No fue culpa de ella. Lo digo sin sarcasmo, por una vez. No fue culpa de su impaciencia, ni de sus putos gatos neuróticos con nombres de filósofos del siglo XIX, ni siquiera del algoritmo que nos emparejó como si fuera un Cupido subcontratado.
Fue mía.
Mía por pensar que esta vez sí, que esta…
