El Ministerio de No Hagas Eso

Durante años pensé que la gente que te recomienda no hacer nada actuaba por separado. Que eran casos aislados. Una tía prudente. Un amigo cobarde. Un compañero de trabajo con úlcera. Una señora paraguaya ilegal que no ha salido de su barrio desde 1998 pero critica con firmeza todo lo que está pasando en Ceuta.

Luego entendí que no.

Están organizados.

Forman parte del Ministerio de No Hagas Eso.

No aparece en los presupuestos generales del Estado, no tiene sede oficial y nadie sabe quién está al mando, pero funciona con una eficacia formidable. Tiene delegaciones en todas partes. En las familias. En los trabajos. En los grupos de WhatsApp. También en las mesas de Navidad y en las peluquerías. Hasta en los gimnasios. Suelen frecuentar algunos bares, donde uno de ellos, después de tres cervezas, decide explicarte por qué tú no deberías hacer algo que él jamás hizo.

Este Ministerio entra en funcionamiento apenas detecta una frase atrevida.

—Estoy pensando en…

Alerta.

—Me gustaría…

Nivel dos.

—He decidido…

Emergencia nacional.

El funcionario espontáneo más cercano interrumpe lo que esté haciendo y se pone a trabajar.

—¿Estás seguro?

La primera pregunta parece inocente, pero no lo es. Es el sello de entrada. A partir de ahí empieza el expediente. Me pasó una vez, cuando cometí la imprudencia de contar que quería irme a vivir una temporada a otro país. No dije que quería cruzar el Darién cargando cocaína en una mochila. Tampoco dije que iba a enrolarme como mercenario. Y mucho menos dije que había decidido abrir un criadero clandestino de cerdos vietnamitas.

Dije que quería vivir unos meses fuera.

—Uf —me respondió uno.

Ese «uf» es importantísimo.

Hay personas capaces de destruir un proyecto entero con una sola vocal y una consonante.

—Uf.

Y después vino la documentación.

—¿Y si te enfermas?

—Hay hospitales.

—Ya, pero no es lo mismo.

Nunca supe qué significaba exactamente «no es lo mismo», pero parecía grave.

Otro preguntó:

—¿Y si te roban?

—También pueden robarme aquí.

—Sí, pero allí no conoces a nadie.

Al parecer, si te roban cerca de casa es «menos peor». Una amiga me explicó que viajar solo era peligroso porque una conocida suya había tenido un problema en Tailandia.

—¿Qué problema?

—No sé exactamente. Se puso mala.

—¿Y murió?

—No.

—¿La secuestraron?

—No.

—¿Volvió?

—Sí.

—¿Y entonces?

—Bueno, pero lo pasó fatal.

Aquella mujer había convertido una gastroenteritis en un conflicto geopolítico. El Ministerio tiene además una sección especializada en fuentes. La más importante es la Dirección General del Yo Conozco a Uno. Todo ciudadano que intente hacer algo encontrará tarde o temprano a alguien que conoce a uno. Si quieres montar un negocio, conocen a uno que quebró. Si te apetece casarte, conocen a uno que se divorció. Si decides divorciarte, conocen a uno que se arrepintió. Si quieres comprar una casa, conocen a uno que perdió dinero. Si se te antoja alquilar, conocen a uno al que echaron. Si te ilusiona tener hijos, conocen a uno cuyos hijos son unos gandules. Si no quieres tenerlos, conocen a uno que ahora está solo.

El Ministerio jamás se queda sin precedentes.

Y cuando el Yo Conozco a Uno no resulta suficiente, activan el arma nuclear: el primo.

Siempre hay un primo.

Un primo que puso un restaurante y acabó arruinado. Un primo que compró bitcoins y perdió la casa. Un primo que se fue a México y casi no vuelve. Un primo que dejó a su mujer por otra y terminó viviendo en un estudio sin ascensor comiendo atún de lata todos los días. Aquel primo que quiso reinventarse a los cincuenta y dos años y aparentemente provocó una catástrofe de tal magnitud que nadie puede explicar bien qué ocurrió, pero desde luego conviene no reinventarse.

Si reuniéramos a todos los primos utilizados para impedir que alguien haga algo, tendríamos probablemente la población más desgraciada de Europa. Yo he conocido personas que poseen siete u ocho de estos primos. Incluso, familias enteras creadas exclusivamente para servir de advertencia.

Luego está el Comité de Gente que Nunca Hizo Nada.

Es un órgano consultivo de enorme prestigio. Lo integran personas impecables, que nunca han quebrado una empresa porque nunca montaron una. Desde luego, tampoco perdieron dinero invirtiendo porque jamás invirtieron. Y jamás se perdieron en un país extranjero porque siempre fueron de vacaciones a la casa de los primos, que está a 50 kilómetros de casa. Nunca tuvieron una ruptura sentimental especialmente escandalosa porque llevan veinte años en una relación que murió hace quince y que conservan con el mismo cariño con el que otros conservan un juguete de su infancia.

Tampoco escribieron el libro que querían escribir, cambiaron de profesión, aprendieron otro idioma, se fueron a vivir lejos, probaron suerte, dejaron todo o empezaron de nuevo. Y esa impecabilidad les concede una autoridad formidable. Son como esos arqueros que han dejado el arco en cero porque no le patearon ni una vez.

—Yo eso no lo haría.

Naturalmente.

También, hay una frase que se escucha mucho en esos círculos:

—Piénsatelo bien.

Siempre me ha fascinado.

Como si uno hubiera estado pensando mal. Es como si después de meses tomando una decisión apareciera alguien a punto de jubilación con un cortado en la mano y resolviera en cuarenta segundos lo que tú llevabas un año meditando.

—Piénsatelo bien.

Gracias, Ruperto.

No había caído. Estaba a punto de vender la casa, mudarme de continente y cambiar de vida sin pensarlo. Menos mal que coincidimos en la cola del banco. El Ministerio dispone también de una Subsecretaría de la Edad. Empieza a operar alrededor de los cuarenta. Antes de los cuarenta todavía puedes hacer ciertas estupideces con dignidad.

A partir de ahí, cualquier movimiento genera sospechas.

—¿Una moto? ¿A tu edad?

—¿Aprender guitarra ahora?

—¿Cambiar de trabajo con cuarenta y cinco?

—¿Volver a estudiar?

—¿Irte solo de viaje?

Nunca he entendido qué edad consideran correcta para hacer las cosas. Porque a los veinte eres demasiado joven, luego a los treinta deberías estar pensando en estabilizarte. A los cuarenta ya no estás para eso y a los cincuenta se te pasó el arroz. Evidentemente, a los sesenta hay que cuidarse y a los setenta, directamente, el Ministerio recomienda una mantita. Debe existir algún martes entre los treinta y cuatro y los treinta y cinco en el que te permiten vivir.

Conviene estar atento.

Lo extraordinario es que casi todos esos consejos están formulados como actos de amor.

—Te lo digo por tu bien.

Esta frase ha evitado probablemente más aventuras que las migraciones, las guerra, las epidemias y las compañías aéreas de bajo coste juntas. Porque tengo claro que hay gente que me quiere, pero me quiere tanto que por eso preferirían verme quieto, porque quieto estoy controlado, no me estrello, no me endeudo, no hago el ridículo y no descubro que estoy equivocado. El problema es que tampoco se vive. Pero eso al Ministerio le preocupa bastante menos.

Una mañana, después de escuchar a cuatro personas distintas enumerar las desgracias potenciales de una decisión que todavía no había tomado, perdí un poco la paciencia. Uno me explicó que podía salir mal, el otro añadió que podía arrepentirme y un tercero consideró necesario recordar que nada estaba garantizado. Entonces, el cuarto, uno que estaba un poco más allá y que llevaba toda la vida haciendo exactamente lo mismo, consideró que uno tiene que pensar en las consecuencias. Y pensé que, siguiendo aquella lógica, quizá convenía revisar todo el proyecto humano.

Según él, no debería viajar porque el avión puede caerse, tampoco debería conducir porque podría tener un accidente. Y ni hablar de enamorarme, porque podrían abandonarme. Tampoco debería tener hijos porque pueden sufrir en este mundo cruel, así como tampoco debería abrir un negocio, porque podría quebrar. Es como si dejara de escribir porque tal vez nadie me lea, o como abandonar la publicación de una novela porque luego podrían lloverme críticas. Luego me quedo pensando en que tampoco debería tener sexo, porque luego llegan las enfermedades. Coño, es que entonces para qué nacer, si luego vas a morir.

Hace tiempo una amiga decidió hacer aquello que quería hacer. Le salió mal. No catastróficamente mal, que habría dado cierto prestigio a la historia. Solamente se equivocó y durante un par de semanas tuvo que admitir que algunas personas habían previsto parte del desastre. El Ministerio estaba eufórico. Uno de sus miembros se le paró enfrente y sonrío con esa expresión gratificante de quien acaba de presenciar una desgracia ajena que confirma su visión del mundo.

—Te lo dije.

—Sí —respondió.

Y era verdad.

Se lo había dicho.

Aquel hombre llevaba años acertando de esa manera. Nunca había tenido algún revés en su vida, porque nunca hizo nada en su vida. Nunca había tenido que empezar otra vez. Entonces, mi amiga, con la experiencia de lo vivido, le preguntó:

—¿Y tú qué hiciste este año?

El erudito se quedó pensando.

No recuerdo qué respondió.

Supongo que nada importante.

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