Skip to content Skip to sidebar Skip to footer

El año que no voy a resumir

No voy a resumir el año. No porque haya sido malo. Tampoco porque haya sido especialmente bueno. No voy a resumirlo porque ya no me cabe en una lista. Porque cuando intento ordenarlo en aprendizajes, logros, fracasos o propósitos cumplidos, todo se me mezcla como esos cajones donde conviven cables que ya no sirven, papeles poco relevantes y recuerdos que no sabes por qué sigues guardando.

Durante años me esforcé mucho en cerrar ciclos con dignidad narrativa. Final de año, balance, conclusiones. Qué aprendí, qué solté, qué me prometí no repetir. Era una forma elegante de mentirme. Ponerle estructura a lo que, en el fondo, había sido puro tanteo.

Este año no.

Este año no me dejó moralejas claras.

Me dejó preguntas mal formuladas, respuestas que llegaron tarde y decisiones que solo entendí meses después, cuando ya no importaban. Fue un año que no se dejó archivar en carpetas. Uno de esos que, si intentas resumirlo, pierde sentido. Si tuviera que hacer un resumen —y no lo voy a hacer— empezaría diciendo que no me convertí en una mejor persona. Tampoco en una peor. Me convertí en alguien un poco más consciente de sus contradicciones, que es una manera menos heroica pero más honesta de crecer.

No aprendí a soltar del todo.

Aprendí a soltar a medias, que es como solemos hacerlo los adultos: dejando siempre un hilo invisible por si acaso. No aprendí a no repetir patrones; aprendí a reconocerlos mientras los repetía, lo cual no evita el golpe, pero al menos te ahorra el susto. Tampoco resolví grandes asuntos pendientes. Algunos los postergué con elegancia. Otros los tapé con trabajo, con humor, con movimiento. Y algunos, los más incómodos, simplemente los acepté como parte del mobiliario emocional: están ahí, no combinan con nada, pero tampoco los voy a tirar.

Fue un año intenso. Y la intensidad, como el alcohol fuerte, no siempre se disfruta: a veces solo se sobrevive. Si me pongo objetivo, casi clínico, diría que fue el año que más he follado en mi vida. Lo digo así, sin brillo. Sin épica. Como quien anota un dato estadístico que no explica nada. Porque no explica nada. No explica por qué algunas noches acababan con el cuerpo satisfecho y la cabeza en silencio incómodo. No explica por qué el deseo se multiplicó mientras la sensación de compañía iba por otro carril.

Fue un éxito corporal y un año emocionalmente desordenado. Y ambas cosas convivieron sin hablarse demasiado, como vecinos que se cruzan en el ascensor y fingen no verse. También fue, curiosamente, el año que más viajé. No como huida consciente. Más bien como consecuencia. Como si algo dentro de mí hubiese decidido que quedarse quieto ya no era una opción viable. Estuve en tantas partes que pasé muy pocos días en casa. Y cuando digo casa, no hablo solo de un lugar físico, sino de esa sensación extraña de saber dónde pertenece uno cuando apaga la luz. Aeropuertos, trenes, carreteras. Habitaciones que se parecían demasiado entre sí. Despertadores ajenos. Duchas con presión impredecible. Cafés tomados en ciudades donde nadie me conocía y eso, lejos de incomodarme, me daba una calma difícil de explicar.

Viajar no me ordenó. Pero me distrajo con solemnidad. Me dio la ilusión de movimiento cuando por dentro había cosas que no avanzaban al mismo ritmo. Cambiar de paisaje fue una forma sofisticada de no enfrentar algunas preguntas. Y aun así, funcionó. Porque a veces no necesitas respuestas, solo espacio. Hubo lugares donde me sentí ligero. Otros donde me sentí profundamente fuera de sitio. Y algunos —los más peligrosos— donde pensé por un momento que podría quedarme. No lo hice. Nunca lo hago. Pero la idea estuvo ahí, flotando, como esas ofertas que no aceptas pero te hacen dudar de tus planes. Dormí poco en mi propia cama. Hice la mochila con una naturalidad que antes no tenía. Aprendí a no llevar demasiado, ni en la mochila ni en la cabeza. Dejé cosas atrás sin despedirme y me llevé otras sin saber por qué. El viaje, como el deseo, no siempre necesita explicación.

No fue el año del amor definitivo. Fue el año de las versiones temporales. De las historias que duraron lo justo para dejar huella, pero no lo suficiente como para quedarse. De los «nos vemos pronto» que no sobrevivieron al calendario. De las conexiones intensas que se evaporaron sin drama, como si nunca hubieran pedido permanencia. También fue el año en el que confirmé algo que ya sabía, pero me resistía a aceptar: la validación externa tiene fecha de caducidad corta. Dura lo que dura el momento. Después, vuelve el silencio. Y en ese silencio, sigues siendo tú, con o sin aplausos.

Perdí algunas certezas que creía sólidas. No las echo de menos. Gané una relación más honesta conmigo, que no siempre es cómoda, pero es mucho más difícil de traicionar. Me vi tomar decisiones que antes habría juzgado en otros. Me vi justificar cosas que antes criticaba. Y no me castigué por ello. Entendí que vivir también es contradecirse con estilo. No todo fue introspección, claro. Hubo risas reales. De esas que no necesitan ser contadas después. Hubo sobremesas largas, conversaciones que empezaron en cualquier parte y acabaron en lugares inesperados. Hubo momentos de absoluta calma en medio del caos, como pequeñas treguas concedidas por la vida, a veces en una ciudad extranjera, a veces en mitad de una noche cualquiera.

Pero no voy a romantizar el año. No fue una película. Fue más bien una serie irregular, con capítulos brillantes y otros que se ven por inercia. Algunos giros no aportaron nada. Otros lo cambiaron todo sin previo aviso. Y muchos episodios quedaron abiertos, sin cierre, como suele pasar cuando uno vive sin guion. No me volví más fuerte. Me volví más flexible. Que no queda tan bien en una frase motivacional, pero sirve mucho más cuando las cosas no salen como esperabas. Aprendí a adaptarme, a improvisar, a no exigirle coherencia absoluta a una vida que claramente no la tiene.

Y si algo murió este año, no fue una relación ni una idea concreta. Murió la necesidad de explicarme constantemente. De justificar por qué hago lo que hago, por qué siento lo que siento, por qué elijo lo que elijo. Murió el impulso de dar coherencia forzada a un conjunto de decisiones que, vistas desde fuera, no siempre la tienen.

No sé qué traerá el año que viene. No tengo propósitos cerrados. Tengo intenciones vagas y ganas razonables. No espero grandes revelaciones ni finales perfectos. Espero continuidad. Presencia. Y, con suerte, un poco menos de ruido.

Así que no.

No voy a resumir el año.

Porque algunos años no se resumen.

Se atraviesan.

Y con eso, ya es suficiente.

5/5 - (6 votos)

Publica una opinión

ESCRIBO PORQUE ME GUSTA Y PORQUE PUEDO

FREDDY BLAAN © 2026. Todos los derechos reservados.

Este sitio web es desarrollado por: