No vayas a Vallecas

Hoy es 3 de octubre de 2016 y acabo de regresar a Madrid con mi esposa. Lo escribo así y hasta parece que la frase tiene algo de esperanzador. Laura y yo venimos de Alicante, donde hemos pasado los últimos meses intentando salvar nuestro matrimonio, aunque a estas alturas «salvar» es una palabra bastante generosa para dos personas que llevan casi un año sin acostarse juntas, que discuten por cualquier cosa y que ya han comprobado que cambiar de ciudad sirve para conocer supermercados nuevos, pero no necesariamente para arreglar una relación. Ayer salimos de Alicante, pasamos la noche cerca de Valencia y esta mañana cogimos un avión de regreso a Madrid. Los dos. Juntos. Como si el plural todavía significara algo.

Nuestra casa está en Pozuelo, aunque decir «nuestra» también requiere cierta flexibilidad. Pertenece a la familia de Laura y es un adosado enorme de dos plantas, bonito, cómodo, en una de esas zonas donde incluso los cubos de basura parecen de buena familia. Tenemos habitaciones de sobra, una cocina grande, un salón donde cabrían cómodamente todos nuestros problemas y suficientes metros cuadrados para pasar un día entero sin encontrarnos. Yo llevo meses durmiendo en el sofá. Es una manera bastante eficaz de descubrir que también se puede fracasar con calefacción central.

Acabamos de llegar.

He dejado mi maleta junto a la entrada porque prácticamente solo traigo ropa. Nunca he sido especialmente bueno acumulando cosas. Hay gente que para mudarse necesita una empresa, tres operarios y plástico de burbujas; a mí me bastan unos vaqueros, camisetas, un cargador y recordar la contraseña del correo. Laura ha subido las maletas al dormitorio y yo me he quedado abajo. «Voy a guardar esto», me ha dicho. «Vale», he contestado. Primera conversación después de regresar juntos a Madrid para continuar intentando salvar nuestro matrimonio. Vamos fenomenal.

En el buzón había publicidad, una carta del banco, correspondencia para sus padres y un sobre blanco con mi nombre escrito a mano: Adrián. No tiene sello, ni dirección, ni remitente. Lo he abierto en la cocina mientras bebía agua directamente de una botella y dentro he encontrado cuatro folios doblados por la mitad. Arriba del primero pone: Madrid, 3 de octubre de 2026.

Debajo:

Adrián: soy tú.

He soltado una risa pequeña, más de cansancio que de gracia, y he vuelto a doblar los folios. Luego los he abierto otra vez porque no tengo tantos amigos como para imaginar a alguno dedicando cuatro páginas a una broma tan elaborada.

Sé que acabas de llegar. Laura está arriba colocando ropa y tú estás en la cocina bebiendo directamente de una botella porque después de tantos años juntos ya ni siquiera consideras necesario buscar un vaso. Has vuelto de Alicante pensando que regresar a Madrid significa haber tomado una decisión. No la has tomado. Tú y Laura siguen juntos porque ninguno de los dos sabe exactamente cómo dejar de estarlo. Esta noche volverás a dormir en el sofá.

Hasta ahí no hay ningún prodigio. Hay amigos que saben lo del sofá y gente que sabe que estábamos en Alicante. Incluso lo de la botella podría ser casualidad. Sigo leyendo.

Dentro de unas horas vas a decirle a Laura que has quedado con unos amigos. Después vas a coger las llaves y te vas a ir a Vallecas.

Dejo la botella sobre la encimera.

Eso ya me gusta menos.

Todavía no le he dicho nada a Laura, pero llevo medio viaje pensando en Nadia.

A Nadia la conozco desde hace unos meses. Forma parte de un grupo con el que quedaba para aprender pasos de baile. Ella acababa de separarse. Yo seguía casado. Dos personas en un momento magnífico para tomar decisiones importantes. Antes de irme a Alicante, ese grupo organizó una despedida y aquella noche Nadia y yo acabamos solos. Pero por las prisas, no follamos. Estuvimos cerca, casi robándole minutos a la madrugada porque yo tenía que marcharme temprano. Fue tan breve que me fui con la sensación de haber empezado algo que se había quedado a medias. Y hoy, de regreso en Madrid, llevo buena parte del viaje pensando precisamente en eso.

La carta continúa:

No vayas a Vallecas.

Ahí vuelvo a sonreír. El Adrián de 2026 empieza a caerme bastante mal.

No voy a decirte que Nadia sea una mala persona porque diez años no alcanzan para volver las cosas tan sencillas. Además, tú vas a tener suficiente responsabilidad en lo que viene como para escribirme ahora fingiendo que todo te ocurrió mientras esperabas tranquilamente el autobús. Lo primero que necesitas entender es mucho más simple: no conoces a Nadia. Te gusta porque es alegre, porque te desea y porque cuando estás con ella nadie te obliga a hablar de Laura, del sofá, de Alicante ni del hecho de que llevas casi un año compartiendo casa con una mujer que ya no parece tu pareja. No estás enamorado de Nadia. Estás cachondo, estás triste y necesitas que alguien te toque. No adornes eso.

Eso sí parece escrito por mí. Quizá no por el mí de ahora, pero sí por una versión especialmente desagradable.

Subo al dormitorio. Laura está sacando ropa de una maleta. Le digo que voy a ducharme y contesta «vale» sin mirarme demasiado. Entro al baño con la carta. Mientras el agua se calienta sigo leyendo.

Esta tarde vas a verla precisamente por eso. No para empezar una historia, sino para desconectar durante unas horas de la que estás terminando. El problema es que después volverás a verla. Y después otra vez. Al principio será sencillo: sexo, mensajes, escapadas, compañía. Seguirás viviendo con Laura mientras ves a Nadia y te explicarás que todo forma parte de una transición. Luego se acabará definitivamente tu matrimonio y cometerás uno de los errores que más vas a repetir durante los próximos años: creer que haber terminado una cosa significa automáticamente que ya estás preparado para empezar otra.

Me quito la camiseta delante del espejo. Treinta y tres años. No estoy mal. Podría estar mejor, pero también podría estar calvo, así que no parece un buen momento para quejarse.

No te quedarás solo. Ese será el problema. En algún momento terminarás viviendo con Nadia y ni siquiera serás capaz de recordar una fecha exacta en la que los dos decidieron hacerlo. No habrá cortejo, ni una conversación memorable, ni un proyecto de vida. Un día dejarás una camiseta en su casa, otro día un cepillo de dientes, después más ropa, empezarás a pagar cosas y alguien utilizará la expresión «vivimos juntos». Y será verdad.

Entro en la ducha con la carta lejos del agua y continúo leyéndola de reojo.

Vas a confundir deseo con conexión, compañía con pareja y no estar solo con estar bien acompañado. Y habrá cosas que no te gustarán desde bastante pronto. Nadia no será cariñosa de la manera en que tú necesitas que alguien lo sea. Muchas veces no te sentirás importante. Habrá partes de su vida que apenas conocerás, personas cercanas a ella con las que nunca terminarás de tener relación, conversaciones con otros hombres que te harán desconfiar y un exmarido que seguirá ocupando un espacio que a ti te incomodará. Discutirán mucho. Querrás marcharte algunas veces. Y seguirás allí.

Cierro la ducha, me seco y apoyo la carta sobre el lavabo.

No seguirás porque seas idiota. Seguirás porque no quieres estar solo y porque eres extraordinariamente bueno rebautizando aquello que te incomoda cuando la alternativa es empezar desde cero.

Esa frase me molesta más que las anteriores. Probablemente porque no consigo decidir si es injusta.

Me pongo los vaqueros, saco una camisa y bajo al salón todavía descalzo. Laura sigue arriba. Desde aquí solo escucho cajones y algún golpe de perchas dentro del armario. Vuelvo a sentarme en la cocina.

Llegará un momento en que la relación con Nadia estará tan mal que decidirás marcharte. Para entonces ya estarás divorciado de Laura. Incluso pensarás en irte del país y empezar de nuevo porque sentirás que todo se ha roto demasiado. Discutirán, desconfiarás de ella y tendrás bastante claro que no deberías seguir allí.

Paso la hoja.

Entonces Nadia se quedará embarazada.

Me quedo quieto.

Leo otra vez.

Nadia se quedará embarazada. Vas a tener un hijo.

De todas las cosas que alguien podría escribir en una carta supuestamente enviada desde mi futuro, esa es la primera que consigue que me olvide completamente de que quizá se trate de una broma.

Siempre he querido ser padre. Con Laura hablamos de tener hijos antes de casarnos. Me dijo que también quería. Después dejó de quererlos. Durante mucho tiempo pensé que cambiaría de opinión y no lo hizo. A veces siento que me casé después de leer unas condiciones que alguien modificó cuando ya había firmado.

Se llamará Leo.

Dice la carta.

Y lo vas a querer más de lo que hoy puedes imaginar.

Me levanto, abro la nevera sin saber para qué y vuelvo a cerrarla.

El embarazo será probablemente la mejor época de tu relación con Nadia. Nueve meses maravillosos. Se acercarán mucho. Discutirán mucho menos. Tú vas a creer que todo lo anterior había sido una mala etapa y que por fin has llegado al sitio al que llevas años intentando llegar: una casa, una mujer, un hijo, una familia. El problema de que algo funcione durante nueve meses es que nueve meses parecen una demostración científica cuando uno necesita creer.

Sigo leyendo.

Después nacerá Leo y los problemas regresarán. Volverán las discusiones, la distancia, la desconfianza y la sensación de que muchas veces Nadia te trata como si fueras alguien a quien tiene que soportar en lugar de alguien con quien eligió compartir su vida. Tú intentarás arreglarlo porque ahora hay un niño. Aguantarás situaciones que sin Leo no habrías aguantado. Te quedarás más tiempo del que querías quedarte porque tener un hijo convierte cualquier puerta de salida en una puerta mucho más pesada.

No hay ningún efecto especial mientras leo cómo se estropea mi futuro. El frigorífico arranca. Pasa un coche por la calle. Laura sigue moviendo cosas arriba.

Cuando Leo tenga casi dos años te irás de casa. Esta vez de verdad. Vas a vivir solo y tendrás que aprender a ser padre sin tener a tu hijo todos los días contigo. Y descubrirás otra cosa que hoy tampoco puedes imaginar: una relación puede terminar y seguir formando parte de tu vida durante años.

La carta entra entonces en detalles que ya no tienen nada de románticos. Habla de horarios, de fines de semana, de vacaciones, del colegio, de gastos, de quién recoge al niño, de decisiones que deberían resolverse con dos mensajes y terminan convirtiéndose en conversaciones interminables. Habla de una custodia compartida, de calendarios, de discusiones por dinero, de acuerdos que cada uno interpreta de una manera y de la sensación de que, diez años después de esta tarde, Nadia seguirá teniendo la capacidad de convertir algunas semanas tranquilas en un dolor de cabeza con solo aparecer su nombre en la pantalla del móvil.

Vas a querer mucho a Leo. Muchísimo. Y precisamente por eso algunas discusiones serán peores, porque ya no estarán peleando por una relación que terminó, sino por la persona más importante de tu vida. Habrá momentos en que pienses que Nadia fue la peor decisión que has tomado nunca. Y después mirarás a tu hijo y sentirás que acabas de decir algo monstruoso.

Me apoyo en la silla.

No lo es.

Sigo.

Leo no será un error. No confundas jamás esas dos cosas. Pero que de una decisión equivocada nazca alguien maravilloso no convierte automáticamente aquella decisión en correcta.

Ahí dejo la carta sobre la mesa durante un rato.

No sé cuánto.

Arriba está mi esposa. En Vallecas hay una mujer a la que tengo ganas de ver. En la mesa hay un supuesto mensaje mío desde dentro de diez años explicándome que entre una y otra voy a conseguir complicarme la vida de una manera bastante notable.

Cuando vuelvo a leer, la carta se pone todavía más incómoda.

Y no te escribo para advertirte de Nadia como si ella fuera una tormenta que viene hacia ti y tú no pudieras moverte. Eso sería demasiado cómodo. Nadia será quien sea. El problema es lo que tú vas a hacer con las cosas que no te gusten. Vas a verlas. No todas desde el primer día, pero suficientes. Y en vez de detenerte, les cambiarás el nombre. Al deseo lo llamarás conexión. A no querer estar solo lo llamarás amor. A la convivencia la llamarás proyecto. A aguantar la llamarás compromiso. Y cuando llegue Leo vas a llamar familia a cualquier cosa con tal de que se parezca un poco a esa familia que llevas años queriendo tener.

En ese momento vibra mi teléfono.

Nadia.

El mensaje dice:

¿Has llegado?

Miro la pantalla y después la carta.

No respondo.

Subo al dormitorio. Laura está de espaldas colocando ropa. Me apoyo un segundo en el marco de la puerta y pienso que podría quedarme ahí. Podría decirle que Alicante no ha funcionado, que llevamos casi un año sin tocarnos, que dormir en un sofá dentro de una casa enorme sigue siendo dormir en un sofá y que quizá deberíamos dejar de llamar matrimonio a esto. Podría buscar un piso, alquilar una habitación, estar solo unos meses, ordenar mi vida. Podría incluso hacer todas esas cosas tan sensatas que siempre parecen obvias cuando uno las piensa y complicadísimas cuando toca hacerlas.

—Voy a salir un rato —digo.

Laura se gira.

—¿A dónde?

Ahí está la oportunidad.

—He quedado con unos amigos.

—Vale.

No pregunta con quién. Yo tampoco explico nada.

Bajo. Cojo las llaves y, cuando estoy a punto de guardar el móvil en el bolsillo, veo que todavía queda una parte de la carta. Vuelvo a abrirla.

Si has llegado hasta aquí, ya le habrás dicho a Laura que vas a salir.

Miro hacia la escalera.

Probablemente le habrás dicho que has quedado con unos amigos.

Ya no me río.

Y Nadia seguramente acaba de escribirte preguntando si has llegado.

Miro el teléfono.

Por primera vez desde que abrí el sobre siento miedo de verdad.

Así que voy a ahorrarte cualquier metáfora: no vayas a Vallecas. No hoy. No mañana. No conviertas una aventura en una relación solamente porque tu matrimonio se está muriendo. Termina primero una cosa. Quédate solo. Pasa miedo. Alquila una habitación si hace falta. Come mal durante seis meses. Mastúrbate. Haz lo que tengas que hacer, pero aprende a estar contigo antes de buscar a otra persona para llenar el espacio que acaba de quedar vacío.

Me siento otra vez.

La carta todavía tiene un par de párrafos más.

Y ahora viene la razón por la que llevo diez años sin saber si debería mandarte esto: si no vas a Vallecas, Leo no existirá.

No sigo inmediatamente.

No hay una forma bonita de escribirlo. Si haces lo que te pido, ese niño al que voy a buscar al colegio, al que he cargado dormido en brazos, al que he llevado por las tardes a sus entrenamientos de fútbol, con el que me río, discuto y al que quiero más que a ninguna otra persona en el mundo no va a nacer. Lo sé. Y aun así te estoy diciendo que no vayas.

Aprieto la hoja entre los dedos.

No porque no lo quiera. Precisamente porque sé cuánto voy a quererlo. Durante años pensé que amar a Leo me obligaba a responder que volvería a hacer exactamente lo mismo para conseguir llegar hasta él. Hoy ya no estoy seguro de eso. Puedo amar profundamente a mi hijo y reconocer que tomé decisiones que no volvería a tomar. Las dos cosas pueden ser verdad al mismo tiempo. Quizá tengas otro hijo. Quizá no. Eso no puedo prometértelo. Lo único que puedo decirte es que el hombre que está leyendo esto todavía tiene la oportunidad de hacer algo que yo tardé demasiados años en aprender: no organizar su vida alrededor del miedo a quedarse solo. No vayas a Vallecas.

La firma está abajo:

Adrián, 3 de octubre de 2026

Y debajo hay una posdata.

P. D.: Dentro de diez años tendrás una taza de Back to the Future. Estarás tomando café en ella cuando vuelvas a pensar en esta tarde. Sí, todavía te seguirá gustando esa película. Algunas cosas no necesitan arreglo.

Doblo las hojas y las meto en el sobre. Miro el móvil. El mensaje de Nadia sigue ahí.

¿Has llegado?

Escribo:

Sí. Acabo de llegar.

Responde casi inmediatamente.

¿Vienes?

Durante unos treinta segundos considero seriamente la posibilidad de obedecer a un hombre que asegura ser yo dentro de diez años, que sabe dónde he estado, lo que acabo de decirle a mi esposa, quién me está escribiendo y hasta el nombre de un hijo que todavía no existe.

Treinta segundos son bastante.

Después guardo el teléfono, subo al dormitorio de nuevo y localizo unos condones que estaban escondidos en un cajón.

—¿Vas a tardar? —pregunta Laura.

—No creo.

Me los meto en el bolsillo, bajo, cojo la cartera y las llaves y dejo la carta encima de la mesa de la cocina.

Nadia vive en Vallecas.

Yo llevo casi un año sin follar.

El futuro tendrá que esperar.

5/5 - (2 votos)

Deja una opinión