Tengo que admitir que me encantan los programas de fidelización. Me fascinan. Son adictivos para mí. No tanto por lo que prometen, sino por cómo funcionan: por esa lógica silenciosa que premia la constancia, la repetición y las pequeñas decisiones correctas tomadas una y otra vez. Iberia Plus. Marriott Bonvoy. Tarjetas con nombres elegantes, niveles que suenan a nobleza contemporánea y una sensación constante de estar a una reserva más de convertirte en «cliente preferente». No soy rico, no viajo en clase business, no tengo chófer ni una vida que justifique tanto privilegio, pero tampoco soy un turista ocasional. Estoy en ese territorio ambiguo donde uno empieza a creer que pertenece, aunque nunca termina de estar del todo seguro.
Viajar con fidelidad es una forma de disciplina. Elegir siempre la misma aerolínea aunque no sea la más barata. Reservar en la misma cadena hotelera aunque el barrio tenga opciones más exóticas. Es una renuncia pequeña, casi invisible, pero constante. Y como todas las constancias, genera una expectativa: si hago esto suficientes veces, algo pasará.
El pasado martes viajaba sin mayores expectativas. Un vuelo funcional, de esos que no cuentan como experiencia vital. Mochila correcta, portátil cargado, auriculares puestos antes incluso de necesitarlos. En el aeropuerto repetí los gestos de siempre, como un ritual aprendido: documentos, bandeja, cinturón, resignación. Me movía con la seguridad impostada del viajero frecuente, ese que sabe dónde colocarse para no estorbar, pero que tampoco destaca.
En el mostrador de check-in, la chica tardó más de lo normal. Tecleó, miró la pantalla, volvió a teclear. No era torpeza; era deliberación. Frunció ligeramente el ceño, inclinó la cabeza y me soltó una sonrisa profesional que no compromete nada.
—Señor Jacinto —dijo—, hemos hecho un pequeño ajuste en su reserva.
No mencionó la palabra «upgrade». Tampoco dijo que se trataba de una «mejora». Dijo «ajuste», como si me estuviera recolocando una silla y no tocando algo mucho más sensible.
Me entregó la tarjeta de embarque. Grupo 1. Asiento distinto. Una letra que no suelo ver. Durante un segundo pensé que había leído mal. Al segundo siguiente, que era provisional. Al tercer segundo pensé que tal vez la constancia había dado frutos. No sonreí. Los que acumulamos puntos sabemos que la alegría precipitada suele venir con corrección posterior.
Ese tipo de tarjeta de embarque venía con beneficios. Entré a la sala VIP con cautela. No por miedo a que me echaran, sino por respeto. Como quien entra a un sitio donde no quiere dejar huella. El ambiente era otro. No mejor, pero sí distinto. Menos prisa. Menos cuerpos tensos. Más silencio elegido. Me serví un café pequeño. Negro. Nada de excesos. El impostor premium no pide espuma. Observé. Nadie miraba el móvil con ansiedad. Nadie parecía preocupado por llegar tarde. Era como si el tiempo ahí dentro tuviera otra relación con la gente.
Me senté. Esperé. Y sentí esa incomodidad suave que no viene del lugar, sino de uno mismo. El pensamiento inevitable: esto no es lo habitual. Y justo detrás: pero podría serlo. Cuando tocó embarcar estuve entre los primeros. Me llamaron por mi apellido. Mi apellido dicho con naturalidad, sin solemnidad, como si siempre hubiera estado en la lista correcta. Crucé el finger con una mezcla peligrosa de calma y curiosidad. No entusiasmo. Curiosidad.
El asiento era amplio. Ridículamente amplio. Tenía espacio para cosas que no sabía que necesitaba. Me senté despacio, no por torpeza, sino por pudor. Como si ocuparlo del todo fuera una falta de respeto.
La azafata apareció enseguida.
—¿Algo de beber antes del despegue?
El agua es la bebida de los que aún no se creen nada. Pedí una botellita. Fría.
Durante unos minutos fui otro. No uno mejor, ni más interesante. Simplemente otro. Alguien para quien ese trato no era excepcional, sino parte del flujo normal de las cosas. Me sorprendió lo rápido que mi cuerpo se adaptó. Las piernas dejaron de buscar espacio. La espalda se relajó. El gesto se volvió neutro. Ahí está el verdadero peligro de los privilegios bien diseñados: no te hacen sentir especial, te hacen sentir normal.
Pensé en mis vuelos anteriores, en hoteles correctos, en asientos dignos pero ajustados. Y por un instante —solo uno— sentí una especie de reproche hacia mi versión anterior. Como si hubiera sido poco ambicioso. Como si la constancia mereciera una narrativa más grande.
El síndrome del impostor premium no aparece cuando te suben de categoría. Aparece cuando empiezas a pensar que tal vez siempre debiste estar ahí. Pero a los ocho minutos todo cambió.
—Disculpe, señor.
Siempre empieza así.
La azafata mantenía la sonrisa, pero los ojos ya iban por delante con la disculpa preparada.
—Ha habido un pequeño error con su asiento. Vamos a reubicarlo.
No hubo dramatismo. No hubo negociación. No hubo escena. Me levanté rápido, quizá demasiado rápido, como quien quiere demostrar que nunca se acomodó del todo. Recogí mis cosas con eficiencia. Evité miradas, no porque me juzgaran, sino porque no quería encontrarme con mi propio reflejo en ellas. Caminé hacia atrás por la cabina con una sensación extraña: no estaba perdiendo algo, estaba devolviéndolo. Como si ese asiento nunca hubiera sido mío, solo me lo hubieran prestado para enseñarme algo.
Mi asiento original me esperaba igual que siempre. Correcto. Funcional. Honesto. Me senté. Me abroché el cinturón. Y entonces pasó algo que no había anticipado: sentí alivio. No decepción. No rabia. Alivio. Porque el problema no había sido perder el asiento grande. El problema había sido lo rápido que me había adaptado a él. Lo fácil que había sido imaginar una versión de mí que pertenecía sin fricción. Saqué el móvil. Vi mis puntos acumulados. Mis millas. Todo seguía ahí. La constancia no se había borrado. El sistema no me había castigado. Simplemente había corregido una anomalía. Una rareza. El sistema rectificó, porque, evidentemente, aún me faltaba acumular un poco más para formar parte del siguiente nivel. Y entendí algo incómodo: los programas de fidelización funcionan demasiado bien. No te prometen riqueza. Te prometen pertenencia gradual. Y esa promesa, cuando se cumple por error, revela más de lo que debería.
Aterrizamos.
Nadie volvió a decir mi apellido. Nadie me ofreció nada especial. Salí del avión con mi mochila, con mis pensamientos y con una certeza inesperada: no quiero vivir en primera clase. Quiero saber cuándo estoy ahí y por qué. Porque pertenecer no es que te suban de categoría. Es no sentirte menos cuando te devuelven a la tuya. Aunque mientras caminaba por el aeropuerto, con la naturalidad recuperada, pensé algo que me sorprendió incluso a mí, que después de aquellos ocho minutos, sería hipócrita negarlo: ahora solo pienso en cuándo me toca el upgrade de verdad.
