El problema de llamar Scandal a algo es que luego tienes que competir contra la imaginación de la gente. Y la mía, modestamente, trabaja horas extra. Cielo y yo habíamos comprado las entradas con semanas de anticipación, lo cual ya era una mala señal. Cuando compras algo con demasiada antelación, tienes tiempo suficiente para inventarte una experiencia mucho mejor que la que finalmente vas a vivir. Me pasa con los viajes, con los restaurantes y, aparentemente, también con los espectáculos donde hombres con abdominales perfectos se deslizan por el aire mientras tú cenas.
Durante semanas, Scandal fue creciendo en mi cabeza. No sabía exactamente qué esperaba. Quizá una orgía coreografiada. Quizá que alguien incendiara una mesa. Quizá salir de allí con una denuncia, una historia vergonzosa y la necesidad de cambiar de nombre.
Algo.
El propio nombre parecía exigirlo.
SCANDAL.
En mayúsculas mentales.
Luego llegamos. Nos sentaron en una mesa para cuatro, relativamente cerca del escenario, junto a otra pareja. Un hombre y una mujer que, por algún motivo imposible de demostrar, me parecieron interesantes desde el primer momento. Porque en mi cabeza existen personas que tienen pinta de jugar al pádel, otras que tienen cara de discutir con Ryanair y algunas otras que parecen haber hecho cosas que no piensan contar en una cena familiar.
Ellos pertenecían a la tercera categoría.
No hablaron con nosotros. Nosotros tampoco con ellos. Durante toda la noche compartimos mesa con la intimidad propia de cuatro personas atrapadas en un ascensor: sabíamos exactamente dónde estaban sus rodillas, pero ignorábamos sus nombres. Entonces empezó la cena y con ella el espectáculo. La comida estuvo maravillosa y el vino, por fortuna, todavía mejor. Y aparecieron cuerpos espectaculares.
Eso hay que reconocerlo.
Hombres que parecían haber sido fabricados en un laboratorio donde habían prohibido los carbohidratos. Mujeres con una elasticidad que hacía que uno reconsiderara seriamente las limitaciones de la columna vertebral. Había acrobacias. Bailes. Luces. Música. Gente colgando del techo como si aquello fuera perfectamente natural. Y yo pensaba: «Bueno. Está bien. Muy bien, incluso. Pero ¿cuándo empieza el escándalo?». Porque hasta ese momento lo único realmente indecente era la cantidad de abdominales por metro cuadrado.
Cielo disfrutaba. Yo también. Nos reíamos. Bebíamos. Comentábamos alguna actuación. En un momento dado, la pareja de nuestra mesa se levantó a bailar. Aquello aumentó ligeramente mis expectativas. Creí que ahí pasaba algo. Pero no. Bailaron. Como baila la gente. Con música. Y después volvieron a sentarse.
El matrimonio occidental sobrevivió. La civilización continuó y tras eso llegó uno de los números más comentados de la noche, ese tipo de actuación que aparentemente ha provocado que algunas personas salgan de allí convencidas de haber presenciado la caída moral de toda Europa.
Yo lo vi. Esperé. Y pensé: «¿Ya?».
Supongo que uno se acostumbra mal. Después de ciertos años, viajes y noches raras, resulta difícil escandalizarse porque dos bailarines se toquen mientras tú esperas el postre. Eso quizá habría escandalizado a Coromoto, mi madre. Pero no a mí. Me venden un show estratégicamente diseñado para escandalizarme y lo que hago es quedarme sentado ansioso por saber si el postre tendrá chocolate.
Pero no quiero ser injusto.
El espectáculo era bueno. Muy bien producido. Las acrobacias tenían nivel. Los bailarines eran extraordinarios. Los cuerpos femeninos eran deliciosos, como esculpidos por el mismísimo Antonio Canova. Había talento. Había sensualidad. Había una cantidad razonable de piel. Lo único que yo no encontraba era el escándalo.
Para alguien más conservador, seguramente aquello debía de ser Sodoma con menú degustación. Para mí era sábado. Un sábado en el que miré varias veces a la pareja de nuestra mesa. Seguían allí, tranquilos, educados, bebiendo como nosotros. Pero había algo divertido en ellos porque parecían estar disfrutando muchísimo sin hacer absolutamente nada llamativo. Y yo, que me dejo llevar muchísimo por mi imaginación, en algún momento pensé que quizá estaba proyectando cosas que en realidad eran falsas. Quizá eran profesores de secundaria. Quizá tenían tres hijos, un perro, un Peugeot y una hipoteca. Tal vez los domingos compraban plantas en Leroy Merlin. Es fascinante la cantidad de pornografía narrativa que uno puede construir alrededor de dos desconocidos que simplemente están cenando.
Entonces el espectáculo terminó. Los presentes aplaudieron y nosotros nos levantamos. Hice cuentas de inmediato. Habíamos esperado semanas por un espectáculo llamado Scandal, habíamos visto hombres con poca tela, mujeres semidesnudas y artistas extraordinarios que giraban sobre nuestras cabezas. Pero yo seguía teniendo intactos el peinado, la adrenalina y, hasta donde yo sabía, los antecedentes penales.
Algo había salido mal.
Cielo me miró al salir.
—¿Qué te pareció?
Pensé unos segundos.
—Bonito.
Decir «bonito» después de un espectáculo llamado Scandal debería estar penado. Caminamos hacia el coche. La noche todavía era joven. Y allí apareció una de esas decisiones que suelen empezar con una frase extremadamente inocente.
—¿Nos vamos ya?
No recuerdo quién la dijo. Quizá el vino empezaba a hacer su efecto. Tarde, sí, pero era bienvenido. Lo que sí recuerdo es que ninguno de los dos parecía tener demasiado interés en hacerlo. Porque cuando uno compra una noche escandalosa con varias semanas de anticipación desarrolla cierto sentido de responsabilidad.
Habíamos pagado por un escándalo.
Y me parecía de mala educación volver a casa sin él. Así que decidimos prolongar la noche. España tiene una virtud maravillosa: si buscas lo suficiente, siempre existe algún lugar donde las normas sociales empiezan a relajarse a partir de cierta hora. Y nosotros conocíamos uno.
Un club liberal.
La expresión «club liberal» sigue pareciéndome fantástica porque suena a lugar donde un grupo de señores discute sobre Montesquieu. Pero qué va. La separación de poderes allí funciona de otra manera. Llegamos. Entramos. Música. Barra. Parejas. Alguna mujer con lencería. Algún hombre con una toalla colocada alrededor de la cintura con la seguridad de quien claramente no teme que se le caiga.
Pedimos algo. Vino, específicamente. Miramos alrededor. Y entonces ocurrió.
Cielo me tocó el brazo.
—Mira.
Seguí su mirada.
Al otro lado de la sala estaban ellos.
La pareja de nuestra mesa.
Ella nos vio y sonrió. Cielo me miró. Yo la miré. Tres horas sentados a medio metro sin cruzar una puta palabra y habíamos tenido que terminar en un club swinger para saludarnos.
Levanté mi copa.
Él levantó la suya.
Y ahí terminó Scandal.
Lo que pasó después no venía incluido con la entrada.
