No paro de imaginar lo que pueden estar sintiendo ahora mismo algunos terraplanistas, o todos, sentados en el rincón más oscuro de sus vidas, viendo por la tele cómo el Artemis II se eleva con esa elegancia obscena que solo tiene la ingeniería cuando decide recordarnos que el ser humano, cuando quiere, hace cosas que parecen imposibles. No lo digo con maldad, o al menos no del todo. Hay algo en esa escena que me genera una mezcla casi pornográfica entre fascinación y curiosidad, como cuando ves a alguien sostener una idea con una fuerza que ya no depende de la realidad, sino de la necesidad.
Mientras tanto, yo estaba en una habitación de hotel en la cual abundaban comodidades, de esas que uno no suele pagarse porque sí, con mi hijo a mi lado, celebrando sus buenas notas como se celebran las cosas importantes: alejándonos de todo, subiéndonos a atracciones absurdas, comiendo como si no hubiera mañana y desconectando del mundo durante unos días. Nos escapamos a Cataluña, a un parque de atracciones donde hicimos exactamente lo que había que hacer: subirnos a todo lo que diera vértigo, comer como si la digestión no fuera un problema y olvidarnos del reloj.
Tres días siendo dos, sin más.
Esa noche, mientras él ya empezaba a negociar con el sueño y yo me abría una cerveza de las que me gustan de verdad, apareció el lanzamiento. No lo estaba esperando. No lo tenía marcado en el calendario. Simplemente pasó. Y me quedé ahí, apoyado, con una sensación poco habitual de estar viendo algo que no termina de pertenecer del todo a este mundo. El cohete empezó a subir y hubo un momento muy breve en el que todo lo demás desapareció. Se me olvidaron los correos, los clientes, los impuestos, la vida. Y me quedé mirando eso como si fuera la primera vez que entendía algo. Puse toda mi atención en el fuego, en el ruido, en la precisión. En lo absurdo y maravilloso que resulta que un grupo de personas haya decidido que no era suficiente con vivir aquí y haya encontrado la forma de irse un poco más arriba, solo para ver mejor. Y en algún punto, inevitable, silencioso, sin dramatismo, apareció la Tierra.
No hizo falta música épica.
Ni narrador.
Ni explicación.
Estaba ahí. Redonda. Sin argumentos. Sin defenderse de nadie. Sin entrar en debate. Simplemente existiendo. Y ahí fue cuando, automáticamente, pensé en todo esto. No desde la superioridad, ni desde la necesidad de demostrar nada. Más bien desde esa curiosidad que te entra cuando ves a alguien aferrarse a algo con una convicción que no se negocia. Porque ser terraplanista, al final, se parece mucho a ser fanático de un equipo al que le pitan penaltis dudosos cada fin de semana y, aun así, vive convencido de que todo el sistema está en su contra. No es tanto lo que pasa fuera, sino lo que uno necesita que pase por dentro para sostener ese relato.
Yo no soy científico. Ni falta que me hace. No tengo fórmulas en la cabeza ni entiendo del todo cómo funciona todo lo que vi esa noche. Pero tampoco necesito entender cada detalle para reconocer cuándo algo tiene sentido. Hay una diferencia sutil, pero importante, entre no saber y negarse a saber. Entre no entender algo y decidir que, como no lo entiendes, entonces no es verdad. Mientras el cohete seguía su camino, pensé en esa escena tan concreta: alguien viendo exactamente lo mismo que yo, pero con otra película completamente distinta en la cabeza. Donde yo veía un logro colectivo, otro ve un montaje. Donde yo veía precisión, otro ve manipulación. Donde yo sentía un orgullo extraño por pertenecer a una especie capaz de hacer eso, otro siente que todo es una gran mentira bien ejecutada.
Y es curioso, porque en el fondo hay algo profundamente humano en eso. Esa necesidad de tener razón. De no moverse de la idea inicial. De encontrar siempre una explicación alternativa que encaje mejor con lo que ya crees. No es un problema de inteligencia, o al menos no solo. Es más bien una mezcla de identidad, orgullo y esa pequeña adicción a sentir que uno ha descubierto algo que los demás no ven. Lo pienso y me acuerdo de la típica escena en el avión. La ventanilla. El horizonte aparentemente plano. Ese instante en el que alguien decide que ahí, justo ahí, acaba de encontrar la prueba definitiva. Y me hace gracia, no por la conclusión, sino por el salto. Por cómo pasamos de una percepción limitada a una certeza absoluta en cuestión de segundos. Parecía que el universo tuviera la obligación de explicarse dentro del marco exacto de lo que nuestros ojos alcanzan.
Luego están las otras piezas del rompecabezas, que no pretendo desmenuzar: el muro de hielo, los vuelos imposibles y el océano que debería caerse como si fuera agua en un vaso mal apoyado. Son ideas que tienen algo casi poético, si las miras sin la intención de discutirlas. Construyen un mundo alternativo donde todo encaja, siempre que no mires demasiado de cerca. Y eso también tiene su mérito. Pero hay algo que no puedo ignorar, y es esa facilidad con la que descartamos lo complejo para abrazar lo sencillo cuando lo sencillo nos da más tranquilidad. Porque entender de verdad cómo funciona el mundo requiere esfuerzo, paciencia, aceptar que hay cosas que no controlas y que probablemente no entenderás del todo nunca. Y eso incomoda. Mucho más que pensar que todo es un engaño bien organizado.
Mientras terminaba la cerveza, mi hijo ya dormía. La tele seguía encendida, pero el momento había pasado. Y me quedé un rato más, en silencio, con esa sensación difícil de describir que mezcla admiración, humildad y un fisco de vértigo. Porque al final no va de quién tiene razón en una discusión absurda en internet. Va de algo mucho más simple. Va de aceptar que el mundo no necesita nuestra aprobación para ser como es. Que hay cosas que están ahí, aunque no las entendamos del todo. Que la realidad no se ajusta a nosotros, sino que somos nosotros los que, poco a poco, vamos intentando alcanzarla. Y en medio de todo eso, tres días con mi hijo, un parque de atracciones, una cerveza bien fría y un cohete recordándome que, a veces, lo más sensato que puedes hacer es simplemente mirar y callarte un momento.
Porque hay verdades que no necesitan defensa.
Hay verdades que solamente necesitan algo de altura.
Y no hablo solo de la Tierra.
