El raro de la familia

Durante muchos años pensé que sabía de dónde venía. Venezuela. Barquisimeto, para ser más precisos. Una respuesta bastante útil, porque cuando alguien te pregunta de dónde eres normalmente espera que menciones un país, una ciudad o, como mucho, un pueblo con una rotonda importante.

Yo podía responder sin problemas.

Hasta que un día una empresa me pidió que escupiera dentro de un tubo. Y ahí comenzó todo. No parecía un método especialmente científico para resolver una cuestión existencial. Uno imagina que descubrir sus orígenes requiere archivos parroquiales, documentos antiguos, historiadores con guantes blancos y algún señor muy viejo abriendo un baúl.

Pero no.

Escupe aquí. Cierra la tapa. Mándalo por correo. Semanas después recibí los resultados y descubrí que, aparentemente, yo era bastante más complicado de lo que había supuesto. Aparecieron México, España y Portugal en el mapa de mi ADN. También aparecieron cuatro o cinco países africanos, incluyendo Egipto. Sí, Egipto. Durante más de cuarenta años ignoré que una pequeña parte de mí podía tener asuntos pendientes con las pirámides.

Naturalmente hice lo que hace cualquier persona sensata cuando recibe un examen genético: empecé a utilizarlo para explicar estupideces. Lo de México, por ejemplo, me pareció inmediatamente revelador. Ahora entendía muchas cosas. No sabía cuáles exactamente, pero muchas. Uno recibe un porcentaje mexicano suficientemente importante y empieza a revisar su vida buscando síntomas. ¿Me gusta el picante? Sí. Bueno, moderadamente. ¿Me gustan los tacos? Muchísimo. Aunque los descubrí siendo adulto, lo cual debilitaba un poco la teoría genética. Pero yo ya estaba entregado a la investigación. Quizá durante treinta años mi organismo había esperado pacientemente a que alguien me pusiera una tortilla delante.

Luego estaba Portugal.

Aquello me produjo cierta inquietud. Intenté localizar en mí algún rasgo inequívocamente portugués. No encontré ninguno, porque no hablo portugués, no me gusta el bacalao y nunca he sentido una necesidad espontánea de escuchar fado mirando el Atlántico con tristeza. Cristiano Ronaldo, hasta donde sé, tampoco ha mostrado ningún interés en reconocerme como miembro de la familia. Así que dejamos Portugal en observación.

Lo de Egipto fue peor.

Porque cuando uno descubre que tiene un pequeño porcentaje egipcio, aunque sea minúsculo, comienza inevitablemente a mirarse en el espejo buscando faraones. Yo lo hice. De frente. De perfil. Entornando ligeramente los ojos. Nada. Ni Ramsés. Ni Tutankamón. Ni siquiera alguien capacitado para vender souvenirs cerca de las pirámides. Y mucho menos uno de esos estafadores que hoy en día abundan en la zona. Entonces entendí que quizá estaba investigando mal. Tal vez mis orígenes no explicaban mi cara.

Quizá explicaban otras cosas.

Por ejemplo, mis ganas de viajar. Eso tenía sentido. Durante años he tenido una dificultad considerable para permanecer demasiado tiempo en el mismo sitio. Vivo en una isla, pero cualquier carretera me parece una provocación. Veo un avión y quiero saber adónde va. Veo una ciudad en un mapa y pienso que debería conocerla. Veo una oferta de vuelo y mi capacidad de razonamiento económico desaparece. Seguramente algún antepasado mío también fue así. Aunque existe la posibilidad de que simplemente estuviera huyendo de alguien.

Eso incluso explicaría mejor la genética.

Después intenté localizar el origen de mi necesidad de escribir. Porque eso tampoco es normal. A una persona corriente le ocurre algo curioso y lo disfruta. A mí me ocurre algo curioso y, mientras todavía está ocurriendo, una parte de mi cerebro ya está pensando cómo empieza el relato. He tenido conversaciones en las que debería haber estado prestando atención y, sin embargo, estaba mentalmente corrigiendo el primer párrafo.

He vivido situaciones incómodas en las que mi principal consuelo ha sido: esto por lo menos sirve para escribir. No sé de qué antepasado heredé semejante trastorno. Quizá hubo algún hombre de mi familia que también necesitaba contar todo lo que veía. Quizá escribía cartas larguísimas o tal vez aburría a sus vecinos. Quizá alguien terminó matándolo y por eso esa parte de la historia familiar nunca llegó hasta nosotros. También quise investigar de dónde venía mi facilidad para meterme en situaciones que después necesitan demasiadas explicaciones. Ese sí parecía un rasgo hereditario importante.

Hay personas cuya vida puede resumirse fácilmente.

Trabajaron. Se casaron. Tuvieron hijos. Compraron una casa. Yo, en cambio, suelo necesitar contexto. Mucho contexto, porque la frase «no es lo que parece» podría ir perfectamente en el escudo de mi familia.

También están mis obsesiones.

Empezando por la comida y siguiendo con los viajes, la carretera, los bares, las conversaciones interminables, el karaoke y el sexo. Especialmente el sexo.  Ahí decidí no seguir investigando demasiado porque uno debe saber cuándo abandonar una línea científica peligrosa.

Llegados a ese punto, el examen de ADN comenzó a parecerme insuficiente. Porque podía decirme qué porcentaje mío provenía de determinada región, pero no podía explicarme por qué canto canciones que están fuera de mi registro vocal con una seguridad absolutamente injustificada. Tampoco explicaba por qué puedo pasar horas hablando con alguien que acabo de conocer.

Ni mi obsesión por guardar historias.

Ni por qué algunas personas me producen inmediatamente curiosidad y otras, en cambio, me producen ganas de mirar el teléfono aunque no tenga ninguna notificación. Esas cosas no aparecen en MyHeritage. No existe todavía un apartado que diga: predisposición genética a hablar con desconocidos: 73 %. Tampoco existe otra que ponga «probabilidad de comprar un billete de avión innecesario muy alta». Habría sido mucho más útil. Entonces empecé a buscar el origen en otros lugares: mi padre, mi madre, la casa donde crecí, las calles de Barquisimeto, los amigos, las primeras veces, las malas decisiones, las buenas decisiones que parecían malas. Todo. Pero la investigación empezó a volverse demasiado grande. Y yo solo quería saber de dónde había salido todo esto.

Así que llamé a mi madre.

Las madres suelen tener información que no aparece en los laboratorios. Le expliqué lo del ADN. Le conté que estaba intentando averiguar qué parte de mi personalidad podía venir de cada sitio. Hubo un silencio. No demasiado largo. El necesario para que una madre evalúe durante unos segundos todas las decisiones que tomó en su juventud.

Y entonces me dijo algo bastante más preciso que cualquier análisis genético.

—Jacinto, es que tú siempre has sido raro.

Ahí terminé la investigación.

Mi examen de ADN había costado dinero, necesitó varias semanas, científicos, bases de datos y miles de comparaciones genéticas para explicarme mi origen, pero mi madre lo resolvió en siete palabras.

Y probablemente tiene razón.

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