No suelo creer en las primeras impresiones. Ya estoy mayorcito para eso. La vida me enseñó que hay miradas que prometen fuegos artificiales y acaban siendo luces de bengala mojadas en mitad de una fiesta triste. Pero cuando la vi… mi cerebro no se esforzó demasiado en encontrar una excusa racional: quise follármela. Así de simple. Sin poesía. Era flaquita, pequeñita, de esas que caben perfectamente entre tus brazos y al mismo tiempo tienen ese aire de «si me sueltas, hago un desastre delicioso». Tatuajes estratégicos, un piercing que asomaba por donde solo asoman los peligros y una manera de sonreír de aquellas que te rompen la cabeza de tal manera que no existe remedio contra ello.
No era blanquita como las que me encienden de inmediato, pero había algo en su piel morenita que pedía una mordida.
O dos.
O todas.
Quedamos un viernes. Yo siempre digo que los viernes son los días en los cuales más gente se enamora… y los sábados cuando más gente se arrepiente de lo hecho la noche anterior. Pero esta vez yo no quería enamorarme, ni mucho menos arrepentirme. Yo solo quería una noche buena, una historia elástica, de esas que se cuentan riendo semanas después… o gimiendo, si se da el caso. La llevé a cenar. No a cualquier sitio, no. A un restaurante que le voló la cabeza. Por la comida, por la iluminación justa para entrar en ambiente sin mayor esfuerzo, y por la música suave que acompañaba sin molestar. Ella no conocía el lugar y eso le sumó puntos a mi lado del tablero: este chico sabe cosas, habría pensado.
Luego la llevé a otro sitio a tomar algo. Tampoco lo conocía. Sus ojos brillaban como si yo fuera un guía turístico del placer cotidiano. Dos copas, carcajadas, alguna mirada que jugaba a esconder el deseo… pero solo jugaba. Ese punto exacto donde todavía no ha pasado nada, pero ambos sabemos que sería ridículo negar lo evidente.
A mí me caen muy bien las mujeres que saben reírse. Pero me caen mucho mejor las que se ríen antes de que yo termine un chiste.
Entonces nos fuimos al coche.
Subimos.
Encendí el motor y el universo encendió otra cosa. No sé quién dio el primer paso. A veces los cuerpos deciden por su cuenta. Ella se inclinó un poquito, yo apenas dos centímetros. Y ahí: el beso. Un beso que sabía a que la noche estaba empezando justo en ese instante. Un beso con lengua curiosa, con labios seguros, con respiración mezclada. De esos que te hacen cerrar los ojos y olvidarte del cinturón de seguridad. No sé cuándo separamos las bocas, pero sé que los dos tuvimos que respirar hondo como quien sale del agua después de bucear un rato.
—Mierda —dije yo sin decirlo.
—Qué rico —pensó ella sin admitirlo.
Empecé a conducir. El camino a su casa se me hizo cortísimo. O quizá ella vivía demasiado cerca del destino que yo quería. Cuando estacioné frente a su edificio, pensé que ya estaba todo dicho. Que cuando un beso es bueno, el siguiente suele ser mejor. Y el tercero… bueno, el tercero ya no suele ser un beso.
Pero no.
Ella agarró su bolso, me dijo que la había pasado genial y se quedó quieta. Yo, que no soy de quedarme quieto, me acerqué de nuevo. El segundo beso no fue eléctrico: fue una maldita descarga de 220 voltios directo al deseo. Ahí sí hubo mano en su cintura, dedos sujetando la parte baja de su espalda, su cuerpo pegado al mío. Ella se aferró a mi cuello como si yo fuera un salvavidas y ella se estuviera ahogando en ganas. Su lengua se movió con la seguridad de quien sabe exactamente lo que está haciendo. Y mi cerebro se preguntó de dónde demonios había salido esa mujer y por qué no la conocí antes.
Cuando terminó ese beso —porque ella lo terminó— se bajó del coche sin invitarme a subir. Y yo no insistí. A veces insistir es matar la magia. La vi caminar hacia la puerta y me quedé ahí, sonriendo como un idiota satisfecho, pensando en el próximo encuentro. Porque claro, tenía que haber otro. Yo no concibo que un beso así sea episodio único. La noche cerró, pero mi imaginación siguió trabajando horas extras.
El día siguiente yo escribo. Ella responde con un emoji. Volvemos a conversar. La vida parecía fluir. Pero después… silencio. Silencio raro, silencio sospechoso, silencio con olor a «¿qué carajo pasó aquí?». Ella activa en redes, subiendo historias, publicando cosas, dando likes… pero a mí, nada. Yo no soy un hombre dramático. No me reviso el corazón en busca de heridas que no existen. Me sorprendió, sí. Porque la señal había sido clara. O eso creía yo. Pero no me dolió. No me tocó el ego lo suficiente como para perder el estilo. Me quedé pensando, eso sí, en qué misteriosa ecuación emocional estaba ella resolviendo para ignorar algo tan evidente como lo que había entre nuestras bocas. Entonces hice lo que tenía que hacer: la última palabra. Pero una última palabra que no suena a despedida triste, sino a «tú sabrás lo que te pierdes».
Le escribí un mensaje bonito, elegante, directo. Nada de súplicas. Nada de preguntas. Solo una invitación a reconsiderar, vestida con traje de gala. Ella respondió. Y respondió con una precisión quirúrgica.
—Buenos días. Por nada en particular, no sentí la necesidad de volver a verte, no tuve ese chispazo —respondió.
Si hubiera dicho que no le gusté físicamente, o que tiene novio, o que se fue del país… habría sido más fácil. Pero «no hubo chispa».
¿Perdona?
¿Y esos besos qué eran?
¿Una falla eléctrica?
¿Un cortocircuito del destino?
Yo, que también tengo mi orgullo y mi poesía ocasional, le respondí con la calma que se merecía la situación.
—A veces las chispas se esconden en la primera tarde… y aparecen cuando ya es demasiado tarde para descubrir el incendio —tecleé.
No había más que decir.
El mensaje perfecto para dejar una semilla de duda plantada justo en el centro de su deseo. Y entonces vino su reacción. Muy rápida, demasiado tierna para alguien que decía «no sentí chispa».
—No pierdas nunca esa hermosa sonrisa y esa magia tan linda que tiene tu alma —escribió junto a dos dos besitos de emojis.
Ajá. Claro. Dos besitos. Magia. Mi alma. Si eso no es chispa, yo ya no entiendo los fuegos artificiales. Pero ahí está el secreto: yo ya no tengo que convencerla de nada. Porque quien tiene que convencer a alguien ahora… es ella.
Me quedé con esta historía, que no es una tragedia, tampoco una comedia romántica con final dulce. Es un pequeño incendio que alguien apagó demasiado rápido… sin darse cuenta de que el fuego apenas estaba empezando a arder. Yo sé exactamente lo que habría pasado si esa noche hubiese terminado en su cama. Y esa certeza es mi pequeña victoria silenciosa.
Porque hay besos que no se olvidan.
Hay chispas que se niegan a morir solo porque alguien dijo que no las vio. Y hay silencios que queman más que una respuesta tardía. Si algún día vuelve —y no me sorprendería que lo haga— ya no seré yo quien busque el fuego. Solo abriré la puerta, sonreiré, y esperaré a que sea ella quien se atreva por fin a quemarse un poco conmigo. Porque algunas personas hablan de chispas… pero yo prefiero hablar de incendios. Y yo… yo habría incendiado su semana entera.
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