Yo era joven, estaba enamorado y todavía no había aprendido que esas dos cosas, combinadas con alcohol, podían convertirse en un arma de autodestrucción. Llevábamos poco tiempo de novios. Muy poco. Estábamos en esa etapa en la que uno todavía intenta parecer una persona sensata, educada y digna de ser presentada ante la familia. Ella me gustaba muchísimo. Yo estaba ilusionado, entregado, convencido de que había encontrado a la mujer de mi vida, como me ocurrió varias veces antes de descubrir que la vida tiene más mujeres de tu vida de las que uno imagina.
Entonces hicimos un viaje a la playa con un grupo de amigos. No recuerdo exactamente en qué momento decidí beberme todo lo que había disponible en el Caribe, pero debió de ser temprano. El problema con las borracheras memorables es que suelen ser memorables para todos menos para quien las protagoniza.
Yo recuerdo fragmentos. Ella, probablemente, lo recuerda todo. Sé que bebí demasiado. Sé que empecé a hablar más alto de lo necesario. Sé que hice comentarios inapropiados, bromas que solo me parecían graciosas a mí y alguna cantidad indeterminada de payasadas que fueron empeorando a medida que avanzaba la noche.
Es que el alcohol tiene esa capacidad extraordinaria de convertir a un idiota moderado en un espectáculo con sonido envolvente. Yo era el espectáculo, y ella era la novia del espectáculo. Y aunque yo seguramente creía estar animando el viaje, lo que en realidad hacía era obligarla a cargar con la vergüenza de estar conmigo. No sé cuántas veces intentó detenerme, mandarme a callar o hacerme entender, mediante esa mirada que desarrollan las mujeres cuando están a punto de cometer un homicidio, que ya era suficiente.
Pero yo estaba borracho.
Y un borracho interpreta las señales de una forma muy particular. Cuando alguien le dice «cállate», entiende «habla más alto». Cuando alguien le dice «compórtate», entiende «haz algo inolvidable». Y cuando su novia le suplica que deje de hacer el ridículo, piensa que ella está demasiado seria y necesita divertirse.
Debí de haber sido insoportable.
A la mañana siguiente, además de la resaca, recibí la noticia de que nuestra relación había terminado. No hubo una larga negociación, una etapa de reflexión ni una segunda oportunidad cinematográfica. Ella me dejó inmediatamente. Había cruzado una línea, quizá varias, y decidió que no quería volver a saber nada de mí.
Y cumplió su palabra.
Intenté hablarle después. No quiso.
Pasaron los meses. Luego los años. La vida continuó haciendo lo que suele hacer: mover personas, borrar números de teléfono, cambiar ciudades, inventar matrimonios, divorcios, hijos, trabajos y dolores de espalda.
Nunca más hablamos.
Yo quedé archivado en su memoria como aquel novio joven que se emborrachó en la playa y la hizo pasar una de las peores vergüenzas de su vida. No puedo reprochárselo. Durante veintitantos años, cada uno siguió su camino.
Hasta que regresé a Venezuela.
Caminaba por el este de Barquisimeto cuando me la encontré de frente.
La reconocí enseguida, aunque el tiempo hubiera hecho su trabajo sobre los dos. Uno cambia de cuerpo, de peinado, de ropa y hasta de manera de caminar, pero hay rostros que permanecen guardados en una parte del cerebro que no acepta actualizaciones. Me preparé para una de esas situaciones incómodas en las que dos personas se reconocen y, por educación, deciden fingir que no.
Pero ella me saludó.
Ella.
La misma mujer que había pasado más de veinte años sin querer dirigirme la palabra.
Me sorprendió tanto que durante unos segundos pensé que quizá me estaba confundiendo con otro borracho de su juventud.
—Hola —me dijo.
—Hola.
Nos miramos con curiosidad, la misma que producen las personas que pertenecieron a una versión antigua de nosotros mismos. Hablamos un poco. De manera muy tímida por mi parte. Le pregunté cómo estaba, qué había sido de su vida, dónde vivía, esas preguntas rápidas con las que uno intenta resumir más de dos décadas mientras permanece de pie en una acera.
Entonces me contó que se había casado.
Lo había hecho muy ilusionada. Había construido una vida, una familia y un matrimonio que, con los años, terminó convirtiéndose en algo muy distinto de lo que había imaginado. Su marido era alcohólico. No un hombre que una vez se había pasado de tragos durante un viaje a la playa. Un alcohólico de los de verdad. Un alcohólico crónico. De los que convierten la borrachera en rutina, la vergüenza en costumbre y los comentarios inapropiados en parte del mobiliario de la casa. Un hombre con el que había tenido que aprender a convivir durante años, soportando escenas, desplantes y situaciones mucho peores que aquella noche por la que me había expulsado de su vida.
Mientras me lo contaba, yo intentaba mantener una expresión adecuada. Comprensiva. Adulta. Humana. Pero dentro de mi cabeza se había sentado un pequeño cabrón con una libreta a hacer comparaciones.
A mí me dejó por una borrachera.
Una.
Una noche de estupidez juvenil, comentarios fuera de lugar y humor de imbécil. Y luego se casó con la versión profesional, estable y de jornada completa de aquel muchacho al que no había querido volver a ver. No se lo dije, por supuesto. Hay pensamientos que uno debe mantener dentro de la cabeza si quiere conservar cierta dignidad. Además, lo que ella había vivido no era gracioso. Una cosa es encontrar ironía en la historia y otra muy diferente celebrar el dolor ajeno.
Pero era imposible no observar la contradicción. La vida le había permitido huir de mí por comportarme como un borracho durante una noche y, años después, la había sentado a vivir con uno. Tal vez por eso me saludó. Quizá después de soportar décadas de alcoholismo, mi antigua borrachera se había reducido en su memoria a una anécdota menor. Una especie de práctica introductoria. El curso básico antes de matricularse en la carrera completa.
O tal vez ya no me odiaba.
También es posible que simplemente hubiera pasado demasiado tiempo. Veintitantos años son suficientes para perdonar muchas cosas, sobre todo cuando la vida te entrega problemas bastante más serios que un novio joven haciendo el payaso en la playa.
Nos despedimos con cordialidad.
No hubo reproches. No hablamos de aquella noche. Yo tampoco le pregunté si todavía recordaba exactamente lo que había hecho, porque existen puertas que conviene dejar cerradas. Ya tenía bastante con saber que había sido un imbécil; no necesitaba un inventario detallado.
Seguí caminando con una sensación desconocida para mí. No de victoria. Mucho menos de justicia. Solo con la impresión de que el tiempo acababa de contarme un chiste privado, uno que había tardado más de veinte años en preparar.
Ella me había dejado porque una noche me comporté como el hombre con el que jamás querría compartir su vida. Y después compartió su vida con él. La diferencia era que aquel hombre no era yo. Yo había dejado de beber aquella noche.
Él, aparentemente, nunca encontró la mañana siguiente.
