Skip to content Skip to sidebar Skip to footer

Nápoles huele a cosas que no se cuentan

Nápoles huele a cosas que no se cuentan. No es un olor concreto. No es pizza, no es mar y no es humedad. Es otra cosa. Es el aroma de las decisiones que se toman sin consultar demasiado con la conciencia, de los besos que no se planearon, de las calles donde nadie te pregunta por qué estás ahí. Nápoles no juzga. Nápoles te mira y te deja hacer.

Yo venía de algo.

Algo lo suficientemente bueno como para querer mantenerlo en la memoria durante un buen rato, porque las mejores cosas de Nápoles pasan así: sin acta notarial, sin testigos fiables y con la sensación posterior de que quizás exageras si lo cuentas. Pero venía con ese olor encima, ese que no se quita con la colonia barata del hotel ni con una ducha rápida.

El olor a algo que pasó.

Era temprano. Demasiado temprano para una ciudad que vive de noche. El taxi llegó puntual, lo cual ya me pareció una falta de respeto al espíritu napolitano. Subí medio dormido, mochila al hombro, aeropuerto de Capodichino marcado como destino, Barcelona esperando del otro lado.

—Taxi condiviso —dijo el conductor.

No pregunté nada. La noche anterior todavía me estaba pasando factura y, en vez de pedir un taxi normal, terminé pidiendo un coche compartido. Sí, sin darme cuenta. Me sorprendió ver que ya venía alguien más como pasajera, pero me daba igual. A esa hora yo no estaba para tomar decisiones importantes. Prefería dejarme caer en el sueño que aún me dominaba casi por completo. Así que acepté. Total, ya había compartido peores cosas en esta vida que un trayecto en coche.

Ella estaba sentada del otro lado del asiento trasero, junto a la ventanilla. Pelo recogido de cualquier manera, ropa elegida sin demasiadas preguntas, mirada de alguien que tampoco venía precisamente de misa. Llevaba ese mismo olor que yo. No el mismo, pero sí de la misma familia.

Nos miramos lo justo.

El reconocimiento silencioso de dos personas a quienes no les hace falta dar demasiadas explicaciones.

Nápoles pasaba por la ventana como una despedida larga: motos que no respetaban carriles, balcones que todavía guardaban secretos de la noche anterior, una ciudad que a esa hora parecía bostezar sin arrepentimientos.

—¿Aeropuerto también, no? —confirmó el conductor.

Asentí.

—¿De dónde vienes? —me preguntó ella, curiosa, segundos más tarde.

—De una noche que no me necesitaba, pero que disfrutó de mi presencia —respondí—. De esas noches que quizá pasan una sola vez en la vida. O quizá no.

Sonrió. No por coquetería. Por comprensión.

—Yo también, o algo así —dijo—. Pero Lisboa me espera, así que no puedo quedarme para otra noche como esa.

No pregunté más. Las preguntas, en ese coche, eran innecesarias.

El conductor hablaba de fútbol, de Maradona como si todavía viviera en el asiento delantero, de lo mal que estaba el mundo y de lo bien que se estaba cuando uno dejaba de intentar arreglarlo. Yo asentía. Ella miraba por la ventana. A veces nuestras rodillas se tocaban en las curvas y ninguno de los dos se apartaba.

No había nada. Yo no pretendía que existiera nada. Ella tampoco.

Había algo mejor: comodidad emocional inmediata. Esa intimidad particular que solo ocurre cuando sabes que no vas a tener que sostenerla en el tiempo.

—¿Vives en Nápoles o regresas a casa? —preguntó.

—Vivo en Barcelona —le respondí—. Llevo poco tiempo viviendo allí.

—Nunca he estado en Barcelona —dijo ella, con cierta emoción.

—Yo tampoco en Lisboa —admití.

Nos reímos.

Dos ciudades pendientes, dos vidas abiertas y un taxi que avanzaba porque así debía hacerlo.

Hablamos poco, pero bien. De aeropuertos como lugares honestos —allí nadie finge demasiado—, de despedidas que no merecen ceremonia, de lo agotador que es explicarse cuando uno ya ha vivido suficiente.

—Nápoles es peligrosa —dijo ella.

—Sí —respondí—. Te convence de que no pasa nada… y pasa.

El aeropuerto apareció antes de lo que queríamos. Siempre pasa así. Las cosas importantes duran lo justo para no poder reclamarlas.

Cuando bajamos, arrastrando maletas, ocurrió lo impensable: ninguno se despidió rápido. Caminamos juntos, como si compartiéramos también la terminal, como si el taxi nos hubiera dejado inacabados.

—¿Y si cambio el vuelo? —dijo de pronto—. ¿Me recomiendas Barcelona?

No lo dijo mirándome. Lo dijo mirando el panel de salidas, como si la decisión no dependiera de mí, sino del destino, esa palabra que siempre llega tarde.

Fuimos al mostrador. Vuelo completo. La chica del aeropuerto ni siquiera levantó demasiado la vista al dar la noticia, como si no acabara de cerrar una pequeña posibilidad de universo alternativo.

Ella suspiró. No con drama. Con aceptación.

—Bueno… —dijo—. Lisboa entonces. Me voy a casa.

La miré.

Y entendí algo que no estaba buscando entender.

—Espera —dije—. ¿Y si cambio yo?

Me miró ahora sí.

Lo hizo con sorpresa, pero también con ese nerviosismo mínimo que aparece cuando alguien propone algo que no estaba en el guion.

—¿A Lisboa?

—Nunca he estado —respondí—. Y tampoco he tenido nada con ninguna portuguesa.

Se rió. Abiertamente. Y me pareció que, en ese momento, el mundo tenía algo de sentido para ella.

—Eso es una razón bastante honesta.

Cambié el vuelo.

Así, sin épica. Sin discurso interno. Como quien cambia de carril porque el tráfico lo pide.

Nos sentamos juntos a esperar. No pasó nada extraordinario. No hubo besos apresurados ni promesas ridículas. Hubo conversación tranquila, café malo de aeropuerto y la certeza de que, pasara lo que pasara después, ese taxi ya había valido la pena.

En la puerta de embarque, antes de subir, dejó hablar a su parte más emocionada.

—Si no hubieras aceptado el taxi compartido…

—No estaríamos aquí —completé la frase.

Asintió.

Subimos al avión.

Lisboa nos esperaba sin saber que llegábamos con una historia mínima, pero perfecta.

A veces la vida no te cambia el rumbo con grandes gestos.

A veces solo te propone compartir un trayecto… y tú decides no bajarte donde tenías previsto.

Y eso, curiosamente, suele ser suficiente.

5/5 - (2 votos)

Publica una opinión

ESCRIBO PORQUE ME GUSTA Y PORQUE PUEDO

FREDDY BLAAN © 2026. Todos los derechos reservados.

Este sitio web es desarrollado por: