Aquella noche empezó como una excusa. Una de esas que se disfraza de encuentro casual, pero que en el fondo lleva días cocinándose en silencio. Yo sabía que iba a verla. Lo supe desde el momento en que me escribió que se moría por besarme sin parar. Y yo, que a veces creo que exagero con mis respuestas, no supe decir nada más honesto que también me moría por hacerlo en ese momento. Eso fue todo lo que ella necesitó. Lo demás fue instinto.
Nos habíamos reencontrado después de mucho tiempo. De esos reencuentros que no se programan con antelación, pero que tienen cierto aroma a plan. No hubo cena. No hubo paseo. Solo un café americano, unas miradas largas, y el peso compartido de lo que no se dijo durante meses. Cuando me vio llegar, sonrió como si no lo hubiera estado esperando… pero yo sabía que sí. La forma en que se acomodó el pelo, el leve temblor de su mano al sostener la taza, el modo en que evitaba mirarme directo por más de tres segundos. Todo eso era un «sí» no verbalizado. Y yo, que a veces parezco seguro, en realidad estaba hecho un lío por dentro.
—Gracias por venir —me dijo, casi en susurro.
—Quería, de verdad —le respondí, sin rodeos.
—Lo sé —respondió, mirándome como si ya supiera todo.
No hablamos demasiado. A veces, cuando el deseo es real, las palabras estorban. Nos miramos mucho. La conversación fue más ocular que verbal.
—Esa mirada la echaba demasiado de menos —añadió.
Y no supe qué decirle. Porque yo también la echaba de menos. Esa mirada… y todo lo demás. Entonces, aproveché y me aferré a una frase salvavidas, una capciosa, una de esas que los hombres solemos usar cuando estamos convencidos de que es imposible que una chica como ella esté sola, sin perro que le ladre.
—No me digas que nadie te mira así… —solté, esperando escuchar algo de esa compañía que sospecho que tiene, pero de la que jamás me ha contado.
Ella se encogió de hombros, como si lo que viniera a continuación ya no fuera importante.
—A mí me da igual cómo me miren los demás —disparó inmediatamente.
Y en ese momento me sentí exactamente como quería sentirme: único. No porque fuera el único hombre en su vida, sino porque ella me lo estaba haciendo creer.
Fuimos caminando hasta su casa, sin tocar el tema. La tensión flotaba entre nosotros. Yo iba con las manos en los bolsillos, ella hablaba con frases cortas, como si no quisiera romper la burbuja. Cuando llegamos, se detuvo antes de abrir la puerta. Me miró con esa mezcla de decisión y ternura que tan pocas veces se ve en la vida real.
—Entonces, ¿quieres subir un rato? —preguntó, aunque sabía perfectamente cuál sería mi respuesta.
Su voz era suave, pero lo que realmente me invitaba era su mirada. Su piso era el mismo de siempre, pero olía distinto. Más a ella. Más a expectativa. Había una luz encendida, apenas tenue, como si supiera que esa noche no queríamos vernos del todo, pero tampoco perdernos. Nos sentamos en el sofá. Un silencio largo. Ella puso música, algo de jazz, apenas audible. Me ofreció agua. Yo dije que no. No tenía sed. O tenía otro tipo de sed. Me acerqué. No mucho. Lo suficiente para que supiera que si ella avanzaba un centímetro más, nos íbamos a encontrar a mitad de camino.
Y lo hizo.
El primer beso fue lento, como si quisiéramos asegurarnos de que seguía siendo posible. Fue un beso de reencuentro, pero también de exploración. Como si estuviéramos comprobando que la memoria no nos había mentido. Cuando nos separamos, respiró hondo.
—¿Te acuerdas de la última vez? —me preguntó.
—Claro que sí.
—Yo también. Cada detalle.
Y volvió a besarme.
Esta vez sin cuidado, sin nostalgia. Con hambre. Con esa urgencia que no se explica. Las manos ya no eran tímidas. Su cuerpo encajaba con el mío como si lo hubiera estado esperando. Como si hasta los cojines supieran lo que iba a pasar. Nos fuimos quitando la ropa con desorden. No hubo prisa, pero tampoco pausa innecesaria. Era el tipo de intimidad que no necesita guiones. Ella me mordió el cuello. Me arañó la espalda. Me susurró cosas que no se suelen decir la primera vez, pero que en esta «segunda primera vez» parecían perfectamente naturales. Se dejó llevar. Me dejó entrar. Nos perdimos en el momento. En medio del vaivén, la miré a los ojos. Y ahí estaba. Esa mirada. La que no se practica. La que no se ensaya.
—Así es como quiero que me mires siempre —me dijo.
—¿Así cómo?
—Como si el resto del mundo no importara.
Y en ese instante, no importaba. Ni la hora, ni el pasado, ni quién habíamos sido antes, ni su compañero de vida. Después del clímax, no hubo distancia. Nos quedamos abrazados, en silencio, con el sudor compartido y el corazón todavía latiendo fuerte. Ella apoyó la cabeza en mi pecho y me acarició la barriga como quien quiere memorizar el terreno.
—¿Qué pasa? —le pregunté.
—Nada —susurró—. Solo estoy recordando. Por si acaso esto no vuelve a pasar.
Me quedé callado.
Porque no sabía si era un «por si acaso» real o una de esas frases que se dicen para no comprometerse. Pero igual la besé en la frente. Y la abracé más fuerte.
Cuando me vestía para irme, ella me miró desde el sofá de siempre, ese que ya era protagonista.
—No hace falta que te vayas ahora mismo —me dijo.
—Lo sé —sonreí—. Pero prefiero hacerlo así.
—¿Así cómo?
—Con la sensación de que volvería mañana mismo si me lo pides.
Ella sonrió.
—Entonces te lo pido.
Salí a la calle con el corazón alborotado y el cuerpo más liviano. Pasé frente a una pareja que discutía. Un tipo me miró de arriba abajo, quizás notó mi cara de recién follado. Me dio risa. Pensé en ella. En esa frase que me dejó clavada como un tatuaje invisible: «A mí me da igual cómo me miren los demás». Y por primera vez en mucho tiempo, sentí que a mí también.
Ahora, fuera de la nube, sigo con la duda: por qué está con él si no le importa cómo la mira.
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