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El del hilo negro

He pecado. Dije que sí a una boda después de diez años de matrimonio ajeno sin asistir a alguna. Y claro, la vida te pone exámenes cuando menos te apetece estudiar: no tenía traje decente, ni camisa digna, ni zapatos sin historia en sus suelas. Mi gran amiga Gimena —la novia— me invitó con esa sonrisa más vinculante que un contrato notarial: «te quiero ahí». ¿Y cómo decirle que no, si me ha visto llorar, reír y mandar audios de ocho minutos que parecen podcasts? Así que acepté. Y me lancé de cabeza a mi propio purgatorio: un centro comercial.

La verdad es que yo nunca voy de shopping: yo sobrevivo. Ir de compras me parece una misión de alto riesgo. Soy de los que entran, compran y huyen. Nací en los 80, crecí en los 90, y mi madre, costurera profesional y comandante suprema de mi educación doméstica, me enseñó dos verdades: la primera, nada queda como debe si no sabes usar la plancha; la segunda, las etiquetas «slim fit» fueron diseñadas para humillar a los mortales. Aun así, aquel jueves —un día antes del matrimonio— me presenté valiente, con fe ciega en los probadores y un presupuesto realista: suficiente para parecer invitado y no un mesonero.

Encontré un pantalón perfecto.

Bueno, casi perfecto: el ruedo me llegaba al empeine como si quisiera barrer el salón de la novia camino al altar. ¿Llevarlo a una costurera? Ni de vaina. No tenía tiempo, ni ganas de seguir andando por ahí. Entonces recordé a mi mamá: «si tienes aguja e hilo, tienes la solución en tus propias manos». Corrí a casa, saqué el costurero que guardo como reliquia —un estuche metálico con una virgen medio despintada y alfileres que han visto más batallas que yo—, y me puse a coger el ruedo a mano, a la antigua. Sin tijeras. Sin máquina. Sin nada. Mordí el hilo para cortarlo —porque mis colmillos llevan años trabajando de tijera suplente—, hice puntadas invisibles por dentro y sellé el remate con un nudo que habría hecho sonreír a cualquier scout aburrido. El resultado: impecable. Máximo ahorro, cero dramas, y un orgullo secreto digno de medalla olímpica.

Las camisas fueron otro expediente.

Yo no «paso plancha», yo plancho. Coromoto —mi mamá— me entrenó como si la supervivencia mundial dependiera del quiebre exacto de un pantalón de vestir y del pliegue correcto en las mangas. Hay un arte en apoyar la plancha, retirarla y no arrastrarla como si fueras aplanadora municipal; otro arte en usar vapor sin convertir la camisa en sauna turca; y un tercer arte, muy fino, en colgar la prenda a tiempo para que la gravedad haga su magia. En mi casa, la arruga no tenía derecho a réplica. Y ahora, con 42, mantengo la tradición: admito que me excita más una raya de pantalón bien hecha que cualquier modelo de OnlyFans. Perdón por ser tan sincero.

Lo de cocinar fue otra guerra.

A mí no me enseñaron mucho; tuve que aprender por emigración y hambre, que al final resultaron ser el mejor máster. La primera vez que hice arroz salió con la textura de un exfoliante corporal, pero sobreviví. Hoy preparo pasta al dente sin mirar el reloj, pico cebolla sin llorar —demasiado— y sé diferenciar una sartén «ya» de una sartén «todavía no». No me pidan suflés, porque no soy circo francés. Pero si hay que montar una cena decente para dos, la saco. Eso sí, mi verdadera especialidad es otra: que la cocina no parezca un campo de batalla después. Lavar, secar, encajar tuppers como piezas de Tetris y dejar el fregadero brillando. No es glamour; es pura logística.

Y, ya que estamos en plan confesionario, admito que no compré mi propia ropa seriamente hasta hace unos 15 o 20 años. Antes lo hacía Coromoto: ella conocía mis tallas, mi gusto —o su interpretación de mi gusto— y, sobre todo, mi paciencia limitada. Llegó un punto en el que descubrí la humillación silenciosa de no saber cuánto calzo si no estaba mi madre al lado. Así que aprendí: mi contorno de cuello, mi largo de manga, esa cintura caprichosa que a veces es 38 y a veces 40 pulgadas porque la industria nos odia. Descubrí que el espejo no miente, pero tampoco perdona; que la luz del probador no está hecha para humanos; y que si una prenda te convence al 80% en la tienda, en casa te gustará al 60%.

Regla de oro.

A eso tengo que sumarle otras pequeñas cosas que, por prejuicio generacional, se suponía que hacían las chicas: separar la ropa por colores (sí, el rojo sangra; sí, el negro envejece si lo tratas como calcetín de batalla), doblar sábanas con elástico como si fueran secretos de Estado, tender sin dejar marcas de pinzas, lustrar zapatos con mimo de anticuario, quitar manchas con conocimiento —vinagre para unas, bicarbonato para otras, y para las imposibles: resignación y camiseta nueva—. Aprendí a coser botones sin que quedaran mirando a Cuenca, a pegar dobladillos invisibles, a remendar discretamente una rasgadura de guerra en el forro de una chaqueta, a cambiar una suela de plantilla sin que el zapato sonara como maraca presidencial.

Y sí, sé lo que es un quitapelusas, y lo uso religiosamente, porque no pienso ir por la vida convertido en oveja esquilada a medias.

Total, que llegó el día de la boda. El traje estaba impecable: pantalón con ruedo perfecto, camisa blanca con el cuello firme y blazer que me abrazaba como si hubiera sido hecho a medida. No llevé corbata; opté por una versión moderna, de esas que dicen «no soy banquero, pero sé contar mis encantos». Zapatos cómodos, calcetines invisibles y una fragancia adulta: de esas que no gritan, pero se quedan a vivir en la memoria.

Llegué temprano, por prudencia y por miedo a perderme. La ceremonia fue en una iglesia pequeña, elegante, sin pretensiones. Me senté, respiré, miré alrededor y caí en cuenta de que hacía una década no presenciaba este ritual colectivo: gente bien vestida convencida de que el amor se resuelve firmando papeles. Me puse romántico unos quince minutos; después me dio hambre. Soy humano.

En el cóctel me alcanzó la anécdota de la noche.

Estaba yo sosteniendo una copa y un tequeño con la misma delicadeza con que se sostiene a un recién nacido, cuando escuché un susurro femenino a mi espalda: «¿Alguien tiene un imperdible?». Giré. Una mujer bajita, guapísima, con un vestido verde que pedía aplausos y una mirada indescifrable, se tocaba la cadera: la costura lateral había cedido un centímetro y medio. Una tragedia microscópica y devastadora. Busqué con la mirada al personal de apoyo; nada. Y entonces mi cuerpo hizo lo que hace cuando la escena exige un héroe sin capa: presentarse voluntario.

—No tengo imperdible —dije—, pero tengo aguja e hilo en el coche.

Ella me miró con mezcla de alivio y sospecha: «¿Tú… coses?». Yo sonreí con el mismo orgullo con el que otros dicen que tocan guitarra: exagerado, pero suficiente para impresionar.

—Sí —dije un segundo antes de salir corriendo al parking.

Rescaté mi estuche religioso y me colé con ella en el baño de chicas como quien entra a un quirófano clandestino. Dos de sus amigas hicieron tapón en la puerta con el profesionalismo de un equipo SWAT. «No mires», dijo una. «No estoy mirando», respondí yo, mientras no mirar era exactamente lo que estaba intentando. Ella sostenía el vestido con las manos; yo me agaché con la reverencia de quien va a encender una vela en una iglesia. Hilo verde no había; negro sí. Puntadas pequeñas, por dentro, invisibles. Tres nudos. Mordida al exceso de hilo. Soplo supersticioso. «Listo», anuncié. Y fue como si le hubieran devuelto el verano.

—¿Eres sastre? —preguntó, ya en calma.

—Soy hijo de costurera —contesté—. Graduado con honores.

Nos reímos.

Me dio las gracias con una mano en el brazo y a mi piel le dio un cortocircuito inmediato. Salimos del baño con la discreción torpe de los cazadores que no quieren espantar al venado. Nadie nos había visto. O eso creí. La mitad del salón nos miraba como si acabáramos de resolver el conflicto de Oriente Medio. En cinco minutos yo era «el del hilo negro». Llegó otra con un botón en rebeldía, luego un caballero con la trabilla del pantalón colgando, y terminé montando un consultorio exprés detrás de una columna. Si existe un purgatorio para los hombres nacidos en los 80, debe parecerse a eso: coser botones con banda sonora de reguetón elegante.

En la mesa, la chica del vestido verde se sentó frente a mí.

Tenía una risa limpia y un humor tan afilado como sus clavículas. Hablamos como si ya hubiéramos hablado antes. Me preguntó de dónde había sacado ese superpoder doméstico y le conté la verdad: que mi madre me enseñó a coser, a planchar y a no depender; que emigrar me empujó a cocinar; que aprender a comprar mi propia ropa fue un acto de independencia tardío; que me gusta ser práctico, no por orgullo, sino por paz. También le confesé que mis ex —sí, plural honesto— me dejaron aprendizajes que no salen en ningún tutorial: a escuchar de verdad, a preguntar antes de asumir, a no dejar que el ego sea mi decorador de interiores, a pedir perdón a tiempo. Y, sobre todo, a no discutir con hambre, por el amor de Dios.

—O sea, eres de los que arreglan cosas —dijo, dándole un sorbo a su copa—. Entonces, eres peligroso.

—No arreglo personas —respondí—. Arreglo dobladillos. Y lavo platos.

Brindó.

Me tembló un poco el pulso, no por la copa, sino porque sentí esa ridiculez peligrosa de que todo hacía clic, como cuando por fin encajas el tupper correcto con su tapa.

Bailamos.

Yo bailo con la dignidad de un papá joven que se cree todavía adolescente: no hago el ridículo, pero tampoco compito. Ella se reía con mi falta de trucos; yo me reía con su exceso de gracia. En un momento, se salió un poco la camisa del pantalón y fue el pretexto perfecto para acercarnos demasiado en el pasillo, ese lugar peligroso entre la barra y la mesa donde nacen las cosas que luego uno llama destino para no llamarlas suerte.

La noche siguió su curso.

Yo seguí siendo el del hilo negro para un par de emergencias y el de la servilleta salvadora para un ataque de salsa en una manga. A eso de las dos, cuando la boda ya era un festival de corbatas en la frente y tacones en la mano, nos encontramos en la terraza. Hablamos de la vida como si la vida se dejara resumir en una canción. Me contó que también nació en los 80, que su madre le enseñó a cambiar bombillas y que odia depender. Yo, que venía preparado para ser el soltero que se devuelve a casa con zapatos cansados, empecé a pensar en desayunos.

No voy a decir que fue amor a primera aguja, porque no creo en esas cursilerías que te quieren cobrar intereses a los dos meses. Pero sí fue algo reconocible, como cuando encuentras las llaves justo donde jurabas que no estaban. Intercambiamos números con una naturalidad que me asustó un poquito. Y me fui a casa con el traje entero, la dignidad fresca y un mensaje suyo a los diez minutos: «Gracias por salvar mi vestido. Y por la conversación. Me debes una clase de plancha».

Dormí poco.

Al despertar, vi el pantalón colgado, con su ruedo impecable, y me vi a mí mismo mirándolo como si fuera un trofeo. Pensé en Coromoto, en sus manos cansadas, en su manera de decir «hazlo bien o no lo hagas», y en todas las pequeñas cosas que me enseñó para que ninguna arruga me arrugara el carácter. Pensé en las mujeres que amé y que, de un modo u otro, me pusieron orden en el cajón de los afectos: una me obligó a escuchar, otra me enseñó a callar, otra a reírme de nosotros. Y en cada una, una puntada.

Y entendí que, después de todo, yo también había ido cosiendo mi historia con hilos invisibles: mi madre, mis ex, mis fracasos, mis aprendizajes. Puntada tras puntada, hasta llegar a esa noche donde un ruedo improvisado y un vestido verde me recordaron que pertenezco a una generación rara: la de los hijos de los 80. Los que aprendimos a coser botones, planchar camisas y sobrevivir sin tutoriales de YouTube. Los que destacamos no por lo que presumimos en redes, sino por lo que sabemos hacer con las manos. Y, visto lo visto, parece que todavía queda quien lo agradezca.

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