La primera vez que me dijo que no quería una relación, firmó un manifiesto político. Me miró con una seguridad casi militante y me soltó, sin titubeos, que no quería un novio, que no quería pareja, que no quería complicaciones, que no quería drama. Que quería un amigo con derecho, quería follar y ya, sin compromisos.
Así, en ese orden. Lo dijo con cuatro «no» y un punto final que parecía un tatuaje. Yo, que a veces necesito que la vida me dé instrucciones claras, lo agradecí casi con alivio. Me repetí la frase en la cabeza como contrato verbal: no quiere novio, no quiere pareja, no quiere drama. Perfecto. Yo tampoco estaba buscando una historia con banda sonora de boda y álbum de fotos hecho en Canva.
—¿Seguro? —le pregunté, más por protocolo que por duda real.
—Segurísima. Si algún día quiero una relación, te lo diré. Pero no será ahora. Y si te enamoras de mí, es problema tuyo —remató, con esa mezcla de arrogancia y miedo que he aprendido a reconocer en la gente que se jura muy libre.
Y ahí empezó todo.
Al principio fue fácil.
Nos escribíamos cuando nos apetecía, quedábamos cuando podíamos, y el resto del tiempo cada quien era dueño absoluto de su agenda y sus silencios. A mí me venía bien: trabajo, viajes, mi hijo, mis cosas, mi caos. Ella tenía su mundo, sus amigos, sus días de gimnasio y sus noches de Netflix con cara de no me llames que estoy ocupada. No había buenos días obligatorios, no había «avísame cuando llegues», no había «¿con quién estás?» con tono de auditoría emocional. Había sexo rico, conversaciones medio existenciales, risas, memes absurdos y un entendimiento tácito: lo nuestro no era una historia, era un paréntesis.
Hasta que vino el primer viaje.
Yo me fui unos días sin avisar demasiado. No porque quisiera esconder nada, sino porque, honestamente, no me pareció relevante. No éramos novios, no teníamos acuerdos, nadie me había pedido exclusividad ni explicaciones. Compré el billete, hice la mochila, apagué la alarma y me fui.
Durante el segundo día del viaje me llegó un mensaje suyo.
—Estás desaparecido, ¿eh?
Le mandé una foto del lugar donde estaba, medio en broma.
—Ando por aquí, perdiéndome un rato.
—Ah, no sabía que te ibas.
—Tú dijiste que no querías novio.
Añadí un guiño, por suavizar. Ella dejó el visto en azul un rato más largo de lo normal. Esa fue la primera grieta.
A partir de ahí, empezó el «no compromiso con expectativas».
Esa categoría emocional que no sale en los test de personalidad, pero debería. Yo seguía viviendo mi vida tal cual: si tenía trabajo, trabajaba; si tenía a mi hijo, desaparecía digitalmente para estar con él; si podía viajar, viajaba; y si el universo se alineaba, la veía, la tocaba, la besaba y terminábamos sudando filosofía barata sobre el colchón, o donde nos pillara.
Ella, en cambio, empezó a necesitar algo que nunca había pedido en voz alta. No decía «te echo de menos», pero se le escapaba en frases de novia encubierta.
—Hace días que no sé nada de ti.
—Tú sí que desapareces, ¿eh?
—¿Te cuesta tanto mandar un mensaje?
Y claro, en teoría sí. En teoría, se suponía que yo no tenía que rendir cuentas. En la práctica, a veces la leía y me quedaba ahí, con el móvil en la mano, pensando si mandar un «¿cómo estás?» valía como acto de traición al espíritu original del contrato.
Cada vez que intentaba recordarle su propio manifiesto, ella se defendía.
—Lo que dije sigue siendo verdad: no quiero una relación, pero tampoco es que me guste sentir que no te importo.
Y ahí estaba todo resumido: quería la libertad del sexo sin compromiso, pero también el abrigo emocional del «me importas más que el resto». Quería follar sin ataduras, pero que yo tuviera una cuerdita invisible atada al dedo, escribiéndole todos los días sin que eso se llamara novio.
La venganza empezó de forma torpe, como empiezan casi todas las venganzas improvisadas.
Primero fueron comentarios sutiles.
—Hoy salgo con unos amigos, hay un chico que me está tirando fichas.
—Estoy hablando con un francés que conocí el otro día.
—Tengo un match que me insiste mucho.
Yo respondía con neutralidad perfectamente estudiada.
—Qué bien, disfruta.
—¿Qué tal el francés?
—Bueno, mientras no te aburras.
No era ironía. Era honestidad. Yo no tenía derecho a reclamar nada, y tampoco quería. Habíamos firmado —con palabras y fluidos— que lo nuestro no era exclusividad.
Pero se notaba que no era natural.
No eran historias que ella me contaba porque estuviera emocionada de conocer gente, sino porque necesitaba ver si a mí se me movía algo por dentro.
Un sábado por la noche quedamos en un bar. En uno de esos sitios diseñados para gente soltera. Ella llegó más arreglada de lo normal, con ese vestido que no se pone para sentirse cómoda, sino para comprobar cuántas miradas puede coleccionar en una hora.
Se sentó frente a mí, pidió una copa y, sin anestesia, soltó una flecha.
—Hoy un chico me invitó a su casa después del trabajo.
—¿Y fuiste? —pregunté, sin dramatismo.
—No sé, quizás…
Lo dijo como quien lanza una piedra y espera el ruido del golpe.
Yo la miré un momento, en silencio. No sentí celos; sentí algo peor: lástima. No por ella como mujer, sino por el papel que estaba eligiendo representar. Sabía que no estaba disfrutando. Que no había brillo, solo estrategia. No había deseo, solo cálculo.
Me reí, pero no de ella.
—Ojalá te guste más su cama que su conversación —le dije, con ese humor ácido que a veces se me escapa—. Sería una lástima aburrirse dos veces en la misma noche.
Se molestó.
Lo vi en sus ojos.
—Siempre tienes un chiste para todo, ¿no?
No le contesté. Pero por dentro pensé: es eso o llorar por un acuerdo que tú misma firmaste.
Yo me mantuve siendo coherente con algo muy simple: no la controlaba, no pedía exclusividad, no daba explicaciones, no reclamaba.
Si me escribía, respondía.
Si me buscaba, la veía.
Si desaparecía, la dejaba en paz.
Yo no era el novio que ella decía no querer, ni el villano que necesitaba para justificar sus guerras internas. Yo estaba, simplemente, en mi vida.
Hay mujeres que exigen libertad, pero cuando la tienen no saben qué hacer con ella. Al final quieren libertad, pero que alguien esté pendiente. Quieren sexo sin compromiso, pero que el chico de turno no esté con nadie más. Quieren no tener que explicarte nada, pero que les expliquen todo. Y yo no estaba para ese tipo de gimnasia emocional.
Así que entendí algo sin grandes discursos, sin lágrimas y sin conversaciones eternas sobre «qué somos»: si para gustarte tengo que dejar de ser yo, prefiero practicar el onanismo en paz antes que dejar que alguien me joda la vida.
