Skip to content Skip to sidebar Skip to footer

A veces la vida se pone romántica

Me acabo de despedir de Inês. Ella siguió su camino y yo, cabizbajo pero extrañamente revitalizado, no tengo otra opción que seguir el mío. La conocí hace menos de veinticuatro horas en Borres, uno de esos puntos del Camino Primitivo donde el mundo parece haberse olvidado de que existe el WiFi y, de paso, de que los seres humanos necesitamos certezas para no volvernos locos.

Borres no es un pueblo. Borres es un suspiro. Un tramo de carretera, cuatro casas con cara de haber visto pasar demasiados peregrinos y un albergue que funciona como los bares de carretera: nadie sabe quién lo montó, pero todos lo agradecen.

Ayer yo estaba sentado exactamente en este mismo lugar: una terraza de madera vieja, húmeda por la bruma, con ese olor a lluvia permanente que se te mete por la nariz y se te queda dentro, una nostalgia líquida. Me había quitado las botas para darles un respiro —y de paso dárselo al mundo, porque mis pies eran una amenaza biológica— y estaba terminando de escribir uno de mis relatos cortos, convencido de que lo más emocionante que me iba a pasar ese día era encontrar un enchufe libre sin tener que matar a nadie.

Entonces la vi.

Entró en el albergue con una mochila que no era mochila: era un manifiesto. Una de 40 litros, bien ajustada, pegada a sus hombros como una segunda piel. Venía con la cara roja del frío, el pelo ondulado rebelde por la humedad, y esa energía luminosa que tienen algunas personas: la vida les salió bien por dentro, aunque por fuera estén reventados.

Fue tan evidente que me quedé en pausa, con la última frase del relato colgando: mi teclado se rindió ante lo que acababa de entrar por la puerta.

Me levanté. No por valentía, sino por instinto animal.

—¡Hola! —dije, extendiendo la mano con la misma seguridad que un adolescente de 42 años intentando volver a creer en los milagros.

Ella se detuvo. Me miró como se mira a alguien que parece simpático pero podría venderte un curso de criptomonedas.

—Hola… ¿trabajas aquí? —preguntó en un español perfecto, con un acento suave, apenas salpicado de música portuguesa.

—No —sonreí—. Pero no todos los días ocurren apariciones como esta en Borres.

Se rió con naturalidad, sin cálculo. La risa era su forma de respirar.

Ahí supe que estaba perdido.

No fue una risa de «me gusta este hombre», sino una risa de «la vida es ridícula y yo ya lo acepté». Y eso es peligrosísimo para un hombre que escribe: uno no se enamora tanto de una mujer como de su manera de mirar el mundo.

—Soy Inês —dijo—. Encantada.

Inês. Cuatro letras. Un nombre que suena a pan caliente.

Nos sentamos. Me contó que venía de Portugal, de Braga, del norte. «Del norte norte», dijo, con el frío escrito en el apellido. Su madre era portuguesa, de esa gente que no discute: sentencia. Y su padre era gallego, de los que convierten cualquier sobremesa en una asamblea emocional donde todo el mundo termina llorando sin saber muy bien por qué. Había crecido entre acentos parecidos y nostalgias distintas, y por eso hablaba español de la forma en que se aprende en la vida: escuchando, viviendo, equivocándose.

Le ofrecí vino. No una copa elegante, no. Vino del Camino: vaso de plástico, botella barata y esa dignidad de quien comparte algo sin pretensiones.

—¿Siempre viajas así? —pregunté.

Inês hizo una pausa mínima, calculando cuánto de su verdad me merecía.

—Vivo así —dijo.

Me explicó, con una serenidad que daba rabia, que trabajaba remoto desde hacía años. Que había vivido temporadas en Lisboa, en Valencia, en Bilbao. Que no tenía casa fija porque cada vez que una ciudad empezaba a parecerle hogar, su cabeza se ponía nerviosa: le estaban poniendo una jaula bonita.

—No huyo —aclaró—. Me muevo.

Ese tipo de frases deberían estar prohibidas. Porque cuando alguien te suelta una frase así, tú no discutes: te replanteas la vida.

La terraza se fue vaciando. Como siempre en el Camino, la gente se apaga temprano por obligación física, no por educación. Yo me quedé con ella, sintiendo que ese banco de madera era el centro del universo, y que el frío era un detalle anecdótico que no iba a opinar en la historia.

Hablamos durante horas. De viajes, de exparejas, de ese tipo de amistades que solo existen en el Camino y que son más intensas que algunos matrimonios. Hablamos de cómo la gente cree que se encuentra en rutas así, cuando en realidad lo que pasa es que no tienes dónde esconderte.

—Para mí la paz está en el camino —dijo, ya casi de noche.

Y yo pensé: qué frase tan peligrosa. Porque uno puede vivir con un montón de problemas, pero no con la sensación de estar perdiéndose algo.

La idea de que Inês hubiese estado caminando por Asturias mientras yo estaba haciendo vida normal en algún lugar del mundo me pareció indecente. Ella había descubierto un secreto. Y yo no.

A medianoche, recordamos que existían normas de convivencia. Lo típico: a partir de cierta hora no se puede hablar, no se puede reír, no se puede existir. Así que salimos a caminar unos metros, hacia una zona donde el Camino se estrecha y el silencio se vuelve serio.

Había un riachuelo. No era un río épico. Era una corriente humilde, pero sonaba a historia.

Nos sentamos en una piedra. Ella se abrazó las rodillas.

—Mis padres nunca entendieron esto —dijo.

Yo no necesitaba que me explicara demasiado. Pude imaginar a su madre portuguesa diciendo algo como: «Una hija no se cría para andar durmiendo en literas con desconocidos». Y al padre gallego intentando entenderlo desde el miedo, desde la idea de seguridad.

—¿Y tú? —le pregunté—. ¿No te cansas?

Inês me miró con la paciencia de quien aún cree que el cansancio es una razón válida para detenerse.

—Claro que me canso. Pero me canso más de lo contrario.

Después de esa frase hubo un silencio raro. De esos que tienen tensión. No tensión sexual todavía… tensión existencial.

Volvimos a la terraza. Me miró con una alegría suave, casi tranquila, y como quien decide no complicarse con excusas, lo dijo:

—Amo esta vida. Amo la libertad que tengo. Además… nunca estoy realmente sola.

Se encogió de hombros. No necesitaba justificarlo.

—Si no tuviera esta vida, no te habría conocido.

Y ahí me quedé sin defensas.

En un momento —no sé cuándo exactamente— nos besamos. No fue el beso cinematográfico. Fue el beso real: torpe al principio, urgido después; el cuerpo llevaba rato esperando permiso.

Nos fuimos a mi litera como se van dos personas adultas que se han rendido a algo sencillo: el deseo. No voy a describirlo como un poeta, porque eso sería mentirte. Fue físico, fue honesto, fue de esos encuentros que parecen ocurrir en un universo paralelo donde nadie te exige explicaciones.

No dormimos.

En el Camino uno no duerme cuando pasa algo así. El cuerpo está cansado, sí, pero la mente está encendida como un aeropuerto.

Cerca del amanecer, cuando los albergues se vuelven un teatro de gente poniéndose calcetines en silencio, casi monástico, volvimos a vestir nuestros cuerpos desordenados y salimos al pasillo con esa cara de «esto no ha pasado» que no engaña a nadie.

A media mañana, después de ducharme y comer algo que se parecía vagamente a un desayuno, volví a esta terraza. Me senté en el mismo lugar y me quedé mirando el vacío. No el vacío triste: el vacío lleno. Algo en mí se había recolocado.

Entonces la vi aparecer. Ya con la mochila puesta. La misma sonrisa.

—¿Listo? —me preguntó.

Yo no estaba listo para nada, pero asentí igual.

Nos abrazamos fuerte. Su cuerpo olía a jabón barato y a Camino. A libertad.

—Ojalá nos volvamos a encontrar —susurró.

La vi alejarse. Su mochila gris moviéndose con su paso ligero y seguro. Y mientras se desvanecía por el sendero, pensé algo muy simple: hay personas que te dejan una huella en menos de un día, y no porque hagan cosas extraordinarias, sino porque te muestran una forma distinta de estar vivo.

Inês fue eso.

Una bofetada cariñosa.

Ahora es mi turno de marcharme. Le pongo punto a este último párrafo y sigo mi rumbo. Yo voy en dirección contraria a Inês… pero afortunadamente el mundo es redondo. Y mientras ella siga caminando, existe esa posibilidad remota —maravillosamente ridícula— de que algún día, en algún tramo del camino, volvamos a cruzarnos.

A veces la vida se pone romántica.

5/5 - (2 votos)

Publica una opinión

ESCRIBO PORQUE ME GUSTA Y PORQUE PUEDO

FREDDY BLAAN © 2026. Todos los derechos reservados.

Este sitio web es desarrollado por: