Skip to content Skip to sidebar Skip to footer

Hice bien en volver al gimnasio

Volví al gimnasio después de un año. Un año exacto, como esas condenas simbólicas que uno se autoimpone sin darse cuenta. Doce meses de excusas perfectamente estructuradas: enfermedad, viajes, falta de tiempo, falta de ganas, falta de vida… y, si soy honesto, falta de cojones.

Porque uno no deja de entrenar por no poder. Uno deja de entrenar porque se acostumbra a no hacerlo. Y eso, querido yo del pasado, es muchísimo más peligroso.

El caso es que ayer volví.

Volví con la dignidad reconstruida y el autoestima inflada artificialmente, esa misma que solo tiene alguien que todavía no ha hecho la primera serie. Me sentía bien. Demasiado bien. Sospechosamente bien. Y entonces pasó lo inevitable. Me miré en el espejo.

No fue dramático. No fue un «¿en qué me he convertido?». Fue peor. Fue un «bueno… tampoco estoy tan mal». Esa es la frase más peligrosa del mundo. Es el equivalente emocional a abrir una botella de vino un martes porque «mañana trabajo, pero poco».

No estás tan mal… pero tampoco estás bien.

Y ahí estaba yo, de pie, en medio de ese ecosistema perfectamente organizado, rodeado de gente que sí había seguido viniendo. Gente que no se había permitido ese año sabático disfrazado de circunstancias inevitables.

Y empecé a observar.

Porque si algo hago bien en esta vida, además de justificar mis propias decisiones cuestionables, es observar a los demás como si fueran personajes de una historia, para no sentirme tan protagonista de mi propio desastre.

El primero que vi fue al típico macho alfa de hierro. Ese hombre no entrena. Ese hombre negocia directamente con la gravedad. Levantaba una barra que parecía tener más historia que mi árbol genealógico. No hacía ruido… emitía sonidos. Como si su cuerpo estuviera en guerra con el planeta. Y lo más fascinante es que nadie lo miraba. Nadie. Como si existiera un pacto silencioso: si no lo miras, no te mata».

Yo lo miré.

Dos segundos.

Luego desvié la mirada, porque tampoco soy idiota.

A su lado estaba el el guapo del espejo. Ese sí que me miró. Bueno, no a mí exactamente. A sí mismo, reflejado en un ángulo donde casualmente yo estaba detrás. El guapito no entrenaba músculos, entrenaba validación visual. Se giraba, se tensaba, se recolocaba… y en cada movimiento había una pregunta implícita: «¿lo estás viendo?».

Sí, lo estaba viendo. Y también estaba viendo el pequeño detalle de que llevaba veinte minutos sin hacer una repetición real. Pero oye, la constancia en mirarse también es una forma de disciplina. Luego apareció ella. La popular influencer fitness. No llegó caminando. Llegó encuadrando. Llegó levitando. Colocó el móvil, revisó la luz, ajustó el ángulo, repitió el gesto, volvió a ajustar… y finalmente hizo una sentadilla. Una. Perfecta. Cinematográfica. Innecesariamente elegante.

Luego revisó el vídeo.

Y repitió.

Y repitió.

Y repitió.

Yo, mientras tanto, ya había hecho tres series mal ejecutadas y una crisis existencial. Pero ella tenía contenido. Y en 2026, tener contenido es mucho más importante que tener abdominales. Seguí avanzando. Porque en el gimnasio no se camina, se deambula con intención. Como si supieras exactamente lo que haces, aunque estés improvisando más que un político en campaña.

Fue entonces cuando me vi a mí mismo.

En otro cuerpo. A un tipo recién llegado. El mismo que mira las máquinas como si fueran arte contemporáneo. Sabes que sirven para algo, pero no estás del todo seguro de qué. Lees las instrucciones como si fueran un contrato: fingiendo que entiendes. Ese fui yo. Ayer. Hace dos horas. Hace cinco minutos. Y lo peor no es no saber. Lo peor es intentar disimular que sí sabes. Así que hice lo que hacemos todos: copiar.

Vi a un tipo usando una máquina, me vestí de espía ruso y memoricé el movimiento con precisión. Cuando se fue, la usé yo con una técnica que probablemente ofendía a la biomecánica. Pero con actitud. Siempre con actitud. Entre serie y serie me convertí en el filósofo del fitness. Ese momento en el que te sientas, miras al vacío y de repente te acuerdas de decisiones que tomaste en 2017. No sabes por qué. Pero aparecen. Como si el esfuerzo físico desbloqueara archivos emocionales que llevabas años evitando. «¿Y si hubiera…?». No. No habrías hecho nada distinto. Estás aquí, sentado, sudando poco y pensando demasiado.

Clásico.

A mi derecha, el aislado del planeta. Auriculares gigantes. Mirada fija. Expresión neutra. Ese personaje podría estar escuchando música, un podcast o la confesión de un crimen… y nadie lo sabría. Está en otra dimensión. Podrías pedirle ayuda, confesarle tus pecados o proponerle un negocio y te respondería con un gesto mínimo, como si fueras parte del mobiliario.

Le envidié.

Porque ese nivel de desconexión es casi espiritual.

Y luego, el acaparador. Ese sí que merece un capítulo aparte. Tiene una toalla en una máquina, una botella en otra, una mancuerna en el suelo y probablemente una hipoteca emocional en cada esquina del gimnasio. No está entrenando, está marcando territorio. Si le preguntas si está usando algo, te dirá que sí con absoluta seguridad aunque, para él, el concepto de «compartir» es una sugerencia, no una norma.

Me acerqué a una máquina.

—¿La estás usando?

—Sí, ahora voy.

No volvió.

Nunca volvió.

Creo que sigue «yendo».

Y en medio de todo eso, eestaba yo.

Haciendo repeticiones mediocres con una determinación admirablemente inútil. Porque el problema no era el gimnasio. El problema era la narrativa. Yo no había vuelto a entrenar para ponerme en forma. Había vuelto para sentir que estoy haciendo algo con mi vida. Y eso es peligrosísimo. Porque cuando usas el gimnasio como metáfora de redención, cada repetición deja de ser física y se vuelve emocional.

No levantas peso.

Levantas expectativas.

Y siempre pesan más.

Salí del gimnasio con esa sensación engañosa de «hoy he hecho algo bien». Me dolían los músculos que recordaba y algunos que no sabía que existían. Caminaba raro. Con orgullo, pero raro. Y mientras volvía a casa, sudado, ligeramente destruido y peligrosamente motivado, me di cuenta de algo. Todos los que estaban ahí dentro no eran distintos a mí. Solo eran versiones más honestas de lo que yo también soy.

Porque el gimnasio no revela el cuerpo.

Revela el personaje.

Y el mío… apenas está calentando.

5/5 - (2 votos)

Publica una opinión

ESCRIBO PORQUE ME GUSTA Y PORQUE PUEDO

FREDDY BLAAN © 2026. Todos los derechos reservados.

Este sitio web es desarrollado por: