Por algo le dicen Patrón

Sé que le dicen Patrón, que bebe cerveza, que canta a Sabina y a Rubén Blades y que todos los jueves llega borracho al karaoke. Para mí es información suficiente. Tampoco sé por qué le dicen Patrón. No parece propietario de nada, aunque estas cosas nunca se saben. Quizá tiene tres edificios en Santa Cruz de Tenerife y nosotros creyendo que se gasta la pensión en bebidas alcohólicas.

Pero no tiene pinta.

Debe andar por los sesenta años, es moreno, canario y tiene ese aspecto de hombre al que la vida ha usado bastante. Podría tener cincuenta y cuatro o setenta y dos. A determinadas alturas de consumo de alcohol la edad deja de ser un dato fiable.

Yo voy a ese karaoke casi todos los jueves. Está cerca de casa, conozco a la gente y ya tengo cierta categoría de cliente habitual que no sé si debería producirme orgullo. Voy, canto, bebo alguna cerveza, hablo con unos y con otros y regreso la semana siguiente como si hubiera firmado algún contrato.

Patrón también.

La diferencia es que yo empiezo a beber allí. Patrón llega con trabajo adelantado. Se nota desde que entra. No porque monte un espectáculo ni moleste a nadie. Al contrario. Patrón es buena gente. Saluda, pide una cerveza y se queda por allí, donde más cómodo se sienta en ese momento. El problema es que la cerveza que acaba de pedir parece llegar después de otras cuya existencia nadie puede demostrar, pero todos damos por descontada.

Después pide una canción.

Casi siempre es 19 días y 500 noches.

Patrón canta fatal.

Y cuando digo fatal no estoy haciendo crítica musical. Yo tampoco soy Luis Miguel. Un karaoke precisamente existe para que personas sin ninguna cualificación puedan coger un micrófono y durante cuatro minutos actuar como si hubieran vendido veinte millones de discos. Pero Patrón tiene algo especial. No canta 19 días y 500 noches: la reclama. Agarra el micrófono y parece que Sabina le debiera dinero.

No siempre entra cuando debe, algunas frases llegan tarde y otras directamente no llegan, pero él continúa. Patrón no se deja intimidar por detalles menores como la melodía, el ritmo o la letra. Lo importante es la actitud. Hay un momento en el que lo miro y pienso que a ese hombre le ocurrió algo. Seguro. Una mujer. Tiene que haber una mujer. Una hija de puta que lo abandonó hace veinte años y desde entonces Patrón peregrina por los bares del norte de Tenerife cantando la misma canción, incapaz de olvidar aquellos diecinueve días y aquellas quinientas noches. Entonces recuerdo que soy aprendiz de escritor y se me pasa. Quizá simplemente le gusta Sabina.

La otra es Pedro Navaja.

Esa también la canta como si tuviera información que la policía debería conocer. No sé por qué eligió precisamente esas dos canciones para acompañarlo durante la última etapa de su vida, pero me gusta pensar que cada hombre termina construyendo su propio repertorio de supervivencia. El mío tiene demasiadas canciones de Arjona. El de Patrón tiene dos. Tampoco necesita más. Pero donde Patrón alcanza su verdadera dimensión no es cantando.

Es bailando.

En el karaoke hay momentos en los que dejamos de cantar y ponen música. La gente se levanta, baila, vuelve a sentarse, busca otra cerveza. Lo normal. Patrón sale a bailar. Solo. Ese detalle es importante. He visto una pista prácticamente vacía y a Patrón en el medio bailando solo con una cerveza en la mano, completamente ajeno al hecho de que bailar solo en medio de un local es una actividad para la que la mayoría necesitaríamos atravesar primero varias etapas de negociación con nuestra dignidad.

Él no.

Suena música y sale. No invita a nadie. Tampoco parece estar esperando que alguien se incorpore. Baila con su cerveza y, de vez en cuando, levanta el brazo, sonríe o hace algún movimiento que seguramente en su cabeza tiene bastante más coordinación que desde fuera. Y siempre parece feliz. Eso es lo que me desconcierta de Patrón. No que esté borracho. Borrachos he conocido cientos. Felices, bastantes menos. Hay gente que necesita unas vacaciones en Canarias para subir una fotografía diciendo que está disfrutando de las pequeñas cosas de la vida. Patrón disfruta literalmente de una cerveza en un karaoke de Tenerife y ni siquiera siente la necesidad de comunicárselo a nadie.

No sé nada de él.

Y durante meses he ido rellenando los espacios. Imagino que trabaja en algo físico, aunque podría no trabajar. Imagino que gana poco, aunque podría tener más dinero que yo. Imagino que vive solo porque siempre llega solo, lo cual es una deducción bastante estúpida. Yo he llegado solo cientos de veces a sitios sin ser huérfano. Podría tener mujer. Podría tener cinco hijos. Podría tener una familia enorme y estar deseando que llegue el jueves precisamente para perderlos de vista.

Eso sería divertido.

—Carmen, voy al karaoke.

—¿Otra vez?

—Es jueves.

Y se acabó la discusión.

Hay algo que sí resulta evidente: bebe demasiado. No hace falta ser médico para llegar a esa conclusión. Probablemente tampoco sea buena idea convertir a Patrón en una especie de filósofo alcohólico que ha descubierto el secreto de la existencia dentro de una botella de cerveza.

No lo ha descubierto. O quizá sí. Qué sé yo. Lo que me interesa es otra cosa. Yo he visto gente entrar a ese karaoke preocupada por si canta bien. Gente que no baila porque nadie la saca. Personas pendientes de quién las mira, quién no las mira, si están haciendo el ridículo, si conocen a alguien, si deberían marcharse, si deberían quedarse. Patrón jamás parece tener ninguno de esos problemas.

Patrón llega, bebe, canta, baila y se va. El jueves siguiente vuelve. Nunca hemos hablado realmente. Nos hemos saludado, hemos coincidido, alguna vez hemos levantado la cerveza desde lejos. Poco más. Podría acercarme cualquier jueves y preguntarle cosas. Cómo se llama. Por qué le dicen Patrón. Dónde vive. Qué hace. Por qué siempre canta las mismas canciones. Incluso podría preguntarle si es feliz. Pero sería una pregunta bastante imbécil.

Además, corro el riesgo de que me responda.

Y entonces descubriría que se llama Domingo, que trabaja en una ferretería, que está casado desde 1987 y que canta 19 días y 500 noches porque es la única canción de Sabina que conoce completa. Adiós al personaje. Prefiero seguir sin saber. El próximo jueves probablemente estaré otra vez en el karaoke. En algún momento aparecerá Patrón con su misteriosa cantidad de cervezas anteriores, pedirá otra y se acomodará en algún lugar.

Después cantará.

Mal.

Más tarde pondrán música.

Y si nadie sale a bailar, saldrá él.

Yo seguramente estaré en la barra hablando con alguien cuando lo vea en medio de la pista, cerveza en mano, bailando solo y sonriendo. Y quizá vuelva a pensar que es un hombre solitario. Aunque cada vez estoy menos seguro. Porque estar solo no debe ser bailar sin compañía. Estar solo debe ser querer bailar y no hacerlo porque nadie te acompaña.

Patrón no tiene ese problema.

Por algo le dicen Patrón.

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