Viajar con el cabello más largo de lo habitual es una decisión que uno toma en casa, frente al espejo, convencido de que se ve interesante, bohemio y ligeramente peligroso. Después pasan doce horas de aeropuerto, dos vuelos, varios días caminando bajo el sol y uno descubre que no parece un escritor con aires de europeo, sino algo más que un perro callejero.
Llegué a Armenia con los rulos fuera de control. No era exactamente una emergencia humanitaria, pero empezaba a acercarse. Mi cabello había adquirido personalidad propia, tomaba decisiones sin consultarme y cada mañana amanecía apuntando hacia una república distinta del Cáucaso. Había mechones mirando a Georgia, otros amenazando Azerbaiyán y uno, particularmente rebelde, que parecía pedir asilo político en Turquía.
Necesitaba cortármelo.
Yo suelo cortarme el cabello en peluquerías de mujeres. No por fetiche, ni por una teoría de género elaborada, sino porque cuando uno tiene el cabello largo, ondulado y con rulos, suele preferir a alguien que haya visto algo más complejo que una cabeza masculina rapada con la máquina número dos. En una barbería tradicional, mi petición suele provocar el mismo entusiasmo que una auditoría fiscal.
—Quiero rebajar un poco abajo, limpiar alrededor de las orejas y cortar apenas las puntas, pero manteniendo el largo.
El barbero escucha «rapar».
Siempre escucha «rapar».
Le puedes mostrar fotografías, hacer dibujos, jurarle por tus hijos que quieres conservar los rulos. Él asiente, coloca la máquina en tu nuca y, cinco minutos después, tienes el corte reglamentario de un recluta recién castigado.
Así que busqué peluquerías en Ereván.
La primera estaba impecable: espejos grandes, lámparas elegantes, productos franceses y mujeres con el cabello tan perfecto que parecían haber sido fabricadas allí mismo. Entré. Una chica levantó la mirada.
—Hello.
Me observó con una expresión cargada de confusión. Señalé mi cabeza.
—Haircut.
Ella negó.
—No.
Pensé que no había entendido.
Volví a señalarme el cabello, esta vez haciendo con los dedos el gesto universal de unas tijeras.
—Cut. Haircut. Me.
—No.
Aquello ya parecía bastante claro.
Señalé una silla vacía. Luego mi cabeza. Luego la silla. Ella señaló la puerta. El lenguaje de señas funcionaba maravillosamente. Fui a una segunda peluquería. Allí había tres mujeres trabajando. Una teñía a una señora, otra secaba un cabello larguísimo y la tercera miraba el teléfono con la concentración de una neurocirujana.
—Hello, can I get a haircut?
Las tres me miraron.
Una dijo algo en armenio. Las otras dos se rieron. No fue una risa cruel. Fue peor: fue una risa cómplice. La risa de quien acaba de descubrir que alguien ha llenado mal un formulario.
—Men? —pregunté.
Una de ellas negó con la cabeza.
—Women.
—Yes, I know. But my hair…
Me agarré los rulos como prueba documental. Ella volvió a negar. Al parecer, en algunas peluquerías de Ereván, cortar el cabello de un hombre no era un servicio, sino una transgresión religiosa. Salí de allí sintiéndome discriminado por mi cuero cabelludo.
En la tercera ni siquiera me dejaron terminar. Apenas entré, una mujer señaló un cartel que no entendí y luego hizo un gesto hacia la calle. Tal vez decía «solo mujeres». Tal vez decía «prohibido entrar con aspecto de músico colombiano».
Nunca lo sabré.
Yo ya empezaba a considerar una barbería. Incluso pensé en aguantar y esperar volver a España para finalmente resolver mi problema de imagen, pero, cuando estuve a punto de rendirme, encontré una peluquería pequeña en una calle secundaria. No tenía recepción elegante, ni decoración minimalista, ni nombres franceses escritos en cursiva. Tenía dos sillas, un espejo con algunas manchas, varias fotografías de peinados pegadas en la pared y una mujer joven sentada junto a una ventana.
Entré.
—Hello.
Ella respondió algo en armenio.
—English?
Me miró.
—No.
—Spanish?
Seguía mirándome.
—Italiano?
Nada.
Por alguna razón, cuando alguien no habla inglés, uno empieza a ofrecer idiomas que tampoco domina. Si hubiera seguido cinco minutos más, probablemente le habría preguntado si hablaba latín. Señalé mi cabeza. Hice el gesto de cortar. Ella me miró con detenimiento. Luego señaló la silla.
Había sido aceptado.
Me senté con la emoción de quien acaba de obtener una visa. Entonces comenzó la negociación. Yo quería rebajar la parte baja con máquina, limpiar los laterales y cortar un poco las puntas. Una instrucción simple cuando las dos personas involucradas comparten, por lo menos, veinte palabras.
Nosotros compartíamos cero.
Ella tomó un peine y levantó un mechón. Yo hice un gesto pequeño con los dedos.
—Little. Just a little.
Ella cortó el aire con las tijeras.
Yo asentí.
Luego señaló la parte baja de mi cabeza y tomó una máquina.
—Yes. Machine. Down. Only down.
Marqué con la mano una línea imaginaria.
Ella marcó otra más arriba.
—No, no, no. Lower.
La bajó.
—Yes.
La subió.
—No.
La bajó demasiado.
—Not so low.
Nos quedamos mirándonos.
Ella soltó una frase en armenio que probablemente significaba: «¿Por qué no te has quedado calvo como el resto de los hombres?». Yo respiré hondo. Tomé el teléfono, busqué una fotografía mía con el cabello recién cortado y se la mostré. Ella amplió la imagen. Miró la foto. Me miró a mí. Volvió a mirar la foto. Su expresión indicaba que no veía ninguna relación evidente entre ambas personas.
Empezó por la máquina.
El primer contacto con la nuca me produjo el miedo lógico de quien ha entregado su apariencia a una desconocida con la que no puede decir ni «cuidado». Cada vez que la máquina subía, yo levantaba una mano. Cada vez que se detenía, bajaba la mano. Parecía que estuviera dirigiendo el tráfico aéreo de un aeropuerto diminuto.
—Good, good.
Ella no entendía «good», pero comprendía mi cara de pánico. A mitad del rapado, me mostró la nuca con un espejo. Yo no vi nada. Nadie ve nada cuando le muestran la nuca con dos espejos. Uno distingue luces, sombras y una pequeña parte de su propia oreja, pero asiente porque existe una convención internacional que obliga a decir que todo está bien.
—Perfect.
No sabía si estaba perfecto. Podía tener el mapa de Armenia dibujado detrás y habría respondido lo mismo. Luego llegaron las puntas. Aquello fue más delicado. Ella levantaba cada mechón y me preguntaba algo.
—A little —yo respondía.
Ella cortaba. Yo abría mucho los ojos. Ella levantaba menos. Yo cerraba un poco los ojos. Desarrollamos un sistema basado en mis párpados. Ojos normales: corte autorizado. Ojos abiertos: peligro. Ojos cerrados: he aceptado mi destino. El proceso duró una eternidad. Cortar cada rulo parecía un parto individual. Ella examinaba el mechón, lo peinaba, lo humedecía, lo volvía a peinar y finalmente cortaba dos milímetros con la destreza de una cirujana separando gemelos siameses.
En algún momento se acercó otra mujer. Hablaron en armenio mientras me miraban. La segunda tocó uno de mis rulos. Yo permanecí inmóvil. Ya no era un cliente. Era una conferencia. Discutieron durante varios minutos sobre mi cabeza. Una señalaba un lado, la otra levantaba un mechón y ambas hablaban con enorme intensidad. Parecía que estuvieran decidiendo si derribar un edificio histórico.
Finalmente, la segunda mujer se fue. La primera continuó cortando. Yo preferí no preguntar quién había ganado. Cuando terminó, me miré en el espejo. El corte estaba bien. Sorprendentemente bien. La parte baja limpia, los rulos ordenados y el largo intacto. Habíamos vencido a la lingüística, a la tradición y, probablemente, a varias normas internas del establecimiento.
Sonreí.
Levanté los pulgares.
—Very good. Beautiful.
Ella sonrió. Entonces llegó el pago. Señaló una pequeña calculadora y escribió la cantidad. Yo abrí la cartera. Tenía euros. Tenía una tarjeta. Tenía un billete viejo de otro país que no sé por qué seguía cargando. No tenía drams. Le mostré la tarjeta. Ella negó. Saqué euros. Negó otra vez. Miré la calculadora. Miré mi cartera. La miré a ella. La relación que acabábamos de construir a través de gestos comenzó a desmoronarse.
—ATM.
Nada.
—Bank.
Nada.
—Money.
Por supuesto que entendía el concepto de dinero. El problema era explicarle que iba a salir, buscar un cajero, retirar efectivo y regresar, sin que pareciera que estaba anunciando una fuga internacional después de robar un corte de cabello. Saqué el teléfono y busqué «ATM» en el mapa. Se lo mostré. Señalé el cajero. Luego señalé la calle. Luego hice el gesto de caminar con dos dedos. Después señalé la peluquería. Finalmente, levanté un dedo, como diciendo «un momento». Ella me miraba con desconfianza. Yo añadí el gesto de sacar dinero de una máquina. Parecía que estaba representando un crimen financiero.
—Me go. Money. Come back.
Ella dijo algo en armenio.
Yo asentí, aunque podía haberme informado de que llamaría a la policía.
Dejé mi mochila en la silla.
Fue mi garantía.
Salí en busca de un cajero con el cabello recién cortado y la dignidad hipotecada. Caminé dos calles, encontré uno, introduje la tarjeta y la máquina empezó a hacer preguntas en armenio. Por supuesto. Elegí opciones al azar con el optimismo de quien desactiva una bomba. Finalmente salieron los drams. Volví corriendo. La mujer seguía allí. Mi mochila también. Le pagué. Ella contó el dinero, guardó los billetes y me dio el cambio. Nos sonreímos con la satisfacción de dos países que acaban de firmar un tratado de paz.
—Thank you.
Ella respondió algo que no entendí.
Tal vez dijo «de nada».
Tal vez dijo «no vuelvas».
Salí a las calles de Ereván con el cabello perfecto y la certeza de haber vivido el corte más complicado de mi vida. No sabía el nombre de la peluquera. Ella nunca supo el mío. No hablamos una sola palabra en común. Pero durante casi una hora discutimos sobre máquinas, rulos, puntas, dinero y confianza. Y, contra todo pronóstico, ninguno de los dos terminó herido. En Armenia, eso ya contaba como una excelente experiencia de atención al cliente.
