Ayer amanecí sin ganas de existir. De esas mañanas que saben a lunes aunque no lo sean. Me vestí sin ilusión, agarré las llaves y fui a la oficina convencida de que la productividad se consigue por obligación: si el mundo gira un sábado, yo también. Llegué, encendí la luz, preparé café… y a los diez minutos ya estaba aburrida de mí misma. En mi caso, el aburrimiento no es un estado mental sino un desencadenante biológico: cuando mi mente se apaga, mi libido se enciende como alarma de incendio.
Mientras esperaba que el ordenador iniciara, recordé una conversación que tuve con Henry meses atrás. Él siempre se hace el filósofo cuando quiere justificar un polvo.
—Amor, el deseo es una responsabilidad. Si no lo atiendes, te amarga la vida —dijo una vez, mirándome con esa mezcla de poeta y cabrón adorable.
—¿Como pagar la Seguridad Social? —le respondí yo, riendo.
—Peor —sentenció él—. La Seguridad Social no te deja con ganas.
Henry, mi ex, mi compañero de trastadas, mi coautor audiovisual en páginas donde nadie usa su nombre real. Qué ironía: él me enseñó a ser libre… y ahora me toca practicarlo sola. Intenté distraerme con música, pero Bad Bunny tampoco resuelve mis problemas afectivos. Me conecté al ordenador a ver si el universo me regalaba entretenimiento, pero mis dedos terminaron escribiendo —casi por inercia— la inicial de esa página. Sí, esa donde Henry y yo subimos algunos vídeos clandestinos en tiempos de felicidad hormonal. Esa donde una siempre cree que encontrará alivio rápido… pero no.
No tenía ganas de porno.
Tenía ganas de cuerpo real.
Y ahí comenzó la nostalgia sexual.
Desde que terminé con Henry, el promedio mensual de revolcones podría competir con el crecimiento económico de un país en recesión. Dos amantes: un casado y un ocupado. Un panorama más seco que mi vida social en pandemia. Gonzalo, el casado, no cuenta: tiene una esposa celópata y dos hijos que parecen auditores en prácticas, siempre verificando dónde está su papá y con quién. Valentín, en cambio, no le debe explicaciones a nadie. Es la clase de hombre que usa su libertad para trabajar más horas de las que cualquier ser humano debería. Pero al menos está disponible emocionalmente para lo único que me interesa de él.
Decidí provocarlo.
No soy orgullosa en cuestiones de necesidad.
Me quité la ropa interior y la guardé en mi bolso como quien esconde un secreto nuclear. Me tomé una foto insinuante: piel, curvas, un ángulo muy estudiado para parecer casual. Había humedad… suficiente como para que mis muslos fueran un territorio en disputa. Se la envié por WhatsApp con un guiño insinuante. Sin texto. Menos es más.
Dos minutos.
Sonó mi móvil.
Pero no era Valentín.
Era Vicente. Cliente. Divorciado. Una historia legal cerrada hace un año. Mi corazón se detuvo. En mi agenda el número de Vicente está justo al lado del de Valentín. Un error que en otro universo sería chiste… pero en este era tragedia sexual en potencia. Respondí fingiendo normalidad. Mi voz sonaba como si hubiera tragado arena.
—Hola, X. ¿Estás en la oficina? —preguntó él—. Estoy en el edificio. Vi la luz encendida… ¿puedo subir?
Claro. La vida nunca pierde oportunidad de burlarse de mí.
—Sí, sube. Aquí estoy —contesté intentando sonar profesional.
Colgué y me quedé inmóvil. ¿Había visto la foto? ¿Estaba subiendo a reclamar un «extra» por honorarios atrasados? ¿O venía a reírse de mí? El instinto de supervivencia me hizo limpiar el desastre emocional que tenía entre las piernas con una servilleta del escritorio. No tuve tiempo ni de revisar el WhatsApp.
Tocaron la puerta.
Casi la tiro al suelo al abrirla.
Vicente sonrió. Yo intenté devolverle la sonrisa, pero mis mejillas tenían otro plan. Él me miró como quien sabe un secreto. Yo bajé la mirada como quien teme haberlo revelado todo. Me ofrecí a hacer café. Las manos me temblaban, las tazas chocaban, y yo parecía una película muda de los años 20.
—¿Te ayudo? —preguntó él, pero su voz tenía otra intención que el café no explicaba.
Me quitó suavemente la taza, me tomó por la cintura y me miró como si acabara de descubrir en mí un capítulo prohibido. Yo… cedí. No pienso hacerme la virtuosa. Llevaba semanas acumulando frustración. Que un hombre interesante te tome con decisión cuando estás al borde del colapso hormonal es un servicio social que debería estar subvencionado.
Nos besamos.
Y fue ese tipo de beso que se siente en la espalda baja. El resto… bueno, digamos que la oficina se convirtió en cualquier cosa menos un espacio laboral. La elegancia se quedó colgada en el perchero y ahí estaban nuestras sombras jugando una coreografía improvisada de «necesito esto ahora». Él conocía el mapa de todos los muebles como si fueran estaciones de una ruta erótica: la mesa, las sillas, el mueble archivador, ese que sólo sirve para acumular los expedientes que nunca reviso. Y ahí estábamos nosotros, reescribiendo protocolos de prevención de riesgos laborales.
Yo me dejé llevar.
Me sentí viva.
Y deliciosamente improductiva.
Cuando por fin paramos para respirar, recordé la existencia de la realidad. Me acomodé el vestido. Él se subió el pantalón con dignidad recuperada. Servimos agua como si estuviéramos en una degustación de vinos. Entonces hice la pregunta que no debía.
—¿Recibiste la foto?
Él frunció el ceño.
—¿Qué foto?
Glups.
Le expliqué lo mínimo indispensable. Él se rió. Se sonrojó un poco. Y confesó.
—Pasé, vi la luz… y pensé que necesitabas compañía. Nada más. Pero lo que transmitías al abrir la puerta… era imposible ignorarlo.
Me sentí halagada. Y un poquito avergonzada. Y muchísimo aliviada. Entonces, golpe de realidad. Si él no recibió la foto… Valentín sí. Y podría aparecer en cualquier momento. Yo sin bragas. Vicente conmigo. La puerta ahora cerrada, pero igual de peligrosa.
—Creo que debo irme —dijo él con elegancia.
No exagero cuando digo que ese hombre se ganó un lugar en el podio.
—Vuelve… cuando quieras —respondí.
Me quedé de pie, apoyada en el escritorio, intentando recomponer mi dignidad. Cuando la sangre volvió a mi cerebro, me puse a ordenar papeles como si eso borrara las huellas del placer.
Cinco minutos después… Llegó Valentín.
—Perdona la demora —dijo posando sus manos en mi cintura—. Las negociaciones…
Lo callé con una sonrisa que no podía ocultar nada. Él ya había visto mi foto. Y vino a cobrarla. El vestido voló. Mi voluntad también. El sexo con alguien conocido tiene ventajas logísticas: sabe dónde tocar, cuándo frenar, cuándo acelerar. Esa complicidad silenciosa de «aquí sí», «ahí también», «eso otra vez». Y mientras su boca viajaba por mi piel, pensé —en silencio— en el caos de la tarde.
No llegamos a la ventana esta vez, pero el suelo cumplió su función decorativa. La alfombra fue el escenario del tipo de gimnasia que ojalá la Seguridad Social promoviera. Entre jadeos pensé algo muy lúcido para una mujer sin ropa ni cordura: «Definitivamente me falta un tercer amante. Por aquello de la diversificación de riesgos».
Cuando Valentín se fue, exhausto y orgulloso, yo me quedé sola, recogiendo mi cabello y mis prioridades. Mi falda seguía sin bragas. Mi deseo seguía sin dueño. Y mi día aburrido había terminado con dos sobresalientes. Y entonces llegué a la conclusión de que la independencia es maravillosa. Pero el sexo en días de oficina es mejor.
Cerré la puerta de la oficina, apagué la luz y bajé por las escaleras con una sonrisa tonta. Cuando el ascensor se abrió, mi móvil vibró.
Nuevo mensaje de Gonzalo.
El cabrón aparece cuando no debe… o quizá aparece justo cuando debe.
Me mordí el labio.
Oficialmente, tengo tres amantes.
