Yo no iba a la universidad a estudiar. O al menos, no los lunes. Esto lo puedo decir ahora, con la tranquilidad que da el tiempo y con la dignidad ya bastante negociada, pero en aquel momento yo estaba convencido de que era un estudiante ejemplar. De esos que participan, que opinan, que tienen criterio, que levantan la mano no porque quieran llamar la atención, sino porque tienen algo valioso que aportar. Qué ternura me doy. Era primer semestre. Primeros días. Esa fase en la que uno todavía cree que la universidad es el inicio de algo grande, y no el comienzo elegante de una larga cadena de decisiones cuestionables. Todo era nuevo: los pasillos, la gente, las expectativas. Y entonces apareció ella: Migdalia.
No recuerdo el apellido. En realidad sí lo recuerdo, pero no importa. Olvidé por completo el nombre de la materia. Algo de comunicación, teoría, lenguaje… da igual. Lo que sí recuerdo con una claridad quirúrgica es cómo caminaba. Cómo hablaba. Cómo se giraba ligeramente al escribir en la pizarra, como si supiera perfectamente el efecto que producía sin necesidad de exagerar nada.
Porque no exageraba nada.
Y ahí está el detalle.
No era de esas mujeres que necesitan enseñar para provocar. Era de esas que te desmontan con una camisa perfectamente abotonada. Con una falda normal. Con un tono de voz firme. Con esa seguridad que a los veinte años no entiendes, pero te atrapa como si fuera gravedad. Ella tenía cuarenta y pocos. Yo, veinte o veintiuno, no lo sé. En ese momento uno no cuenta los años, cuenta las posibilidades. Y las mías, siendo honestos, eran exactamente cero. Pero eso nunca me detuvo. Yo me sentaba en primera fila. Siempre. Religiosamente. No por interés académico, por supuesto. Yo decía que sí. Yo lo defendía. Yo incluso me lo creía. Pero la verdad es que necesitaba verla de cerca. Necesitaba que existiera la posibilidad —aunque fuera ridícula— de que en algún momento sus ojos se detuvieran en mí más de lo necesario.
Y también necesitaba imaginarla.
Porque ahí empezó otra asignatura, paralela, silenciosa, que no estaba en ningún programa académico. Me preguntaba si estaba casada. Si alguien la esperaba en casa. Si había un hombre que tenía acceso cotidiano a esa versión suya que a mí me estaba prohibida. Me imaginaba su vida fuera del aula, sus domingos, su cama, sus silencios. Me preguntaba —con la naturalidad torpe de los veinte— con quién compartía su intimidad, quién tenía el privilegio de descubrir lo que yo apenas intuía desde una silla incómoda de pupitre universitario. Y en esa imaginación, claro, yo siempre encontraba una grieta. Un espacio improbable donde, de alguna manera absurda, yo encajaba.
Nunca lo decía. Nunca lo insinuaba. Pero lo pensaba.
Y bastante.
Y entonces vino mi gran estrategia.
La sección de noticias.
Cada lunes, ella abría la clase con una dinámica: comentar la noticia más relevante del fin de semana. Un espacio para el análisis, la reflexión y para que yo desplegara lo que en ese momento consideraba mi mayor arma de seducción: parecer inteligente. Recuerdo navegar en aquellos teléfonos lentísimos, con conexión que parecía enviada por correo postal, leyendo titulares como si me fuera la vida en ello. No porque me interesara el mundo. Me interesaba que ella pensara que yo entendía el mundo. Que no es lo mismo. Llegaba preparado. Ensayaba mentalmente. Elegía bien las palabras. Esperaba el momento exacto. Levantaba la mano con una seguridad fingida. Hablaba. Argumentaba. Incluso improvisaba cuando hacía falta. Y cuando ella asentía, cuando decía algo como «interesante punto», yo sentía que había ganado algo.
No sé qué.
Pero algo.
Hoy lo pienso y me da risa. Porque yo creía que estaba destacando. Creía que estaba construyendo una imagen. Creía que, poco a poco, ella empezaría a verme como algo más que un estudiante más. Como si no hubiera visto eso antes. Como si yo fuera especial. Como si un chaval de veinte años con ínfulas de analista internacional fuera a descolocar a una mujer que ya había vivido suficiente como para leer a la gente en dos segundos. Pero me permito tener ese recuerdo bonito, porque en mi versión de la historia, había momentos. Pequeños gestos. Miradas sostenidas medio segundo más de lo normal. Preguntas dirigidas. Comentarios que yo interpretaba como señales, aunque probablemente eran simplemente educación. Y ahí está lo mejor de todo: el autoengaño elegante.
Nunca hablé con ella fuera de clase.
Ni una vez.
Nunca me acerqué después de clases. Nunca inventé una excusa. Nunca crucé esa línea invisible que separa la fantasía de la realidad. Y no fue por respeto. Fue por miedo. Porque en el fondo yo sabía que esa historia funcionaba precisamente porque no pasaba nada. Porque mientras se quedara en el aula, mientras viviera en esos cincuenta minutos semanales, todo era perfecto. No había rechazo. No había incomodidad. No había verdad. Solo había una versión mía mejorada, más interesante, más preparado, y una versión de ella completamente idealizada, construida con retazos de deseo y admiración.
Los lunes eran mi día favorito. Y no por la universidad. Sino porque durante una hora yo me sentía alguien que quizá —solo quizá— podía llamar la atención de una mujer así. Luego salía de clase y volvía a ser yo. Y no es que esté mal. Pero no era lo mismo. Han pasado años. Muchos. Y he conocido mujeres increíbles. De verdad. Reales. Cercanas. Algunas incluso mejores en muchos sentidos. Pero hay algo en Migdalia que sigue intacto. Porque nunca existió del todo. Porque nunca la arruiné con la realidad. Porque nunca me dio la oportunidad de dejar de imaginarla. Y, ahora que lo pienso, creo que esa fue la única forma en la que yo podía «ganar» en esa historia.
No seduciéndola.
No impresionándola.
No llevándomela a ningún sitio.
Sino quedándome exactamente donde estaba: en primera fila, bien preparado, hablando de noticias que me importaban una mierda solo para hacerme visible ante ella. Y yo, con eso, ya tenía suficiente. O al menos, eso me decía. Porque si soy completamente honesto, yo no iba a esa clase a aprender comunicación. Iba a ver si, por casualidad, una mujer que no estaba hecha para mí se equivocaba.
