Yo no estaba paseando, estaba perdido. Perdido, como se pierden los hombres que ya tienen cuarenta y tantos y que aún se creen capaces de orientarse por instinto, porque una vez hicieron el Camino de Santiago y se les subió al ego el GPS interno. Dalt Vila en invierno es otra cosa. Ibiza sin gente es como una discoteca a las 10 de la mañana: sigue siendo hermosa, pero da un poco de respeto. Hay un silencio que no es silencio exactamente… es como un murmullo antiguo, un eco de piedra, un «aquí han pasado cosas» que no se oye pero se siente.
Las callecitas eran estrechas, empinadas, con la piedra fría, antinatural, industrial. Me parecía que todo tenía la misma tonalidad: gris piedra, beige piedra, marrón piedra, y de vez en cuando una puerta de un color absurdo, como para recordarte que alguien todavía vive ahí y que la vida no es un museo. Iba con las manos metidas en los bolsillos, encogido, y con esa cara típica mía cuando voy solo: una mezcla de «soy un hombre interesante» y «no tengo ni idea de adónde voy». Yo venía en modo desconexión, que es ese modo en el que no quieres impresionar a nadie. Ni seducir. Ni que te seduzcan. Ni siquiera quieres encontrarte con un conocido, porque te obligaría a hablar y tú estás en esa fase espiritual donde hablar se siente como responder correos.
Y entonces ocurrió.
No fue un golpe bajo inmediato.
No fue una explosión de fuegos artificiales internos.
Fue peor.
Fue el tipo de escena que te pone el universo para que tú te sientas protagonista, y luego te castiga por creértelo.
La vi venir por una de esas callecitas en las cuales el suelo parece diseñado para que te mates. Ella iba caminando con una tranquilidad insultante, sin demostrarle nada a nadie. Y ya eso, de entrada, es sospechoso. Porque las mujeres bellas suelen tener dos estilos: las que caminan con la certeza de que el mundo les debe algo y las que caminan convencidas de que el mundo no merece mirarlas.
Ella era del segundo grupo. El más peligroso.
Lo primero que noté fue su abrigo.
Un abrigo largo, oscuro —negro o azul noche, no lo sé, porque mi atención ya estaba en crisis—, con ese corte elegante que parece simple pero cuesta lo mismo que mi paz mental. El abrigo no era ajustado, no marcaba el cuerpo… y, aun así, lo insinuaba todo. Porque hay mujeres que no necesitan enseñarte nada: te lo sugieren con el movimiento.
Yo, que soy un hombre decente y civilizado, intenté hacerme el que no miraba, pero lo hacía. Lo hacía casi descaradamente. Lo hacía casi sin que me importara si ella me pillaba de frente o si algún testigo sigiloso lo hacía desde su ventana.
Ella tenía el pelo suelto e imperfecto.
No era un peinado de influencer. No era una melena planchada con intención. Era pelo real. Pelo que había sentido viento. Pelo que había vivido. Un poco ondulado, un poco revuelto. Ese tipo de cabello que cuando lo miras sientes ganas de tocarlo, pero también sientes vergüenza por sentir ganas de tocarlo.
Ella venía sin prisa, pero con paso firme.
Y aquí es donde el tiempo empezó a hacer una cosa rara.
Lo juro: el aire se volvió más pesado. Como si alguien hubiese puesto el mundo en «modo cámara lenta». Y eso no es poesía barata, es que me pasó de verdad. Porque una cosa es estar en calma y otra muy distinta es que se te aparezca una mujer que parece haber salido de un cuento y te desconfigure el sistema operativo.
El cuento, por cierto, no era de Disney.
Era de esos cuentos antiguos en los cuales la mujer misteriosa te cambia la vida y tú terminas convertido en un árbol o en un imbécil. Yo, por supuesto, sentí esa mezcla de emociones tan típica en mí: admiración estética, curiosidad enferma, y una necesidad absurda de ser digno del momento. Porque uno puede estar perdido en una calle medieval, con frío en la cara, y aun así su ego se las arregla para pensar que esto es una escena y uno tiene que estar a la altura.
¿A la altura de qué?
¿De una chica caminando?
¿De una chica existiendo?
Pero bueno, así soy. Drama interior incluido.
Ella pasó a unos pocos metros. Y entonces vi su cara con claridad. No voy a decir «era perfecta», porque esa palabra es de hombres desesperados y de catálogos de maquillaje. Voy a decir algo más exacto: era preciosa sin pedir permiso. Tenía pómulos suaves, una nariz finísima, y una boca que no estaba sonriendo pero tampoco estaba amargada. Tenía los labios en reposo. Como si hubiera aprendido a estar tranquila en su propia cara. Y sus ojos… sus ojos eran de esos que te miran sin mirarte. Yo solo era parte del paisaje. Una piedra más. Una estatua. Un turista con abrigo.
Me encantó.
Porque para mí no hay nada más sexy que una mujer que no te valida.
Ella iba sin auriculares y eso me pareció un detalle brutal. Porque hoy en día la gente va por la calle editando su propia película: auriculares, playlist triste, cara de «nadie me entiende». Ella no. Ella escuchaba el mundo. Escuchaba el sonido de sus pasos sobre la piedra. Escuchaba el aire. Escuchaba Ibiza sin maquillaje. Y en ese momento me di cuenta de algo muy incómodo: yo era el que estaba de más en esa calle.
Ella pertenecía.
Yo estaba de visita.
Y entonces, justo cuando iba a cruzar frente a mí… levantó la vista.
Y ocurrió.
Nos miramos.
Un segundo.
Dos como mucho.
Pero fue suficiente para que yo sintiera que el tiempo no se detenía: se rendía. Fue una mirada limpia. Sin juego barato. Sin coqueteo obvio. No fue el típico intercambio de «hola, me gustas». Fue más bien como:
—Ah, existes.
—Sí, existo.
—Bien.
Y ya.
Y aun así, yo sentí que ese segundo tenía más contenido que muchas conversaciones enteras que he tenido en mi vida. Más profundidad que algunos «te amo» dichos por gente que ni siquiera se cae bien a sí misma. La chica de Dalt Vila no me sonrió. No me guiñó el ojo. No hizo nada. Pasó. Siguió caminando. Y entonces noté otro detalle que me dejó trastornada el alma: su perfume. Era suave, limpio. No era el típico perfume dulce que grita. Era algo frío y fino. Algo que olía a piel cuidada. A ropa buena. A historia personal. Olía a alguien que no ha tenido que rogarle amor a nadie. Y eso es peligrosísimo. Entonces, me quedé quieto, porque uno no se mueve cuando el universo le acaba de regalar un instante perfecto. Si te mueves, lo rompes. Si intentas seguirla, lo vulgarizas. Si intentas hablarle, te conviertes en el turista que interrumpe una escena sagrada.
Me quedé quieto… pero mi cabeza se volvió un bar.
Empecé a imaginarlo todo, como hacemos los hombres cuando una mujer nos gusta y no podemos acceder a ella: inventamos.
Me la imaginé viviendo ahí.
No «vivir en Ibiza» en plan influencer. No. Vivir de verdad. En una casa vieja con paredes gruesas. Con una cocina donde huele a café. Con libros por todos lados. Con un gato que la odia un poco porque así son los gatos. Me la imaginé entrando a una librería pequeña, pidiendo un libro raro, y el librero tratándola con respeto porque ya la conoce. Me la imaginé con una copa de vino en una terraza fría, mirando el puerto como quien está esperando algo… o como si no esperara nada. Me la imaginé, incluso, con un pasado. Porque esa clase de belleza tiene pasado. No por morbo, sino por intuición. Una mujer así ha sido deseada muchas veces. Y aun así no parece endeudada con nadie. Eso solo pasa cuando has aprendido a elegir, y a decir que no, y a irte sin pedir disculpas.
Mientras ella se alejaba, yo sentí algo que no esperaba sentir: ternura. Pero no ternura por ella. Ternura por mí. Por ese hombre que aún se queda embobado por un instante, como si tuviera dieciocho años. Por ese hombre que todavía puede perderse en una calle y encontrarse en una mirada.
Porque, aunque no lo parezca, yo soy un romántico funcional. Un romántico con ironía. Un romántico con trauma y sentido del humor. Y ahí estaba yo: en una esquina de piedra, con frío en la cara, y el corazón hablando.
Ella dobló una esquina y desapareció.
Y no hubo cierre.
No hubo «¿cómo te llamas?».
No hubo «me gustas».
No hubo Instagram.
No hubo «qué haces luego».
No hubo nada.
Y eso fue lo que lo hizo perfecto.
Porque hay escenas que no vienen a ser historias. Vienen a ser momentos. Vienen a ser pruebas de que la vida todavía te puede sorprender aunque tú creas que ya lo viste todo. Seguí caminando después de eso, pero ya no estaba perdido. O sí. Pero de otra manera. Ahora estaba perdido en una idea: la idea de que en algún lugar de Dalt Vila, en una callecita cualquiera, existe una mujer que parece salida de un cuento… y que hoy, sin saberlo, me detuvo el tiempo.
Y si eso no es suficiente para darle sentido a un día frío de invierno, entonces yo no sé qué lo es.
