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Un adolescente de 42 años

Me cuesta mucho aceptar que tengo 42 años. No porque me sienta más joven. Al contrario: hay días en los que, si me agacho, me tengo que quedar un rato abajo, planificando el ascenso como si tuviera que hacer cumbre en el Teide por el sendero de Pico Viejo. Lo difícil es que aún hay una parte de mí —una muy viva, muy cretina— que cree que tiene 17.

No 25, tampoco 30.

Diecisiete.

Esa edad en la que uno cree que todo es posible. Que el amor es infinito, que la vida empieza mañana, y que el cuerpo no se vence jamás. Mi yo de 42 sabe que todo eso es mentira, pero hay un niño rebelde adentro que todavía se emociona si una mujer guapa le responde una historia en Instagram con fueguitos. A veces me descubro sonriendo como bobo porque una chica de 28 reaccionó con un «jajajaja», sí, con cuatro jotas. No tres, cuatro. Y mi ego adolescente lo interpreta como una declaración de amor eterno.

El drama es que mi cara ya no coopera. Mi cara no está en la misma página que mi alma. Mi cara se parece más a mi papá de joven que a mí de joven. Hay días en que me veo al espejo y siento que alguien activó el filtro «padre soltero cansado». Me crece el pelo en lugares que no autoricé: orejas, nariz y cejas que se cruzan sin consultar. De las canas es mejor no hablar. Pero igual me corto el cabello como si fuera a un casting de rebelde sin causa, uso camisetas negras ajustadas y escribo cosas profundas en mis notas del móvil, como si alguna mujer fuese a enamorarse de mi uso poético del punto y coma.

Vivo solo, como corresponde a los que ya fracasamos lo suficiente como para saber que el amor es una trampa bellísima, y aún así seguimos cayendo en ella como cucarachas enamoradas. Y no es que no me guste estar solo. Me encanta. Sobre todo cuando no lo estoy del todo. Hay mujeres —pocas, benditas— que me escriben con cierta regularidad. Algunas con fines nobles. Otras con fines muy nobles.

Hace poco una de ellas —una doctora, es decir, alguien que debería estar salvando vidas, no arriesgando la suya conmigo— me invitó a su casa. Había vino, velas y jazz de fondo, como si estuviéramos en una película en la cual, extrañamente, era yo protagonista. Nos besamos. Todo fue perfecto hasta que nos acostamos. Y entonces, mi yo adolescente, el mismo que se emociona con los fueguitos, empezó a ponerse nervioso.

—Relájate, campeón —le dije mentalmente—. Tú y yo ya pasamos por esto muchas veces.

Pero mi cuerpo no se lo creyó. Porque una cosa es tener 17 en el alma, y otra es tener 42 en la circulación. Tardé más en ponerme el condón que en escribir mi tesis, o trabajo de grado, como se llame. La doctora fue comprensiva, pero yo sentí que había traicionado a todos los rockeros que me formaron. Al día siguiente, ella me escribió: «Me gustó verte. Eres muy tierno».

Tierno.

Una palabra que duele más que «tenemos que hablar«. Y sin embargo, sigo creyéndome un adolescente. Uno que hace café por la mañana en boxers, pone música de Ricardo Arjona como si entendiera la vida, y escribe textos que nadie pidió, esperando que alguien los lea y diga: «Este tipo, este loco que no supo envejecer bien, tiene algo».

He tenido amantes que me doblaban en madurez emocional. Mujeres que sabían lo que querían y me miraban con una mezcla de deseo y ternura clínica. Una vez, una eslovaca —de esas que huelen a lavanda y escepticismo— me dijo: «Tú eres un niño travieso con un cuerpo cansado».

La amé.

Pero se fue, como todas. Porque el adolescente que vive en mí es encantador al principio, pero insoportable después. Es intenso, impaciente y, tal vez, de vez en cuando, celoso e inseguro. Hablo del adolescente, que cree que si alguien no responde en tres minutos es porque ya lo olvidó. Cree que el amor se gana con mensajes largos y listas de Spotify. Al de 42, si no recibe respuesta, la verdad, le da un poco igual.

Hace unas semanas, estaba en un bar con unos amigos. Uno de ellos —casado, padre de tres, con hipoteca y todo— me dijo, mientras bebía su tercera cerveza artesanal, una frase rara.

—Tú todavía estás en la etapa de «conocer gente».

Y me dio como risa.

Porque es cierto. A los 42, yo no tengo ni perro, ni pareja, ni plan de pensiones. Pero tengo una lista de «personas que podrían enamorarse de mí si me dieran cinco minutos más». Gente con la que hablo por Telegram a las dos de la mañana. Algunas en otros países. Algunas con novios. Algunas con dudas.

No quiero casarme. No quiero hijos adicionales. No quiero hipotecas. Lo que quiero es que alguien, algún día, me mire mientras me cepillo los dientes con espuma en la comisura de la boca y me diga: «Qué guapo estás, mi amor».

¿Es mucho pedir?

Quiero que una mujer —joven, pero no tanto como para llamarme «señor»— me diga que le gusta cómo escribo. Que le encanta cómo pienso. Que me bese sin plan, sin trámite, sin protocolo. Que le dé igual si tengo pancita o si me quedé calvo en la coronilla. Que me diga: «Tú no eres viejo. Eres… inusual».

Una palabra particular. Ambigua. Pero con esperanza.

Sé que el tiempo no perdona. Sé que cada vez me parezco más a mi tío Toño, ese que hacía chistes pasados de moda y le escribía a chicas de 30 como si aún supiera bailar. Pero también sé que tengo algo que los de 25 no tienen: cicatrices. Historias. Fracasos útiles. Y una manera de mirar que ya no se consigue en el mercado.

Quizás no sea el más guapo. Ni el más exitoso. Ni el más potente, según ciertas métricas crueles. Pero soy, todavía, un adolescente de 42 años, con un cuerpo que se queja, un corazón que insiste y una libido que se resiste a jubilarse.

Y si algún día me enamoro de nuevo —con toda la torpeza, la intensidad y las ansias que eso implica— será con la misma actitud que tenía cuando me enamoré por primera vez: sin saber cómo, sin calcular nada, y con la absurda certeza de que esta vez sí… esta vez sí me va a salir bien.

Aunque al final, termine escribiendo sobre eso. Otra vez. Como todo adolescente. Que en vez de vivir, lo primero que hace es contarlo.

Foto: Freepik

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