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El ogro del hostal

Hubo una época en mi vida en la que yo confundía precariedad con autenticidad. Creía, con esa arrogancia dulce del mochilero sin dinero, que dormir en el hostal más barato de la ciudad era una especie de medalla invisible. Mientras otros pagaban hoteles con sábanas planchadas y recepción con sonrisa ensayada, yo elegía la verdad. La crudeza. El contacto humano. La experiencia.

La palabra «experiencia» es peligrosa. Nunca sabes si va a significar una conversación inolvidable en una terraza de Lavapiés o compartir oxígeno con una criatura que parece haber sido expulsada de una cueva por exceso de ruido.

Era Madrid. Yo tenía poco dinero y demasiada dignidad como para admitir que estaba ahorrando hasta en el sueño. El hostal no estaba mal. Tres literas. Seis camas. Un baño compartido. Olor neutro, que ya era una bendición. Gente joven, mochilas apoyadas como si fuesen trofeos. Yo me acosté convencido de que aquello era libertad.

Dormir en un hostal barato no es ahorrar. Es confiar en la humanidad.

A las dos de la mañana, la humanidad abrió la puerta de una patada.

No fue una entrada. Fue una invasión. La puerta se estampó contra la pared con un golpe seco que me atravesó el esternón. Luego el arrastre. Un sonido de mochila cayendo al suelo como si hubiese sido arrojada desde un segundo piso. El crujido de la litera. El suspiro profundo de alguien que respiraba como si hubiese escalado el Everest sin oxígeno.

Yo abrí un ojo. Oscuridad. Pero el sonido ya tenía cuerpo.

Primero fue el aclararse la garganta.

No el típico «ejem» tímido del que intenta no molestar. No. Aquello era un ritual. Un desalojo interno. Un intento de reordenar el aparato respiratorio con violencia ancestral. Era como si su tráquea estuviera llena de grava y hubiese decidido sacarla a golpes de aire.

Después el silencio. Tres segundos de tregua.

Y entonces, el primer trueno.

No diré la palabra exacta. Porque mencionarla ya es desagradable. Lo describiré como una microexplosión tectónica. Un ajuste de placas continentales bajo la litera inferior. Algo que hizo vibrar levemente el metal del armazón. Algo que hizo que yo, con los ojos abiertos en la oscuridad, me preguntara si aquello era fisiología o un mensaje del universo.

Intenté reírme mentalmente. «Son cosas que pasan», pensé. Somos seis personas. Somos humanos. Somos cuerpos.

Error.

Lo que siguió no fue humano. Fue un concierto.

Cada diez minutos, la garganta. Cada quince, el volcán. Entre medias, bostezos que aturdían. No eran bostezos de sueño. Eran bostezos expansivos, teatrales, como si estuviera presentando su aparato digestivo ante un jurado invisible.

Me puse los tapones. Esos tapones baratos que prometen aislamiento acústico y solo ofrecen una versión amortiguada del infierno. Ahora los sonidos eran submarinos. Graves, viscosos. Como si estuviera durmiendo dentro de una ballena con problemas intestinales.

En la litera de arriba alguien se movió. Otro suspiró. Nadie dijo nada. Ese es el pacto tácito del hostal barato: la resignación compartida. Nadie se levanta. Nadie protesta. Porque todos sabemos que mañana podríamos ser nosotros.

Pero aquello no tenía equilibrio. No era una convivencia de ruidos. Era un monólogo corporal.

En algún momento de la noche, mientras yo abrazaba la almohada como si fuese mi última propiedad privada, entendí que aquel hombre no dormía. Gobernaba. Era el emperador acústico de la habitación. Cada sonido suyo era una firma en el aire.

Cuando por fin llegó la mañana —si es que aquello puede llamarse mañana y no simple cambio de tonalidad en la penumbra— fue él quien se levantó primero.

El baño estaba a dos metros de mi litera.

La puerta se cerró.

Y empezó la segunda parte de la ópera.

No voy a entrar en detalles escatológicos. No hacen falta. Bastará con decir que el eco del baño amplificó cada gesto como si estuviera en una catedral. Agua cayendo. Garganta reclamando atención. Respiración espesa. Algo que sonaba a reorganización interna.

Yo miraba de nuevo el techo con los ojos abiertos, preguntándome en qué momento mi romanticismo mochilero había derivado en supervivencia auditiva.

Cuando salió del baño, por fin lo vi.

Y entendí.

No era un ogro en el sentido literal. No tenía cuernos ni piel verde. Pero tenía esa cualidad de ocupar el espacio sin pedir permiso. Un hombre de unos cincuenta años, ancho, con la camiseta estirada como si hubiese perdido una batalla con la gravedad. Una barba densa, no cuidada sino abandonada, como si el tiempo hubiese decidido instalarse en su cara y no pagar alquiler.

Sus ojos estaban hinchados, pero no de sueño. De densidad. Caminaba despacio, arrastrando ligeramente los pies. Su mochila, apoyada en la cama, parecía pequeña en comparación con su presencia. No por tamaño. Por peso atmosférico.

No olía fuerte. Eso es lo más inquietante. No era un olor claro y reconocible. Era una sensación. Una insinuación. Una mezcla de noche mal digerida y tela vieja. Algo que no podías señalar, pero que sabías que estaba ahí.

Se vistió sin prisa. Se aclaró la garganta una vez más, como despedida. Miró alrededor sin mirar a nadie. Y salió.

La puerta volvió a cerrarse.

Silencio.

Un silencio absoluto. Espeso. Casi milagroso.

Nadie habló durante unos segundos. Era como si todos estuviéramos recalibrando el sistema nervioso. El chico de la litera de arriba bajó la cabeza y murmuró algo en inglés que sonó a bendición. Yo me quedé mirando el espacio vacío donde había estado aquella presencia nocturna.

Y sentí algo que no esperaba: gratitud.

Porque esa noche me enseñó algo que ningún viaje idílico enseña. Me enseñó el precio real de lo barato. Me enseñó que el romanticismo tiene un límite auditivo. Me enseñó que compartir habitación no es compartir experiencia: es compartir aire.

Años después volví a Madrid. Ya no era el mochilero orgulloso de su precariedad. Podía pagar un hotel sencillo pero privado. Aquella noche, al meterme en la cama, apagué la luz y me quedé escuchando.

Nada.

Ni respiraciones ajenas. Ni aclaradas de garganta. Ni placas tectónicas internas.

Nada.

Y entendí que aquella noche en el hostal había sido una lección. No sobre higiene. No sobre educación. No sobre aquel hombre concreto, que probablemente solo existía dentro de su propia normalidad sin saber que era el protagonista del infierno acústico de cinco desconocidos.

La lección era otra.

La pobreza no es no tener dinero.

La pobreza es no poder elegir con quién compartes el aire.

Y yo, tumbado en aquella cama silenciosa años después, supe que había dejado de ser pobre el día que pude cerrar una puerta y decidir que el único sonido de la noche sería el mío.

Desde entonces, cada vez que alguien me habla del encanto de los hostales baratos, sonrío.

Sonrío, mientras duermo en una habitación privada.

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