Entré en Instagram a distraerme un rato y terminé amenazado con ir a la cárcel. De por medio hubo una discusión sobre tríos, una sexóloga con quince años de estudios y una berenjena. La berenjena, aclaro de una vez, no era de verdad. Era uno de esos emojis que a estas alturas nadie utiliza para hablar de cocina.
Estaba viendo publicaciones cuando apareció una mujer explicando, con bastante seguridad, lo que opinaba de los tríos. Se presentó como sexóloga, algo que repitió varias veces, supongo que para que nadie creyera que hablaba desde la barra de un bar. Iba enumerando sus razones.
Los tríos no sirven para nada.
Solo dejan destrucción y «contaminación energética». Ella, en todos sus años de consulta, únicamente había visto parejas desmoronarse después de probarlos. Y remató diciendo que quienes hacen esas cosas tienen cero inteligencia emocional y cero autocuidado.
Lo de la contaminación energética me dejó pensando.
He escuchado hablar de malas energías en casas, de gente que te la roba y hasta de piedras que se supone que la limpian. Pero era la primera vez que oía que uno podía salir de una cama con una especie de avería espiritual por exceso de participantes. Me pregunté si la contaminación se notaba enseguida o si había que esperar a la mañana siguiente, como con las agujetas.
Seguí escuchando porque la parte realmente curiosa vino después. No parecía hablar de una experiencia que a ella no le gustara. Hablaba de las personas que la practicaban, de su capacidad para cuidarse, de su inteligencia, como si acabara de examinarlas a todas. Y lo hacía desde una profesión que, pensaba yo, debería conocer bastante bien lo variadas que pueden ser las relaciones humanas.
También pensé en quien estuviera viendo el vídeo después de hablar con su pareja de una fantasía. Hay conversaciones que cuestan tener. Imaginar que alguien llega a Instagram con sus dudas y se encuentra con una profesional diciéndole que no sabe cuidarse me pareció bastante triste. Puede advertir de riesgos, claro. Lo extraño es tratar la curiosidad sexual como si fuera una enfermedad y decirlo con esa seguridad.
A ver, yo tampoco creo que un trío sea una receta para mejorar una pareja. Hay gente que tiene problemas entre dos y se le ocurre meter a un tercero, como quien compra otro cojín para disimular que el sofá está roto. Puede salir fatal. Hay celos, inseguridades, expectativas que no coinciden y personas que aceptan cosas por miedo a perder a alguien. Todo eso existe. Pero también existen parejas que hablan, deciden y disfrutan juntas sin que a la mañana siguiente aparezca un abogado con los papeles del divorcio.
Además, había algo raro en su prueba principal: aseguraba que en consulta solo había visto parejas que se desmoronaban. Me imaginé a dos personas pidiendo cita con una sexóloga para contarle que hicieron un trío estupendo, que siguen queriéndose y que ahora tienen que ir al supermercado porque se les acabó el café. Dudo que esas parejas sean sus pacientes habituales. A una consulta suelen llegar quienes tienen un problema. Eso no convierte sus problemas en el destino inevitable de los demás.
Así que comenté.
No recuerdo haber escrito nada especialmente brillante y tampoco pretendía hacerlo. Le dije, en esencia, que su experiencia profesional merecía respeto, pero que no podía usarla para meter a todo el mundo en el mismo saco. Que una práctica consensuada puede salir bien, mal o regular, y que llamar emocionalmente incapaces a quienes la eligen no me parecía propio de alguien que trabaja con la sexualidad de otras personas.
Lo dejé ahí y seguí con mi vida.
Instagram está lleno de discusiones que no llevan a ninguna parte; uno aprende a soltar el teléfono antes de terminar enfrentado con un desconocido por una opinión sobre el desayuno. Pero la mujer respondió. Y respondió con ganas.
—Gracias por la publicidad —empezó.
Después me explicó que cuando hubiera pasado quince años sentado estudiando pregrado, posgrado y doctorado podría opinar algo. Mientras tanto, según ella, mi mujer debía seguir sentándose sobre diferentes berenjenas. Ahí colocó el emoji correspondiente. También me acusó de creer que tenía derecho a opinar porque mi mujer «solo por ser experta en batir leche». Y terminó con una advertencia que todavía estoy procesando: algún día las redes sociales serían serias y gente como yo, o como mi mujer, estarían en la cárcel.
Leí aquello dos veces.
La primera por sorpresa. La segunda porque quería asegurarme de que la referencia penitenciaria estaba realmente ahí y no la había inventado mi cerebro intentando completar el absurdo. Quince años de formación para llegar a la conclusión de que el desacuerdo se resuelve con una berenjena y una amenaza de prisión.
Admito que me hizo gracia.
Mucha.
Su respuesta, además, daba por hecho que yo estaba cuestionando su currículum. Ni lo conocía ni me interesaba discutirlo. Podía tener tres doctorados más y dar clases en veinte universidades. La pregunta seguía siendo la misma: ¿cómo había llegado desde las parejas que atendía en consulta a una conclusión sobre todas las demás? Entre las berenjenas y la cárcel no encontré la respuesta.
Tal vez, su resentimiento radicaba en que, su marido, novio o amante, le propuso un trío con su mejor amiga y, evidentemente, ella no accedió.
Tal vez ella dijo todo aquello porque tenía el corazón roto. O tal vez, supongo, lo hizo desde la rabia de no poder mantener una relación monógama con el amor de su vida quien, como yo, no ve la monogamia como la base del amor.
También me pregunté qué delito habría cometido. ¿Discrepancia agravada? ¿Opinión sin doctorado? ¿Posesión de argumentos con intención de distribuirlos en redes sociales? Quizá en el juicio presentarían como prueba el emoji y habría que llamar a un perito para determinar si aquello era una berenjena, una insinuación sexual o una hortaliza utilizada de manera intimidatoria.
Lo más llamativo seguía siendo lo mismo: la mujer que acababa de hablar de falta de inteligencia emocional en otras personas parecía furiosa porque alguien no estaba de acuerdo con ella. No sé cómo es en su consulta, ni cómo trata a sus pacientes, y sería injusto sacar esas conclusiones de un mensaje.
Pero el mensaje estaba ahí.
De sus argumentos sobre los tríos no quedaba mucho. Habíamos llegado al doctorado, al culo y a la cárcel en apenas unas líneas.
Pensé en contestarle, por supuesto.
Había varias preguntas que quería hacerle, empezando por la contaminación energética y terminando por el artículo del Código Penal que me correspondía. Abrí de nuevo Instagram y ya no pude encontrar su perfil. Tal vez desactivó la cuenta. Tal vez me bloqueó. No tengo forma de saberlo y, con la cantidad de cosas extrañas que hace esa aplicación, tampoco apostaría dinero por ninguna hipótesis.
Me quedé con la captura de pantalla.
Me gusta guardarlas cuando sospecho que, de lo contrario, dentro de unos meses voy a recordar la historia y alguien pensará que la exageré. Esta vez no tendría que añadirle nada.
Ni siquiera el emoji.
Lo curioso es que aquella discusión no cambió demasiado lo que pienso sobre los tríos. Siguen sin parecerme ni la salvación de una pareja ni una condena automática. Cada cual sabrá con quién quiere acostarse y qué conversaciones necesita tener antes de hacerlo. Lo que sí cambió fue mi relación con las berenjenas: ahora cada vez que veo una en el supermercado me acuerdo de que podría estar mirando una prueba judicial.
Y pensar que todo empezó porque alguien aseguró que los tríos terminaban destruyendo las relaciones.
La nuestra no sobrevivió ni siquiera a un comentario.
Y eso que ni siquiera nos habíamos quitado la ropa.






