Skip to content Skip to sidebar Skip to footer

No voy a publicar mi novela

Durante tres años estuve escribiendo una novela sobre emigración. Tres años. Que ya de entrada es una cifra sospechosa para algo que, supuestamente, uno hace por placer. Tres años es el tiempo que tarda un niño en aprender a hablar, un gobierno en empezar a decepcionar, o un hombre en convencerse de que una mala idea en realidad era un proyecto literario.

Mi mala idea fue escribir una novela autobiográfica.

Lo digo así, con esa mezcla de orgullo y arrepentimiento que se tiene cuando uno se mete en algo demasiado grande para lo que creía estar preparado. Al principio todo parecía bastante noble. Quería escribir sobre emigrar sin heroísmos ni melodrama. Sin discursos patrióticos ni épicas de supervivencia. Quería contar lo que realmente pasa cuando uno se va de su país: la confusión, el orgullo herido, la sensación constante de estar improvisando una vida.

Parecía un buen material para una novela.

El problema fue que, al ser autobiográfica, el material también era bastante peligroso. Durante los primeros capítulos todo se siente relativamente seguro. Cambias nombres, cambias ciudades, cambias algunos detalles y te convences de que estás escribiendo ficción. Una ficción muy inspirada en tu vida, pero ficción al fin y al cabo.

Pero a medida que avanzas empiezas a darte cuenta de algo incómodo.

Las personas que estuvieron ahí no necesitan mucha imaginación para reconocerse. Puedes cambiar el nombre de un personaje, llamarlo Andrés en vez de Javier, o Marta en vez de Laura. Puedes mover una escena de Madrid a Barcelona o de un bar a otro. Pero hay detalles que son imposibles de disfrazar.

Las conversaciones.

Los momentos.

Las traiciones pequeñas y las traiciones grandes.

La gente que estuvo allí sabe perfectamente quién es quién. Y el problema es que en la novela algunos de ellos no quedan especialmente bien. Literariamente funcionan de maravilla. Son personajes complejos, contradictorios, humanos. Dramáticamente incluso aportan tensión narrativa, que es algo que cualquier novela agradece. Pero en la vida real siguen siendo personas de carne y hueso. Y esas personas probablemente no encontrarían la experiencia de verse retratadas en mi novela especialmente divertida.

Podría cambiar más cosas, claro. Podría mezclar personajes, suavizar escenas, repartir culpas con mayor diplomacia. Podría hacerlo y así demostrar lo buen escritor que podría llegar a ser. Podría transformar la historia en algo más ambiguo, menos identificable. Pero entonces dejaría de ser autobiográfica. Y si voy a mentir, prefiero hacerlo con más estilo en otro tipo de historias. Así que esa es una de las razones por las que no voy a publicar la novela.

Otra razón es bastante más incómoda.

El protagonista no queda tan bien como uno esperaría. Cuando uno empieza a escribir una historia sobre sí mismo existe la tentación secreta de terminar pareciendo un tipo admirable. Un sobreviviente, un luchador, alguien que enfrentó la emigración con valentía y carácter. Pero cuando te obligas a escribir con cierta honestidad, la cosa cambia. El protagonista de mi novela a veces está perdido. A veces se equivoca. A veces toma decisiones absurdas con una confianza admirable. A veces simplemente no sabe qué demonios está haciendo con su vida.

Y ese protagonista soy yo.

No es una versión especialmente heroica. Es una versión bastante humana. Eso está muy bien para la literatura, pero no estoy seguro de que me apetezca tanto verlo circulando libremente en librerías o en manos de gente que me conoce. Otra cosa que descubrí en el proceso es que escribir la novela ya cumplió una función bastante importante. Ordenar el pasado. Durante tres años estuve revisando recuerdos, reconstruyendo conversaciones, intentando entender qué pasó realmente en determinados momentos de mi vida. La escritura terminó funcionando como una especie de arqueología emocional. Excavas un poco y aparece una escena. Excavas otro poco y aparece una decisión que no recordabas tan claramente.

Al final lo que pudo ser un libro se convirtió en una conversación larga conmigo mismo. Y ahora que esa conversación ya ocurrió, no estoy seguro de que necesite que el resto del mundo participe en ella. Es una sensación rara de explicar. El texto existe. Está terminado. Pero ya no siento la urgencia de publicarlo. Además, hay algo más que me inquieta. Publicar una novela autobiográfica es congelar una versión de tu historia. Es decir: esto fue lo que pasó. Esta es la forma en que lo entiendo.

Pero las historias personales cambian con el tiempo.

No cambian los hechos, cambian las interpretaciones. Lo que hoy te parece una traición imperdonable mañana puede convertirse en una simple mala decisión. Lo que hoy recuerdas con rabia dentro de diez años tal vez lo mires con cierta ternura. Publicar la novela sería fijar una versión definitiva de algo que todavía sigo reinterpretando.

Y eso también me hace dudar.

Otra cosa que me ronda la cabeza es que no quiero que esta historia me defina como escritor. Porque si publicas una novela autobiográfica sobre emigración, inevitablemente te conviertes en «el escritor de la emigración”. El tipo que contó su historia de emigrante. Y aunque emigrar marcó mi vida, no quiero que sea el único ángulo desde el cual se lea todo lo que escribo. He escrito sobre muchas otras cosas. Sobre relaciones absurdas, sobre encuentros improbables, sobre ironías de la vida cotidiana. Me gusta pensar que mi universo narrativo es más amplio que una sola experiencia vital.

Así que sí, probablemente no voy a publicar esta novela. Lo digo con bastante convicción. Tres años escribiéndola, sí. Pero eso no obliga a nadie a publicarla. De hecho, hay algo casi elegante en dejar un manuscrito guardado en un cajón. Como esos vinos que nunca se abren o esos viajes que se planean y luego no se hacen.

La novela existe y quizá la suelte de a trocitos. Yo sé que existe y quienes me conocen podrían atar cabos y reconstruirla a través de mis cuentos dominicales. Para mí, creo yo, eso ya es suficiente.

Así que no, no la voy a publicar.

No tiene sentido.

No hace falta.

No es necesario.

Bueno… aunque igual me lo pienso mejor y la termino publicando.

Valora este post

Publica una opinión

ESCRIBO PORQUE ME GUSTA Y PORQUE PUEDO

FREDDY BLAAN © 2026. Todos los derechos reservados.

Este sitio web es desarrollado por: