Tengo placeres que oculto por dignidad. No hablo de sexo. A estas alturas ocultar mis preferencias sexuales sería como intentar esconder un elefante debajo de una servilleta. Además, nunca he entendido demasiado bien eso de sentir culpa por las cosas que uno disfruta mientras no involucren delitos, animales protegidos ni vulneración de derechos.
Hablo de cosas verdaderamente vergonzosas.
Ricardo Arjona, por ejemplo.
Sé que existe gente capaz de escuchar una canción suya y detectar inmediatamente siete delitos contra la poesía, tres metáforas con agravantes y algún atentado contra la sintaxis. Yo también los detecto. Y luego subo el volumen.
No puedo evitarlo.
Hay algo profundamente satisfactorio en conducir mientras un señor guatemalteco explica durante cinco minutos que una mujer tiene cuarenta años como si hubiese descubierto una categoría biológica hasta entonces desconocida por la ciencia.
Lo peor es que conozco sus canciones.
Todas.
Estoy reconociendo que conozco toda la discografía, por lo que si un día me secuestran y la única forma de salvar mi vida es completar una estrofa de Arjona, tengo el 100% de posibilidades de volver a casa.
Mi segundo placer culposo es el karaoke.
Esto sí cuesta más admitirlo porque ya no estamos hablando de consumir el delito, sino de participar activamente.
Me gusta cantar.
Y no solo cantar. Me gusta elegir la canción. Esperar mi turno. Subir al escenario. Agarrar el micrófono. Reconocer algunas caras. Que alguien diga «Jacinto, canta aquella». El karaoke tiene algo maravilloso: durante cuatro minutos todo el mundo acepta colectivamente una mentira. El señor que vende seguros se convierte en Luis Miguel. La funcionaria de Hacienda es Rocío Dúrcal. Un informático con barriga canta Queen cerrando los ojos como si Wembley estuviera a punto de venirse abajo.
Y nadie se ríe.
Bueno, sí. Pero con cariño.
Luego están las comedias románticas. Podría decir que las veo por curiosidad narrativa, para estudiar estructuras, evolución de personajes o construcción del conflicto. Sería mentira. Las veo porque quiero que se besen. No me causa morbo cuando follan. Lo que me genera placer es la razón por la cual lo hacen. Me da exactamente igual que desde el minuto doce sea evidente que van a terminar juntos. Puedo saber perfectamente que habrá una discusión en el minuto setenta, una separación absurda en el ochenta y una carrera desesperada hacia un aeropuerto en el noventa.
Funciona igualmente.
De hecho, si nadie corre hacia un aeropuerto, siento que me han estafado. Esto me lleva a otro problema: soy mucho más cursi de lo que me gustaría reconocer. Yo puedo burlarme durante horas de las frases motivacionales de Instagram. Puedo sentir una violencia inexplicable cuando alguien escribe: «Vive, ríe, ama». Pero luego soy perfectamente capaz de escribir una carta, preparar una sorpresa, montar un vídeo con fotografías, elegir una canción adecuada y emocionarme viéndolo. Es decir, desprecio el romanticismo industrial, pero fabrico romanticismo artesanal.
Al parecer tengo principios.
También me gusta saber cosas. Esta es una manera sofisticada de decir que soy un cotilla con estudios universitarios. Yo no cotilleo. Investigo. Si alguien menciona casualmente que conoció a una persona misteriosa llamada Roberto que trabaja en una empresa de muebles de Cuenca, cualquier ciudadano normal respondería: «Ah, qué bien».
Yo quiero saber quién es Roberto.
Qué cargo tiene.
Cuánto lleva trabajando allí.
Si aparece en LinkedIn.
Quién fundó la empresa.
Por qué cambiaron el logotipo en 2019.
No porque vaya a hacer nada con esa información. Simplemente me tranquiliza saberla. Debe ser deformación profesional. O una enfermedad. Todavía no existe diagnóstico.
Otro pequeño placer vergonzoso consiste en comprobar si alguien abrió un correo. Antes la humanidad enviaba cartas y esperaba semanas. Qué gente tan fuerte. Yo envío un email y cinco minutos después estoy mirando HubSpot. Abierto. Magnífico. Lo volvió a abrir. Interesante. Tercera apertura. Aquí ya tenemos una relación. Sé perfectamente que una apertura de correo no significa absolutamente nada. Podría haberlo abierto por accidente. Podría estar buscando el botón para borrarlo. No importa. Mi cerebro ya ha construido una negociación comercial, una amistad y posiblemente unas vacaciones juntos.
También disfruto organizando cosas que después quiero que parezcan espontáneas. Este es especialmente perverso. Una cena casual que requiere reservar tres días antes, un paseo improvisado cuya ruta he consultado en Google Maps o alguna sorpresa aparentemente espontánea que lleva cuarenta y ocho horas en producción. Me gusta la espontaneidad siempre que esté correctamente planificada. Incluso tengo placeres gastronómicos indignos. Durante años pensé que para emocionarse comiendo había que sentarse delante de algo sofisticado.
Después descubrí las banderillas. Ya lo he confesado antes. No sé cómo es que una aceituna, una anchoa, una guindilla y un palillo me causen tanto placer. Cuatro elementos capaces de desmontar décadas de pretensión culinaria. Desde entonces sospecho que buena parte de la felicidad consiste en descubrir cosas ridículamente pequeñas demasiado tarde.
Pero quizá mi placer culposo más persistente sea otro.
La gente.
Me gusta la gente. No toda, naturalmente. Tampoco soy un psicópata. Pero me gusta conocer personas. Sentarme con alguien que hace una hora era un completo desconocido y descubrir por qué dejó su país, a quién ama, qué canción escucha cuando está triste, qué hizo una noche en Budapest que todavía no se atreve a contarle a su madre. Me gusta observarlas. Escucharlas. Encontrar rarezas. Descubrir contradicciones. La mujer aparentemente seria que ha cruzado Asia haciendo autostop. El tipo tímido que una vez se lanzó en paracaídas. La persona que dice odiar el romanticismo y guarda entradas de cine de hace quince años.
Probablemente por eso escribo.
Porque cada persona parece esconder una historia y yo tengo la mala educación de querer conocerla. A veces alguien se cruza conmigo durante diez minutos. Otras veces durante diez años. Algunos desaparecen. Otros se quedan. Y unos cuantos terminan convertidos en un párrafo sin saberlo.
Quizá esa sea mi verdadera perversión.
Transformarlo todo en una historia. Una discusión. Un viaje. Una comida. Una mujer. Una canción. Una noche absurda. Algo ocurre y, aunque esté enfadado, emocionado o borracho, una pequeña parte de mi cerebro está tomando notas.
Esto sirve.
Es una enfermedad bastante rentable emocionalmente porque incluso los desastres tienen valor literario. Tal vez por eso nunca he entendido del todo el concepto de placer culposo. Si algo me gusta, me gusta. Podría fingir vergüenza por Arjona, por las comedias románticas o por cantar delante de cuarenta desconocidos. Pero sería una pose. La vida ya contiene suficientes cosas que hacemos sin ganas como para encima pedir disculpas por las que disfrutamos.
Así que he decidido asumir mis placeres culposos. Escucharé canciones cuestionables. Cantaré mal. Veré películas previsibles. Planificaré espontaneidades. Investigaré personas que nadie me pidió investigar. Seguiré emocionándome con cosas pequeñas. Y continuaré conociendo gente. Sobre todo eso.
Porque, pensándolo bien, para qué coño hemos venido hasta aquí si después vamos a pasarnos la vida disimulando aquello que nos hace felices.
Eso sí.
Lo de Arjona no hace falta ir contándolo por ahí.
