Nunca imaginé que el país que más me iba a alegrar visitar este año fuera uno al que no iba. No era Venezuela. Era Colombia. Eso ya, de entrada, debería servir como advertencia para cualquiera que todavía crea en los itinerarios, en las puertas de embarque o en esa mentira organizada que llamamos «plan de viaje».
Yo tenía un vuelo a Caracas. Directo. Limpio. Civilizado. Madrid-Caracas. Una línea recta sobre el Atlántico. Uno compra un billete así porque todavía conserva cierta fe en la geometría, en la aviación comercial y en que la vida, aunque sea por seis mil kilómetros, puede comportarse como una adulta funcional. Error, porque la vida nunca ha sido adulta. Mucho menos funcional.
Llegué a Barajas con cansancio acumulado, pero también con esa emoción con la que uno llega a los aeropuertos cuando va a reencontrarse con su familia. Esa cara de hombre que no ha dormido bien, pero que se siente protagonista de una película de bajo presupuesto con final emotivo. Facturé la maleta. Pasé seguridad. Caminé por la terminal como si tuviera algún control sobre mi existencia. Me senté cerca de la puerta de embarque. Miré el teléfono. Miré las pantallas. Me compré algo que probablemente costaba lo mismo que una comida decente en cualquier país con sentido común.
Todo iba bien.
Y esa suele ser la primera señal de que algo va a salir mal.
Porque los aeropuertos son así. Te dejan confiarte. Te hacen creer que estás en tránsito cuando en realidad estás en manos de una maquinaria ancestral diseñada para recordarte que no eres nadie. Un número de reserva. Un código de barras. Una maleta con ruedas. Un señor con ojeras esperando que una pantalla le diga quién es.
Durante un rato yo fui eso. Un pasajero. Qué palabra tan optimista. Pasajero suena a alguien que pasa. Alguien que avanza. Alguien que está yendo hacia alguna parte. Pero en Barajas, ese día, yo era más bien un ciudadano del limbo. No estaba en España, porque emocionalmente ya me había ido. No estaba en Venezuela, porque físicamente seguía oliendo a café caro y perfume de duty free. No estaba en ninguna parte. Era el aeropuerto de Schrödinger. Hasta que no mirabas la pantalla, el vuelo estaba vivo y muerto al mismo tiempo.
Yo estaba en Madrid y en Caracas. Mi maleta estaba conmigo y desaparecida. Mi futuro inmediato consistía en abrazar a mi familia o quedarme varado junto a una máquina expendedora de sándwiches desabridos. Entonces miré la pantalla. Cancelado. Así. Sin poesía. Sin música de fondo. Sin un señor con violín. Sin ceremonia.
Cancelado.
Una palabra hermosa para usar con suscripciones, reuniones de trabajo o planes con gente que no te cae tan bien. Pero espantosa cuando la ves al lado de tu vuelo. Mi primer pensamiento no fue profundo. No pensé en la fragilidad de la vida. No pensé en el destino. No pensé en la pequeñez humana frente a la naturaleza.
—¿Y mi maleta? —pensé.
Porque uno puede asumir muchas cosas en una crisis. Puede asumir que no va a llegar. Puede asumir que el aeropuerto está cerrado. Puede asumir que la humanidad es una especie sobrevalorada. Pero no puede asumir con tranquilidad que su maleta sabe más que él.
La maleta ya había cruzado una frontera interna. Ya no me pertenecía del todo. Estaba en ese universo paralelo de equipajes donde las cosas pueden aparecer en Caracas, en Madrid, en Bogotá, en Estambul o en una cinta abandonada con una etiqueta triste y una rueda rota.
Yo, en cambio, seguía ahí. Sentado. Oficialmente vivo. Logísticamente inútil. El motivo era un terremoto. No un retraso. No una huelga. No que al piloto se le olvidaran las llaves del avión.
Un terremoto.
La clase de excusa contra la que uno no puede discutir sin parecer un imbécil.
—Disculpe, señorita, entiendo lo de las placas tectónicas, pero yo tenía planes.
No funciona.
La Tierra se movió y, con ella, mi itinerario, mi paciencia, mi maleta y toda esa mierda mental que yo ya había montado en secreto. Porque yo no iba a Venezuela ese día. Yo ya estaba en Venezuela desde hacía rato. Uno viaja mucho antes de viajar. Yo ya había aterrizado en Maiquetía. Ya había sentido ese golpe de humedad que te abraza y te amenaza al mismo tiempo. Ya había escuchado a alguien decir «mi amor» en tono de trámite migratorio. Ya había visto a mi familia. Ya había abrazado a los míos. Ya había comido algo grasoso, glorioso y probablemente incompatible con cualquier recomendación médica. Ya estaba en Barquisimeto. Ya estaba caminando por calles que no necesitan Google Maps porque las llevo guardadas en alguna parte del cuerpo.
El único detalle pendiente era llegar. Minucia. Entonces la aerolínea, en un giro argumental digno de una novela escrita por un funcionario con fiebre, me ofreció dos opciones: devolverme el dinero del billete o cambiarme el destino a un aeropuerto que estuviera, más o menos, a 400 kilómetros de Caracas. Precioso. Muy humano. Muy práctico, si no fuera porque no había ninguno. Bueno, sí: Bonaire. Pero para llegar a Bonaire necesitaba dos conexiones, pasar por Miami y tener una visa que no tengo. Es decir, la solución aérea consistía en enviarme a una isla del Caribe utilizando una ruta diseñada por alguien que claramente me odiaba o que jamás ha intentado viajar con pasaporte venezolano.
Así que llamé. Insistí. Esperé. Volví a explicar. Volví a esperar. Durante dos horas hablé con una mezcla de operadores, silencios en espera y musiquitas corporativas que deberían estar prohibidas por la Convención de Ginebra. Hasta que ocurrió algo. No sé si por lógica, cansancio, compasión o intervención divina de algún santo menor especializado en itinerarios imposibles, logré que me cambiaran el destino a Bogotá.
Bogotá no era Caracas.
Pero era una ciudad real, alcanzable, sin visa americana, sin piruetas absurdas y, sobre todo, logísticamente mucho más sensata para seguir hacia mi destino original. Madrid-Caracas se convirtió en Madrid-Bogotá de un sopapo. La vida, de repente, me decía «no vas a donde querías, pero tampoco te voy a dejar tirado del todo, y tampoco te emociones, que sigo siendo una desgraciada, pero hoy estoy creativa».
Y ahí está lo absurdo.
Yo no tenía dónde quedarme en Madrid. En Bogotá sí. Mi hermana vive allí. De todas las ciudades posibles del mundo, la aerolínea me dejó en una donde había una persona esperando, aunque no me esperara ese día. Eso no hace que el desastre sea bonito. Los desastres no son bonitos. Los desastres son incómodos, caros, cansados y siempre ocurren cuando uno acaba de facturar la maleta. Pero hay desastres que, por lo menos, tienen sofá. Y café. Y una hermana.
Aterrizar en Bogotá fue raro. No porque no me gustara. Bogotá me gusta. Tiene esa cosa de ciudad enorme que te mira como diciendo «no sé qué haces aquí, pero ponte chaqueta». Llegué con el cuerpo en Colombia, la cabeza en Venezuela y la maleta, milagrosamente, en algún punto verificable de la realidad.
Eso ya era mucho pedir.
Mi hermana me recibió como se recibe a alguien que no venía, pero apareció igual. Con cariño, con sorpresa y con esa resignación familiar que dice «bueno, ya que la geología te trajo, entra».
Y entré.
Porque a veces uno no llega a donde iba, pero llega a donde puede sentarse. Eso, en ciertos días, es una victoria. Ahora estoy en Bogotá esperando seguir a Barquisimeto. Qué frase tan ridícula y tan precisa. «Estoy esperando seguir». La vida entera podría resumirse en eso. Pero no voy a ponerme intenso, porque bastante intenso fue ya que un terremoto rediseñara mi agenda.
Yo solo quería ver a mi familia. Nada épico. Nada cinematográfico. Nada de atravesar continentes para aprender una lección. Solo quería llegar. Y la vida, contradictoria en sí misma, decidió hacerme pasar primero por una capital andina, una cancelación internacional y una crisis existencial de equipaje. Compré un billete para Venezuela. Terminé unos días en Colombia. Si esto me lo organiza una agencia de viajes, les pongo una estrella en Google y un comentario venenoso.
Como lo organizó la vida, aquí estoy, tomándome un café en casa de mi hermana, esperando el próximo movimiento, con la maleta abierta y el destino provisionalmente doblado en una silla.
Todavía no llegué a Barquisimeto.
Pero tampoco me quedé en Barajas.
Y, dadas las circunstancias, eso ya merece una pequeña ovación.
O al menos otro café.
