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Debo cortarme el cabello más seguido

Quienes me han visto alguna vez, así sea a través de una foto, saben que tengo muy buen volumen de cabello, que además es algo largo, que cuando está suelto me llega sobre los hombros y que de forma aparente es de color negro, pero que cuando lo atraviesa un rayo de luz aparece su verdadero color, un tono castaño muy oscuro. Incluso, me atrevería a asegurar que goza de cierta tonalidad rojiza.

Es un cabello que, para ser poco manejable, lo tengo muy bien domado. Rara vez se me ve por ahí con la melena desatada, alborotada, como si tuviese vida propia, aunque en ciertos momentos ha llegado a ser tan abundante que debajo de toda ella apenas pareciera que estoy yo.

No estoy hablando de una cabellera atípica o una rareza de la naturaleza, sino todo lo contrario. Aunque son evidentes los miles de rizos, no es un pelambre particular, porque millones de personas tienen el pelo de similares características.

Lo que sí es seguro es que llama la atención. Lo noto, me doy cuenta. En especial en regiones como esta, en las cuales, aunque haya un buen puñado de latinos y africanos, seguimos llamando la atención por nuestros rasgos bastante diferenciados de los nativos europeos.

Lo cierto es que tengo un cabello que, aunque logro mantenerlo presentable apenas con champú y una suave capa de fijador, cada cierto tiempo, y de manera inevitable, tengo que pasar por la peluquería. Sí, la de mujeres, donde en teoría conocen la manera adecuada de tratar con unos rulos de esta categoría, porque en una barbería, el lugar al que en teoría debería ir, nunca hallé una persona capaz de meterle mano y no cometer un crimen.

Me gusta mi cabello. Y desde que lo descubrí, de manera accidental hace poco más de 10 años, he querido quedarme con él hasta que sea soportable, o mejor dicho, hasta que me canse de mantenerlo.

Pero quienes me conocen saben que no me agrada nada la idea de pasar esos menesteres, y menos de tener que agendar una cita, esperar mi turno, y escuchar todos aquellos chismes bárbaros que se suelen escuchar en este tipo de recintos, así como las anécdotas de matrimonios disfuncionales, esos cuentos de infidelidades, las peleas entre madres por culpa de un lápiz en el cole y, por si fuera poco, el estatus de la telenovela de la una de la tarde.

Pero he tenido que hacerlo. La primera vez que fui valiente y visité una peluquería fue después de un año de haber emigrado. Por fortuna, caí en manos de María José, una simpática canaria, peluquera profesional, corta de estatura pero de voluminosa contextura. La verdad es que fue tan bueno el trabajo que hizo con mi cabello en aquella oportunidad, que hasta tres veces por año paso por sus manos para podar un poco esta mata ‘e pelo y darle forma.

Pero la semana pasada, y después de cinco meses sin hacer nada por la pelambrera, de forma inédita no pude agendar con María José. Cuando intenté por teléfono reservar mi plaza para darle un poco de orden a este puñado de hebras, me topé con una noticia inquietante.

—Hola, buenos días, habla Belén, ¿en qué puedo ayudarte? —preguntó, con una dulce voz, la recepcionista del local.

—Hola, Belén. Buenos días. Quisiera agendar una cita con María José —respondí entusiasmado—. ¿Tiene hueco para hoy?

—María José acaba de irse de vacaciones —se lamentó Belén mientras la escuchaba hojear lo que asumí que era su cuaderno de citas y, al mismo tiempo, se me subía la tensión—. Si te parece, te puedo agendar con Milena, quien le está haciendo los días —agregó, intentando no perder a un cliente, desde luego.

Me puse nervioso. No me interesaba saber cuándo se reincorporaba María José. No podía esperarla. Si se acababa de ir de vacaciones, como mínimo volvería en una semana y eso era demasiado tiempo para mí.

De hecho, de no tener que coger un vuelo importante hacia Madrid dos días más tarde, estoy convencido, por completo, de que habría esperado por ella todo el tiempo que fuese necesario. Pero, la verdad, no podía viajar con esta apariencia tan lamentable.

—Vale, de acuerdo —acepté con una voz temblorosa, insegura, escuálida—. ¿A las siete de la tarde podría ser?

—Muy bien, a esa hora Milena puede atenderte —confirmó Belén—. ¿Cuál es tu nombre?

—Muchas gracias. Soy Jacinto. A las siete estaré ahí. —Me despedí con decepción, mientras escuchaba cómo Belén colgaba al otro lado de la línea.

Quedé petrificado. Tantas fueron las veces que me atendió María José con éxito, que nunca me planteé la posibilidad de ser atendido por alguien más. Esa eventualidad nunca se me cruzó por la cabeza. Llamé convencido de que, como siempre, esta visita a la peluquería sería un mero trámite, pero esta vez no fue así.

Cuando se acercó la hora, me dirigí hacia allá. Fui con incertidumbre, con muchas dudas, las mismas que al principio del todo, cuando no me decidía a cortarme el cabello porque no quería que cualquier inexperto acabara con él. Pero fui, aunque indeciso y vacilando por todo el camino, llegué a las 6:45 pm. Entré al lugar y, dirigiéndome a la recepcionista, me anuncié.

—Buenas tardes, llegué algo temprano, pero tengo una cita con Milena, me parece recordar, a las 7:00 pm —sonreí.

—Hola… —la recepcionista mira sus apuntes buscando mi nombre—. Jacinto… ¿cierto?

—El mismo —respondí asintiendo con la cabeza.

Me dijo que pasara adelante y tomara asiento, para luego informarme, aunque haya llegado unos minutos antes, sobre la probabilidad de ser atendido enseguida por Milena, porque no tenía agenda en ese momento. Una vez dicho eso, fue a buscarla.

Me disponía a ver qué podía estar ocurriendo en mi móvil. Justo cuando desbloqueé la pantalla del teléfono sentí una presencia humana y dirigí la mirada hacia el frente.

—Jacinto, buenas tardes, pasa por aquí —me interrumpió, con un inconfundible acento colombiano, una mujer muy atractiva: alta, blanca, delgada, con un cuerpo que parecía de modelo de ropa interior, de ojos grandes, claros, verdosos y protagonistas de una mirada encantadora.

Me levanté del cómodo sofá y la seguí hasta la silla que me correspondía. Puse mi armazón sobre el asiento y dejé mi móvil encima de la mesa que tenía justo al frente, mientras ella abría la capa de corte para ponérmela. La ajustó y me hizo la pregunta con la cual me volví a plantear si proceder a cortarme el cabello o no.

—¿Qué sueles hacerte? —puso sus ojos esmeralda apuntando a través del espejo—. ¿O prefieres que te sugiera algo?

Su apariencia de modelo no me dejaba pensar con claridad. No por lo guapa que era, sino porque nunca sé explicar lo que quiero y mucho menos ante una, muy factible, Miss Universo, cuya destreza en peluquería no se podía predecir de ninguna manera.

El no encontrar las palabras adecuadas, en situaciones de este tipo, es una de las razones por las cuales muchas veces prefiero ir por lo seguro. De hecho, esa era la razón más importante por la cual echaba de menos a María José en ese momento.

El tema de la peluquería es muy subjetivo. “Cortar dos dedos” no es lo mismo para todos. Para algunos significa con exactitud esa medida, pero para otros puede significar “cortar poco, pero lo suficiente” como para que se note un cambio.

—Lo único que quiero es arreglar un poco este desastre —fue lo primero que se me ocurrió—. Es decir, si fuese por mí, quisiera mantener mi cabello exactamente igual, pero con menos pelo.

Fue una respuesta con mucha falta de seriedad. Lo sé. Dejé claro que no confiaba en ella. Expresé mis miedos de una manera camuflajeada, pero fue lo suficientemente buena como para hacerla reír.

—Creo que te entiendo perfectamente —respondió Milena sin parar de reír—. Te cortaré dos dedos de largo, quizá descargarlo un poco y por los costados te paso la máquina, ¿no? ¿El peine encajable número dos, tal vez?

Me soltó un latigazo. Si mi respuesta fue desconfiada, la de ella era todo lo contrario. Las tres frases que soltó, tal vez sin querer queriendo, acabaron con cualquier vestigio de inseguridad de mi parte y me hicieron cambiar mi conducta.

—¿Por casualidad te llamas María José? —estaba asombrado porque eso era, con exactitud, lo que me haría ella de manera automática, sin preguntar.

—Sé que eso es lo que sueles hacerte —respondió sonriente—. Mi compañera Belén te notó preocupado cuando llamaste y decidimos preguntarle a María José qué es lo que ella te hace, para que no la eches de menos.

En honor a la verdad, no podía creer en realidad lo que estaba pasando. Por un momento, incluso, me sentí como un imbécil, pero mantuve mi cara de sorpresa y le agradecí, desde luego.

—Muchas gracias, Milena. Es que he tenido malas experiencias en el pasado y, bueno, ella suele hacer con mi cabello algo realmente fantástico. —Le seguí el buen rollo, aunque me sentía en ridículo.

—No la echarás de menos —aseguró.

Después de ese momento no hubo diálogo. Todo transcurrió en silencio. El corte de pelo avanzó con rapidez, pero sentía yo que había una especie de tensión en el ambiente. Tal vez todo me lo estaba inventando yo.

Después de cortar con tijeras y máquina, fue el turno del lavado de cabello, un asunto que me agrada de sobremanera, porque más que un lavado, es un profundo masaje al cuero cabelludo.

—Te retiro esto y vamos a lavarte —se dirigió a mí observándome a través del espejo, mientras guardaba sus utensilios en los bolsillos de su delantal y recogía la capa con mucho cuidado para evitar que me cayera encima el pelo cortado.

Unos pasos y ya estábamos en el lavacabezas. Me acoplé con destreza, luego de incorporarme la toalla. Milena no mencionó palabra alguna hasta que abrió el grifo.

—Me ha dicho María José que te gusta el agua bien caliente, espero no quemarte —bromeó, al tiempo que recogía mi cabello hacia ella.

—Antes caliente que fría —respondí la broma—, porque además es más relajante.

Lo que me hizo Milena a continuación no fue un lavado de cabello, ni un masaje antiestrés. Más allá de estimularme los folículos del cuero cabelludo, Milena me regaló el clímax. Desde que ubicó sus pulgares en mi sien, Milena no necesitó ni música relajante, ni aromas especiales, ni poner la luz tenue, ni ser fisioterapeuta, ni ser escort para desconectarme de esta vida y hacerme tocar el cielo.

Milena no palpó nada más. No quisiera decir que fue un masaje erótico, porque sus manos solo recorrieron mi cabeza y parte de mi nuca, pero sí que lo fue. Fue un masaje erótico. Un poco más y con seguridad la estimulación habría sido tal que pude haber experimentado el orgasmo, estoy seguro.

Los masajes de María José son muy buenos, pero lo que hizo Milena no tiene un calificativo que no tenga una connotación sexual. Cuando terminó el masaje, me di cuenta de que me había ido de ese lugar, quién sabe por cuánto tiempo, porque abrí los ojos y me sentí desubicado.

Milena me aplicó un poco de crema para peinar y terminó. En este instante no habría querido voltear a verla, porque de alguna manera sentía que mi cara me delataría, pero es de mala educación no despedirse ni dar las gracias.

—Te dije que no la echarías de menos —sentenció Milena con su mirada dominante, mientras se secaba las manos con una toalla y caminaba hacia, me imagino, su zona de descanso—. Ha sido un placer.

Placer el que sentí yo, pensé. Solo me alcanzó la fuerza para sonreír. No respondí. No me salió ni una palabra. Quedé distendido, disminuido, con una laguna en la cabeza. Solo tenía fuerza para intentar recuperar la sensación que me dejaron las manos de Milena.

Como parte de lo inevitable, me dirigí hacia la recepcionista para pagar. Mientras sacaba mi tarjeta, volteé un par de veces pero no la volví a ver. Al final, yo tenía razón. Milena no era una peluquera, ni tampoco una modelo, porque, para mí, era todo eso junto y mucho más.

Debo decir que mi experiencia con Milena ha hecho replantearme varias cosas. La primera de ellas es que María José es muy buena en lo que hace, pero también podemos encontrarnos experiencias gratificantes a la vuelta de la esquina, lo que quiere decir que no podemos cerrarnos a paladear nuevas posibilidades. La segunda es que para cortarme el cabello no es necesario esperar cuatro o cinco meses hasta tenerlo largo. Y, por último, es que la próxima vez que decida cortarme la melena, que con seguridad será muy pronto, he decidido que pediré una cita con Milena.

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