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El Lupanar no duerme

No entré al Lupanar como entra un turista. No había prisa, ni foto, ni ese gesto nervioso de quien quiere cumplir con el recorrido y marcharse. Entré como se entra a un sitio donde uno intuye que no es bienvenido del todo, pero tampoco expulsado. Como si el lugar tolerara mi presencia por pura inercia histórica. Me quedé quieto, apoyado en una pared estrecha, en un punto desde el que no se veía todo, pero se entendía todo. Un lugar privilegiado, pensé después. No por comodidad, sino porque desde ahí uno no participa: observa. Y observar, en ciertos lugares, es una forma de respeto.

El aire era espeso. No por humedad —Pompeya siempre tiene algo seco, polvoriento—, sino por acumulación. Como si durante siglos nadie hubiese ventilado lo que allí ocurrió. Los frescos estaban ahí arriba, intactos en su indecencia funcional, mostrando posiciones sin poesía, cuerpos sin nombres, escenas sin promesa. No decoraban: indicaban. Eran señales de tráfico del deseo. Y entonces ocurrió algo extraño. No fue una visión, ni una alucinación. Fue más simple y más perturbador: el lugar empezó a funcionar.

No vi una orgía.

Vi una escena cotidiana. Una de tantas. Un hombre entra. No es joven. Tampoco viejo. Tiene el cuerpo de alguien que trabaja de pie, que come cuando puede, que no reflexiona demasiado sobre lo que va a hacer porque no siente que deba hacerlo. Lleva monedas contadas. No negocia. No pregunta. Señala un fresco con la barbilla, como quien elige pan.

La mujer aparece desde una sombra lateral. No hay seducción. Hay eficiencia. Su cuerpo no es joven en el sentido moderno; es joven en el sentido romano: útil, resistente, entrenado. Tiene la mirada de quien ya sabe cómo va a terminar esto incluso antes de empezar. No sonríe. Tampoco frunce el ceño. Es una neutralidad aprendida. No escucho gemidos. Escucho instrucciones. No escucho palabras dulces. Escucho frases cortas, necesarias. El sexo aquí no es una experiencia, es un trámite físico con consecuencias económicas. Y eso lo vuelve brutal de una manera que ninguna exageración moderna puede igualar.

El olor es lo primero que me atraviesa. Sudor viejo, aceite, cuerpos que se suceden sin descanso. No hay perfume. No hay intención de esconder nada. El deseo aquí no necesita parecer otra cosa. El deseo aquí es un hecho, no un relato. Me doy cuenta de algo incómodo: nadie mira a nadie a los ojos. Ni el hombre, ni la mujer. No por vergüenza. Por irrelevancia. Mirarse sería añadir una capa que este lugar no contempla. El contacto está permitido. La conexión, no. Los frescos siguen ahí, vigilando la escena, recordándome que nada de esto es improvisado. Que todo está pensado para que funcione rápido, para que no deje residuos emocionales. Para que el cuerpo se use y se devuelva sin preguntas. Y yo sigo quieto. Tan quieto que empiezo a dudar de si estoy respirando.

No me siento excitado. Me siento alerta. Como cuando uno presencia algo que no debería juzgar porque ocurrió antes de que el juicio fuese inventado. Me invade una certeza incómoda: esto no es sexo sucio. Es sexo honesto, y eso lo hace más difícil de mirar. Pienso en cuántas capas hemos añadido desde entonces. En cuántas palabras usamos hoy para disfrazar lo mismo. Citas, aplicaciones, discursos, excusas. Aquí no hay excusas. Aquí hay cuerpos y tiempo medido. El después es aún más duro. El hombre se ajusta la ropa sin ceremonia. No hay charla. No hay agradecimiento. Hay una salida. La mujer se recoloca el cabello con un gesto automático, como quien se recoloca una herramienta después de usarla. No hay rastro visible del acto, y sin embargo todo el espacio lo conserva.

Siento que el suelo bajo mis pies no es suelo. Es una acumulación de pasos. De esperas. De respiraciones contenidas. De silencios posteriores. No sé en qué momento exacto dejé de estar en 2026. No hubo túnel, ni mareo, ni esa estética barata del viaje en el tiempo. Fue más íntimo: el presente dejó de ser relevante. El ruido moderno se apagó. El murmullo de los visitantes desapareció. El sol cambió de densidad. Estoy despierto. Lo sé. Pero también sé que no estoy solo. El Lupanar no es un edificio. Es un sistema. Y cuando uno se queda quieto el tiempo suficiente, el sistema se activa. No siento culpa. Tampoco fascinación. Siento algo más peligroso: comprensión. Entiendo por qué funcionaba. Entiendo por qué nadie escribía poemas sobre esto. Entiendo por qué la moral venía después, siempre después.

Y entonces, como un golpe seco, una voz femenina rompe el aire.

—Señor, tenemos que cerrar esta zona.

Parpadeo.

Literalmente.

El gesto físico de volver al cuerpo. Me giro. Es la chica de seguridad. Joven, uniforme neutro, voz profesional, acento napolitano. No hay dureza. No hay solemnidad. Solo horario.

Asiento. Doy un paso atrás. Otro. El Lupanar vuelve a ser ruina. Piedra. Frescos protegidos. Historia domesticada para el consumo.

Salgo. La luz me parece excesiva. El ruido vuelve. Gente hablando idiomas distintos. Pasos rápidos. Botellas de agua. El Vesubio al fondo, tranquilo, como si nunca hubiese hecho nada. Camino unos metros sin mirar atrás. No porque no quiera. Porque ya ha sido suficiente. Me queda una sensación rara en el cuerpo. No de excitación. De haber presenciado algo que no me pertenecía, pero que me atravesó igual. Como si durante unos minutos hubiese sido testigo de una verdad que no se explica, solo se reconoce.

Entiendo algo al salir: el Lupanar no duerme.

Solo espera a que alguien se quede quieto lo suficiente como para viajar en el tiempo.

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