«Yo a Juancho podría perdonarle muchas cosas, pero lo del perro, jamás». Marta me lo dijo mientras se terminaba una cerveza, con una tranquilidad que me hizo pensar que no había entendido bien. Llevábamos casi dos horas sentados en una terraza, poniéndonos al día después de varios meses sin vernos. Me había contado que su matrimonio se había ido a la mierda, que Juancho se había marchado con otra mujer y que, antes de irse, habían desaparecido algunas joyas que ella guardaba en una caja del dormitorio. También me dijo que apenas llamaba a Naty, su hija, y que llevaba semanas sin verla.
Habíamos hablado de todo aquello con relativa normalidad, que es una de las cosas más extrañas de las separaciones: uno termina contando auténticas desgracias mientras pide otra ronda.
—Espera, espera. ¿Me estás diciendo que podrías perdonarle lo de las joyas y lo de Naty, pero no lo del perro?
—Exactamente.
—Marta, tú estás mal de la cabeza.
Se rio. No se ofendió porque nos conocemos desde hace años y sabe que mi capacidad para decir estupideces aumenta considerablemente cuando tengo confianza. Además, aquella tarde llevaba dos cervezas de ventaja.
—Tú no lo entiendes porque no sabes lo que pasó.
—Pues ilumíname, porque de momento Juancho está ganando el premio al hijo de puta del año y tú estás preocupada por un perro.
—No estoy preocupada por un perro. El perro está muerto.
Aquello, naturalmente, no mejoró mi intervención.
El perro se llamaba Juanma.
Era un mestizo de tamaño mediano, de esos que tienen una mezcla tan complicada de razas que cualquier intento de identificar a sus antepasados termina siendo un insulto para alguno de ellos. Juancho lo había recogido cuando todavía eran novios. Apareció una tarde con el cachorro metido dentro de una caja de cartón y anunció que había encontrado al nuevo miembro de la familia.
Marta no quería animales.
Vivían en un apartamento pequeño, los dos trabajaban y, según ella, bastante tenían con mantener las plantas vivas. Pero Juancho insistió. Prometió sacarlo a pasear, bañarlo, llevarlo al veterinario y ocuparse de todo. Incluso eligió el nombre.
—¿Y cumplió?
—Los primeros quince días.
Me contó que, pasado el entusiasmo inicial, Juanma se convirtió en una responsabilidad compartida de una manera bastante particular: Juancho compartía las fotografías en las redes sociales y Marta se ocupaba de limpiar los pelos del sofá. Cuando nació Naty, el perro ya llevaba varios años en casa y había desarrollado una paciencia extraordinaria. Soportaba que la niña le pusiera sombreros, le organizara cumpleaños y lo incluyera en juegos donde casi siempre le correspondía el papel de caballo.
Juancho decía que Juanma era como otro hijo.
—Un hijo al que tampoco iba a buscar al colegio —comenté.
—No seas idiota.
Pero se rio.
Con los años, Juancho empezó a desaparecer de casa cada vez con más frecuencia. Tenía reuniones, viajes de trabajo, amigos que necesitaban favores y una cantidad sorprendente de problemas ajenos que parecían requerir su presencia inmediata. Podía cruzar media ciudad para ayudar a un compañero a instalar un televisor, pero una visita al pediatra siempre le coincidía con algo importante. Marta había aprendido a organizarse sin contar demasiado con él. No me lo dijo así, por supuesto. Me contó varias anécdotas y fui yo quien empezó a sospechar que aquella mujer llevaba años viviendo prácticamente sola, aunque todavía compartiera la cama con alguien.
Después llegó la separación.
Juancho se enamoró de otra mujer, o eso dijo. Marta descubrió que también faltaban unas joyas, incluida una pulsera que había heredado de su madre. Él negó haberlas cogido. Discutieron, se dijeron cosas desagradables y terminaron repartiendo sus pertenencias con la misma cordialidad con la que dos países se disputan una frontera. Juancho se llevó su ropa, algunos aparatos electrónicos y una cafetera que, según Marta, nunca había sabido utilizar.
A Juanma no lo quiso.
—Bueno, al menos tuvo la decencia de dejarte el perro —dije.
—El perro ya estaba viejo. Tenía problemas en las patas y había que darle medicinas todos los días.
—Ah, qué considerado.
Durante los meses siguientes, Juancho fue perdiendo contacto con Naty. Al principio llamaba los fines de semana, después cada dos semanas y finalmente cuando se acordaba. Marta intentaba no hablar mal de él delante de la niña. Le inventaba excusas, decía que su padre estaba trabajando y procuraba que las visitas que sí se producían fueran agradables.
—¿Y Naty?
—Naty dejó de preguntar cuándo venía.
Aquello me pareció bastante más triste que cualquier otra cosa que hubiera escuchado durante la tarde. Se lo dije. Marta asintió y bebió un poco de cerveza.
—Por eso te digo que no entiendo cómo puedes perdonarle eso.
—No he dicho que se lo haya perdonado. He dicho que podría.
—No veo mucha diferencia.
—Pues la hay.
No discutí. Marta respondía de una manera que conseguía que uno se sintiera un imbécil sin necesidad de llamárselo. Juanma empezó a empeorar aproximadamente un año después de la separación. Primero dejó de subir al sofá. Después necesitaba ayuda para levantarse y llegó un momento en que Marta tenía que llevarlo casi en brazos hasta la calle. Naty, que había crecido con él, le preparaba una cama junto a la suya y se sentaba a hacer los deberes en el suelo para acompañarlo.
Un día, el veterinario les explicó que el animal tenía una enfermedad avanzada y que ya no había mucho que hacer. Podían prolongar el tratamiento, pero difícilmente mejorarían su calidad de vida.
Marta llamó a Juancho.
—Le dije que Juanma estaba muy mal y que probablemente tendríamos que dormirlo.
—¿Y qué dijo?
—Que lo sentía.
—Bueno…
—Le pregunté si quería venir a verlo.
Juancho respondió que aquella semana estaba complicado. Tenía bastante trabajo y había quedado en acompañar a su pareja a resolver unos asuntos. Marta le explicó que no sabía cuánto tiempo le quedaba al perro. Él prometió llamar al día siguiente.
No llamó.
Pasaron cuatro días y Juanma dejó de comer. Marta volvió a escribirle, esta vez para avisarle de que habían decidido llevarlo al veterinario el martes por la mañana. Le indicó la hora y le dijo que podía acompañarlas, o al menos pasar por casa antes. Juancho respondió con un mensaje de dos palabras: «Qué pena».
—¿Eso fue todo?
—Eso fue todo.
—¿Ni siquiera preguntó por Naty?
—No.
El martes, Marta llevó a Juanma al veterinario. Naty quiso acompañarla, aunque su madre le había explicado lo que iba a ocurrir. Se quedaron con él hasta el final. Marta me contó que la niña había llevado uno de sus juguetes, una pelota de goma que el perro llevaba meses sin poder perseguir, y la dejó junto a su cabeza. No me dio muchos más detalles. Tampoco se los pedí. Nos quedamos un momento en silencio mientras el camarero retiraba los vasos vacíos. Pedí otras dos cervezas. Marta dijo que no quería más, pero cuando llegaron cambió de opinión.
—Ahora entiendo que te doliera —le dije—. Pero sigo sin comprender lo otro.
—¿Qué otro?
—Que puedas llegar a perdonarle lo que ha hecho con Naty, pero nunca que no fuera a despedirse de Juanma. Estamos hablando de tu hija, Marta.
Me miró como si estuviera considerando si merecía la pena seguir conversando conmigo.
—Naty está viva. Juancho todavía puede llamarla mañana, ir a buscarla al colegio, aparecer en su cumpleaños. Puede intentar arreglar las cosas con ella. No digo que lo consiga ni que se lo merezca, pero puede intentarlo.
—Ya.
—Con Juanma no. Juanma se murió ese martes. Él lo sabía y no fue.
—Quizá no quería verlo morir.
—No tenía que verlo morir. Podía haber venido cualquier día de aquella semana. Podía haberlo acariciado cinco minutos. Podía haber preguntado cómo estaba. No hizo nada.
Entonces, Marta se quedó mirando a una pareja que discutía discretamente en la mesa de al lado. No parecía especialmente triste. Más bien cansada de tener que explicarme algo que para ella resultaba evidente.
—Además, Jacinto —añadió—, ¿sabes qué?
Yo pensé que todavía quedaba alguna infidelidad por descubrir o que Juancho había vendido la pulsera de su madre para comprarse unas vacaciones.
—Dime.
—Naty no es su hija.
—¡No me jodas! —exclamé—. ¿Qué coño dices?
—Es hija de su hermano, Rubén.
—¡Vete a la mierda!






