Lo he aprendido con Camila. Yo ya tenía teoría, ojo. Uno no llega a ser amante por casualidad, como quien tropieza con un bordillo. Antes hay señales, pensamientos incómodos, un par de fantasías mal colocadas, algún mensaje que «no debería» haber enviado y esas noches en las que te descubres imaginando la vida de alguien que no es tuya. Pero la teoría es gratis. Lo caro es cuando se convierte en práctica.
Camila llegó una noche de esas en las que el mundo parece un cliché: música alta, vasos sudados, luces que parpadean como si al local estuvieran a punto de desconectarlo del sistema nervioso del barrio. Yo estaba ahí sin buscar nada especial —esa es la mentira más vieja del mundo, por cierto: nadie va a esos sitios a «no buscar nada»—, pero digamos que yo iba a mirar el catálogo de la vida sin mucha intención de comprar y ella, quizá, sin intención de mostrar su mercancía.
Y entonces la vi: ese tipo de mujer que no parece entrar, sino editar el lugar. Camina y todo se reordena un poco. La luz le cae mejor, la música encaja, las amigas se vuelven extras en su propia escena. Camila tenía esa mezcla peligrosa de seguridad y hambre: la de quien se sabe guapa, pero también cansada de que todo el mundo la vea como «la señora de alguien».
Lo supe desde el primer segundo: estaba casada. Hay un brillo particular en el dedo anular, pero sobre todo hay un gesto, un microsegundo de duda cuando te devuelve la mirada. Es como si una parte de ella dijera «no deberíamos» y otra contestara «¿y cuándo, si no?». Esa noche bailamos, reímos, nos acercamos demasiado y nos despedimos como si no pasara nada. Y sin embargo, pasó todo: cruzamos una línea invisible. No hubo cama esa primera vez, pero hubo algo peor: la promesa silenciosa de que, si volvíamos a coincidir, ninguno de los dos iba a hacerse el santo.
Pero no tengo ganas de contar la cronología. No voy a narrar el primer beso en un parking abandonado ni el primer temblor de manos desabrochando una blusa que no era para mí. Eso es fácil. Cualquiera puede escribir sobre dos adultos con hormonas en revolución. Lo importante no es cómo terminamos en mi cama. Lo importante es todo lo que vino después. Ahí es donde descubrí que ser el amante no es para cobardes.
La gente cree que el amante es el villano, el rompehogares, el intruso. Y sí, algo de eso hay. Pero también hay una dimensión que nadie te explica: la del tipo que aprende a vivir en la sombra, con el ego inflado y el corazón encogido. Con Camila entendí que el amante no nace, se construye. Lo juro: hay una psicología del asunto. Un código. Un manual de uso que nadie te entrega impreso, pero que poco a poco vas escribiendo con tu propio cuerpo. Yo, que soy un tipo aplicado, empecé a resumirlo en mandamientos. No por moral, sino por supervivencia.
El primero es sencillo de decir y difícil de cumplir: aceptar que yo no era el protagonista. Duélale a quien le duela: la película oficial no es la mía. Yo soy la trama paralela, el argumento extra, el giro que, si esto fuera una serie, solo conoce el público… y ni siquiera todo. Con Camila lo vi clarito. Ella tenía su vida: su casa con piscina, su marido, su círculo de amigos, sus cenas de los viernes, sus fotos familiares en algún mueble que yo nunca veré. Yo era el paréntesis. El paréntesis más intenso de su semana, de acuerdo, pero paréntesis al fin.
El segundo mandamiento llegó la primera vez que sentí el impulso idiota de escribirle un «¿me extrañas?» a las once de la noche de un sábado, sabiendo perfectamente que esa hora no me pertenecía: ser amante es aceptar horarios compartidos con el silencio. Los mensajes llegan cuando él no está. Las llamadas cuando «salió a hacer algo». Las fotos cuando se encierra en el baño y puede sonreírle al móvil sin que la casa se pregunte por qué. Sobra decir que los domingos por la tarde no son míos. A esas horas el mundo oficial hace siesta, ve series, cocina, plancha, discute por tonterías y sube historias a Instagram. Yo, mientras tanto, miro la pantalla apagada y recuerdo un perfume que no puedo nombrar en voz alta.
Ahí descubrí la tercera verdad incómoda: el amante no puede reclamar. No hay derecho a pataleta, por más que me sienta con ganas. El amante sin madurez es un adolescente con erección emocional. Quiere «hablar», «definir», «aclarar». La palabra favorita del cobarde es «complicado». La del amante valiente es «así es».
Si ella no responde, callo.
Si cancela, sonrío y digo «no te preocupes».
Si pospone, simplemente cambio la hora del pecado.
Porque yo no soy su prioridad.
Soy su secreto.
Y ojo: ser secreto no es poca cosa. Hay secretos que sostienen el equilibrio mental de una persona mejor que cualquier terapia. Camila me lo dijo una de esas veces en las que, después de sudar la culpa y el deseo, se quedaba mirando el techo, con esa respiración que suena a confesión pendiente.
—No te confundas —me dijo—. Yo no quiero destruir nada de lo que tengo.
—Lo sé —le respondí—. Yo solo vine a desordenarlo un poco.
Y ahí lo entendí: no soy un sustituto, soy una alternativa.
Él es su estabilidad.
Yo, su vértigo.
Él es el «para siempre».
Yo soy el «menos mal que existo hoy».
Diría que duele, pero mentiría. En realidad, hay algo deliciosamente narcisista en aceptar ese papel. Ser el hombre al que una mujer casada acude para recordar que todavía está viva me ha hecho sentir casi imprescindible. Aunque no lo sea. Ese «casi» es un veneno suave. Voy bebiendo traguitos de importancia y orgullo hasta que empiezo a notar el sabor metálico del siguiente aprendizaje: cuidar mi ego, porque es fácil inflarlo, pero todavía más fácil reventarlo. Cada vez que ella se desnuda para mí, una parte de mi ego se pone capa y espada.
«Me prefiere a mí», susurra.
«Conmigo se ríe más».
«Conmigo se moja más».
«Conmigo es ella».
Puede que todo eso sea verdad. Pero el amante valiente sabe que esa verdad no se traduce automáticamente en mudanzas, divorcios ni finales de película. Porque, aunque el cuerpo la empuje hacia mí, la vida entera la hala hacia su casa.
El sexto aprendizaje llegó sin sexo, sin drama, sin nada extraordinario. Camila me escribió: «No puedo verte esta semana». Nada más. No hubo explicación larga ni ensayo justificativo. Solo una frase limpia, cortante. Vi el mensaje en la pantalla y algo dentro de mí se resistió a aceptar que una frase tan breve pudiera cerrar una semana entera de expectativas. El amante cobarde habría preguntado: «¿Por qué?», «¿Estás bien?», «¿Es por él, por nosotros…?». Yo ya iba entrenado. Borré todas las respuestas largas y escribí solo: «Está bien. Aquí estaré».
Porque la dignidad del amante está en su capacidad de no suplicar.
La gente piensa que el amante siempre tiene el poder, porque es el que despierta el deseo. No es cierto. El verdadero poder lo tiene quien elige cuándo aparece y cuándo desaparece de la historia. Y en esa parte, con sinceridad, yo soy el proveedor, no el cliente. No decido cuándo me piensa; solo decido qué hacer con lo que siento cuando ella no puede venir. Hay otro matiz del que nadie habla: cada encuentro clandestino tiene un reloj invisible. Se siente en la piel. No hace falta ver la hora. Desde el primer beso hasta el último abrazo hay una cuenta regresiva latiendo detrás de cada gemido. El deseo es alargarlo, pero siempre llega el momento en el que la palabra «tengo» aparece.
«Tengo que irme».
«Tengo que llegar antes que él».
«Tengo que responderle».
No importa cuánto sudor haya en la cama ni cuántas veces haya dicho mi nombre entre dientes. Siempre hay un «tengo» esperándola afuera. Al principio me molestaba, lo confieso. Me parecía un insulto a todo lo que acabábamos de hacer. Con el tiempo entendí otra cosa: el amante no compite con el marido, compite con la vida entera de ella. Con la rutina, con los hijos, con las cuentas, con el cansancio, con la presión social, con su propia culpa, con el miedo a que todo explote.
Y aun así, me elige.
Me escribe.
Busca excusas.
Miente.
Cruza la ciudad.
Se maquilla para mí.
Se desnuda para sí misma.
¿De verdad voy a ponerme a discutir horarios cuando he sido elegido por encima de todo eso?
Claro, no todo es heroico ni excitante. Hay un coste. Uno que no se ve en los espejos empañados ni en los mensajes de doble sentido. Llega un momento en el que empiezo a hacerme preguntas que no puedo decir en voz alta. Y ahí entra en escena el noveno aprendizaje, el más incómodo de todos: preguntarme, de vez en cuando, quién sostiene mi corazón mientras yo sostengo su doble vida. Porque sí, yo la sostengo a ella. La contengo. La excito. La alivio. Le devuelvo el brillo que, según ella, ha ido perdiendo en su propia casa. Pero ¿quién hace eso conmigo? Hay noches en las que el amante llega a su cama solo, con la piel cansada y la mente llena. No tiene a quién decirle: «Hoy la vi», «Hoy no vino», «Hoy lloró», «Hoy me dijo que me necesita». A veces ni siquiera tiene amigos con los que pueda compartir ese tipo de secreto sin que lo juzguen como un villano o un idiota.
Ser el amante no es para cobardes porque exige una valentía silenciosa: la de saber que lo que vivo es real, pero no es público. Ni siquiera es compartible. Gestiono mi propio terremoto emocional sin defensa civil. Si se me cae encima, es mi problema. Y queda el último aprendizaje, el que nunca se escribe, porque admitirlo es aceptar que soy humano, no solo un personaje sexy de mi propio ego: nunca estar completamente seguro de que no voy a enamorarme.
Esa es la ruleta rusa emocional del amante.
Al principio me lo repetía como una coartada: es solo sexo, es solo juego, es solo un escape. Me lo decía antes de verla y también después, como quien se lava las manos para no mancharse de algo más serio. Pero el problema no llegó con el sexo. Llegó con los detalles. Con una risa suya que se me quedó pegada más tiempo del normal. Con una manía absurda que empecé a esperar. Con un gesto de cuidado que no venía a cuento. Con una frase que no buscaba excusa y aun así me atravesó. Y un día, sin nada especial, me miró distinto. Menos cuerpo. Más verdad. Me contó algo que no tenía que ver con su marido, ni con la culpa, ni con las mentiras habituales. Algo suyo. Muy suyo. Ahí no entré en pánico: me quedé quieto. Porque entendí que ya estaba viendo más de lo que debía… y, peor aún, que ya estaba sintiendo más de lo que había prometido no sentir.
No voy a mentir: con Camila, a veces camino al borde de esa línea. Hay días en los que solo es sexo, deseo, piel, sudor, carcajadas ahogadas en almohadas que no tienen su nombre. Y otros en los que, después de irse, me quedo mirando el techo y me asalta esa pregunta que todo amante prefiere evitar: ¿y si esta historia empezó siendo clandestina para no hacernos daño y termina haciéndonos daño precisamente porque nunca la dejamos salir a la luz?
No lo sé.
No tengo la respuesta.
Y eso, curiosamente, es lo que mantiene viva la historia.
Ser el amante no es para cobardes.
No lo es cuando me visto sabiendo que hoy no me toca. No lo es cuando borro una frase entera antes de enviarla porque suena demasiado a novio. No lo es cuando la veo irse, acomodándose la ropa, poniéndose el anillo bien en su sitio, y me digo a mí mismo que está bien, que ese es el trato, que yo firmé esto sin leer toda la letra pequeña, pero igual lo firmé. No lo es cuando acepto que el mundo nunca sabrá que esa carcajada que él oye al otro lado de la puerta, mientras ella le dice «nada, una tontería», lleva mi nombre. Ni cuando me doy cuenta de que la única prueba de que existo en su vida está guardada en chats que se borran, en fotos que no se suben, en recuerdos que, si algún día ella decide ser muy fiel, tendrá que enterrar.
No es para cobardes porque, en el fondo, el amante vive con una pregunta sin resolver tatuada en la nuca: ¿estoy ganando porque soy el hombre por el que ella arriesga lo que tiene o estoy perdiendo porque jamás tendré todo lo que ella es? Yo no tengo esa respuesta. Solo sé que, de momento, cuando Camila me escribe «te necesito», me sigue temblando algo por dentro. Y que cada vez que cierro la puerta después de verla salir, me repito en silencio, como un mantra, como una advertencia, como una excusa:
«Tranquilo. Tú sabes lo que haces. Ser el amante no es para cobardes».
Hay días en los que le creo.
Hay otros en los que me lo creo.
Y otros en los que, sinceramente, no estoy tan seguro.
Foto: Envato
