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Nuestro leitmotiv era el sexo

A veces pienso que todas las parejas tienen una canción. Nosotros no la teníamos. Nosotros teníamos un pulso. Un ritmo en la sangre. Una manera de mirarnos que cortaba camino. Si alguien me hubiese preguntado entonces cuál era nuestro leitmotiv, yo habría dicho, con la cara muy seria y cabellera despeinada, que era el sexo. No como adorno, no como recompensa, no como accidente afortunado, sino como columna vertebral. Lo que otros resuelven con conversaciones, nosotros lo resolvíamos con mordiscos.

La primera vez que vi a X, llovía en Madrid como si el cielo estuviera pagando recibos atrasados. Yo salí a la Gran Vía con un paraguas que me había acompañado por media vida; ella, con una inocente camisa blanca que, a los treinta segundos, dejó de ser camisa para convertirse en objeto de miradas indiscretas. Le acerqué el paraguas. Me dio las gracias con esa mezcla de ironía y cansancio que solo tienen las mujeres que ya han visto varias veces la misma película.

X y yo inventamos un idioma.

Teníamos claves como niños y disciplina como pecadores. «Paraguas» era vete preparándote. «Vainilla» era hoy toca suave. «Viernes de laboratorio» era lo que se nos ocurra, sin juicio. Nos gustaba mirar el mundo desde adentro de una habitación con las cortinas mal cerradas y el pelo alocado. Teníamos reglas, algunas absurdas: no repetir lugar dos veces seguidas, no música en español («me distraen las letras», decía ella), y un «tiempo muerto» de quince minutos para reírnos de lo que acabábamos de hacer, como si fuésemos dos comentaristas deportivos analizando el replay de una jugada en un partido de fútbol femenino.

Lo nuestro funcionaba con una naturalidad ofensiva.

Salíamos a cenar sin hambre porque sabíamos que el plato fuerte estaba en otra parte. Íbamos al cine a descansar. Comprábamos tanto vino que nunca se terminaba. Teníamos una manera muy nuestra de desafiar la rutina: abrazarla y usarla como excusa. Si discutíamos por tonterías —la taza mal puesta, el teléfono en modo avión, mi odio irracional a los relojes de pared—, bastaba un gesto o una palabra clave y la pelea cambiaba de idioma. El cuerpo es una gramática eficaz cuando el dialecto de la cabeza se da un coñazo.

X era un terremoto educado.

Cinco años mayor, mirada de gerente, risa de adolescente. Me enamoraba su manera de no necesitar y, a la vez, de elegir. Ella podía desarmarme con un silencio y reconstruirme con una sola frase. Era feroz con la coherencia y generosa con mis manías; me entregaba permiso para ser ridículo. «Contigo soy simplemente yo», me dijo una vez, sudada y luminosa, como si acabáramos de robar un banco. Me quedé con esa frase como quien se guarda un talismán en el bolsillo.

A veces jugábamos a salir en dirección contraria y encontrarnos sin avisar. Cita a ciegas con tu propia pareja. Nos escribíamos desde el baño de un bar con instrucciones que eran chistes internos. Todo era código y todo era fácil. Hubo, por supuesto, tentaciones con nombre propio. Una noche, en mi bar de siempre, se me cruzó una videógrafa francesa de ojos verdes. Yo le conté a X la historia con la honestidad de quien confiesa una película que quisiera ver. X me escuchó con los codos en la mesa, la barbilla en la mano y la tranquilidad de una mujer abierta. Eso, me convirtió en el hombre más afortunado de aquella época. Le escribí a la francesa sin demasiada fe y con mucha imaginación; hubo silencio. A veces el silencio también tiene buen cuerpo.

Con los meses, la energía se profesionalizó.

Éramos eficientes, casi técnicos. Los viernes de laboratorio acabaron ocupando otros días. Las «noches de descanso» se invirtieron en ensayar pausas. Probábamos hoteles con listas y puntuaciones; la cama es también una industria del detalle: almohadas, cortinas, espejos, desayuno tardío. Íbamos perfeccionando el arte del comienzo, del pre, del casi. Lo hacíamos bien. Demasiado bien. Y, sin darnos cuenta, el leitmotiv se nos volvió jaula.

No lo entendí la primera vez que lo noté.

Fue un martes en que ella dijo «no» sin drama. Estaba cansada. Bajó las persianas, pidió una hamburguesa por delivery, puso una serie que ninguno de los dos quería ver. Y de pronto nos descubrimos incómodos: dos adultos en un sofá con una historia que no sabían contar sin sudar. Probamos hablar de otra cosa: política —terminamos de acuerdo con hastío—; viajes —todo lo que decíamos eran listas—; trabajo —ella brillante y yo, fastidiado de mí—. La noche fue correcta, limpia, aburrida. Al despedirnos, nos dimos un beso tímido. Me fui a casa pensando: esto debe ser lo que le pasa a los astronautas cuando vuelven a la Tierra y no saben dónde poner las manos.

Intentamos hacer un día sin tocarnos. Lo llamamos «desintoxicación». Duramos hasta el mediodía. Nos reímos de nosotros mismos con malicia y alivio. Éramos eso, ¿y qué? Durante semanas hicimos como si no hubiéramos visto la grieta. Pero estaba ahí: cada vez que el cuerpo descansaba, el resto de la casa crujía con fuerza.

—¿No te da miedo que no tengamos una canción?

—¿Para qué quieres una canción si tenemos ritmo? —me contestó, filosa y dulce, como siempre.

Un domingo me animé a decirlo.

—Porque el ritmo no acompaña cuando uno friega los platos —dije, y sonó más triste de lo que pensé.

Nos reímos, hicimos el amor en la cocina y barrimos con los pies el agua derramada. Fue perfecto; y, sin embargo, algo quedó en pausa detrás del refrigerador.

Llegó el día en que el cuerpo no fue suficiente. No por falta de deseo —eso nos sobraba—, sino por exceso de mundo. X andaba cargando historias pesadas en el trabajo; yo, con mis ínfulas de héroe cansado, proponía soluciones con más ímpetu que lógica. Ella quería paciencia y yo ofrecía acrobacias. Y entonces lo entendí: aplastábamos con placer aquello que había que conversar. Éramos buenos arquitectos de puentes colgantes, pero no sabíamos poner columnas.

La conversación definitiva fue en un café amplio, un lunes por la tarde. Pedimos dos americanos, uno más aguado que el otro. Hablamos como adultos que no desean herirse. Hicimos un inventario: nos salían muchas cuentas a favor. Risas, complicidad, ganas, recuerdos memorables en hoteles con nombres que ahora se me confunden. «Lo tuyo y lo mío sabe a victoria de dos contra el mundo», dije, y fue verdad. Ella me miró con una ternura que me hizo desear no haber nacido antes ni después. Y entonces, con un latigazo, lo arruiné.

—X —dije—, necesito una canción.

No lloramos.

No nos tocamos.

Pagamos a medias, como si quisiéramos redimir la metáfora. La abracé sin heroísmo. Caminé con las manos en los bolsillos hasta el metro, sintiendo que un idioma se me deshacía en la boca. En casa, abrí la ducha y me quedé bajo el agua contando los segundos. No recuerdo cuánto duró. Sí recuerdo que no marqué su número. No por orgullo, por miedo a arruinar lo que ya habíamos hecho grande.

Después llegaron otras melodías.

Alguna italiana con acentos que curan; alguna bailarina con cintura de secreto. Hubo intentos de recomponer el método: viernes con velas, sábados de laboratorio, domingos sin tocar. Funcionó lo justo. Me faltaba esa risa exacta que X llevaba en el bolsillo. Me faltaba su manera de corregir mi ego con un beso. No echaba de menos su cuerpo —eso aparece en otras geografías—; echaba de menos el modo en que lo usábamos para no decir lo que costaba decir.

Si hoy me preguntan por X, digo su letra y callo su nombre. No quiero que la encuentren en Google; prefiero que la encuentren sus fantasmas. Recuerdo su guardapelo invisible, la forma en que ataba el pelo cuando empezaba la lluvia, la maldita manía de no escuchar música en español en la cama, sus manos de gerente y su risa en huelga cada vez que el mundo salía con una estupidez nueva. Recuerdo, sobre todo, las veces en que no hicimos nada. Porque ahí estaba la respuesta que no quisimos mirar: nuestro leitmotiv era el sexo. Y no hay orquesta que aguante un solo motivo para siempre.

No sé si el amor debe tener canción. Sí sé que, si alguna vez vuelvo a escribir una con alguien, quiero que tenga puentes y silencios. Un bajo que no se note y una batería que se calle a tiempo. Y que, cuando llueva, podamos hablar bajo el mismo paraguas sin necesidad de apuestas.

A veces paso por aquel VIPS. Me acerco al ventanal. Me veo, con veinte menos de paciencia, haciendo de adivino con una sonrisa estúpida. Me río de mí. Y entro a por un café aguado para honrar la memoria de un idioma que aprendí a medias.

Después, salgo a la calle. Madrid sigue debiendo nubes. Me guardo las manos y, sin querer, tarareo algo. No sé qué canción es, o sí, pero me gusta que ella no lo sepa.

Foto: Freepik

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