándome el 10. No porque sea del Barcelona, que sí lo soy. No porque sea argentino. Ni porque crea que tatuarse futbolistas sea una obligación moral. Simplemente porque durante veinte años Messi fue parte de una cantidad absurda de partidos que disfruté. Y me pareció que ese 10 merecía un pequeño espacio en la colección de cosas que ya llevo dibujadas en el cuerpo.
Además elegí un diseño inteligente. Nada de retratos. Porque si un tatuador dibuja mal un número, puede corregirse. Si dibuja mal a Messi, puedes terminar llevando toda la vida a un señor que parece el primo de Messi que trabaja instalando aires acondicionados en Rosario.
Así que: número 10, corona, firma.
Sencillo.
Reconocible.
Y con margen de defensa.
Si alguien me pregunta si creo que Messi es el mejor de la historia, puedo decir que sí. Si aparece un fanático de Cristiano buscando pelea, puedo decir que respeto su opinión. Si insiste demasiado, puedo señalar la corona. Yo no la puse para decorar.
Estoy muy contento con el tatuaje. Me gusta cómo quedó. Me gusta el tamaño. Me gusta el diseño. Y me gusta especialmente que Messi vuelva a estar, una vez más, relacionado con una pequeña posibilidad de conflicto.
Porque hay un detalle que todavía no he mencionado.
Mi novia aún no lo ha visto.
Y mi novia es fanática del Real Madrid.
Así que después de 26 goles, varios clásicos humillantes y aquella camiseta levantada en el Bernabéu, Messi está a punto de volver a joderle la noche a una madridista.
Esta vez utilizando mi pierna izquierda, no la suya.
